Sábado
05 de Diciembre de 2020
Cultura

La COVID -19 y el español hablado en Cuba

Autor: Jorge Sariol
Fecha: 23 de Abril de 2020
La COVID -19 y el español hablado en Cuba.  Imagen tomada de materialdeaprendizaje.com

Unas cuantas cosas han cambiado con la COVID-19. La epidemia nos está imponiendo reglas, modos y pareceres que tal vez se queden entre nosotros, incluso en el idioma ¿Cuántas veces en nuestras vidas nos hemos puesto nasobucos? ¿Cuántas, habremos pronunciado nasobuco antes del primero de marzo de 2020?

Sin embargo, como la bata blanca, sirve igual para el doctor, el laboratorista, el carnicero, el manipulador de alimentos o el operador de una embotelladora de leche. Sirve, pero no todos lo usan. Algunos lo han llamado siempre «eso de ponerse en la boca», discriminando así, injustamente, a la nariz. Entre japoneses es muestra de urbanidad usarlo si se tiene gripe, para impedir el contagio entre congéneres.

Nasobuco suena raro. Es cierto. Algunos en otras orillas se escandalizaron ¿Qué es eso? Y elevaron el grito al cielo ¡En Cuba, como siempre! Y prodigan una lista de vocablos finos, curiosos, arcaicos, discretamente picúos o francamente decadentes: máscaras, mascarillas, tapabocas, barbijo, cubreboca, protectores buco-nasales, antifaz inferior e incluso profilácticos respiratorios.

Sin embargo, nasobuco pertenece ya a la «norma cubana». Es parte del imaginario nacional comocovid y SARS-CoV —enfatizando la efe—.  Y los decimos sin complejo. Ha sido parte de la jerga profesional de quienes trabajan en el sistema de salud —que nos es cercano de muchos modos— y ahora, incorporado a léxico popular, cualquiera lo maneja con soltura junto a cuarentena, aislamiento social, eventos de transmisión, percepción de riesgo, estable, grave o crítico, los tres estadios de la evolución clínica.

Obra de Pablo Picasso. Realización de Jorge Sariol

Por estos días lo asociamos en discursos, igual de pródigos, en vocablos como antimicrobianos, antiparasitarios, antifúngicos y antivíricos. Llegamos al summum de la experticia —de oídas— sobre antibióticos, quimioterapéutica; hablamos como expertos del tratamiento de infecciones, causadas por bacterias, hongos, parásitos o virus.

Algunos despiertos discurren con soltura sobre orígenes y ventajas del Interferón-alfa-2b-humano-recombinante, con palabras repetidas como tags; se inquietan al escuchar que la evolución de la enfermedad resulta tórpida y si oyen hablar de las Gotas de Flügge y se quedan «botaos», averiguan hasta descubrir, no sin cierto desencanto, que son, ni más ni menos, las partículas diminutas expelidas al hablar, toser, estornudar y respirar. Pero pocos dirían ¡eso nunca! frases como ¡Oh, no, no me beses con tu carga letal de flugges en aerosoles!

 No son términos nuevos, son vocablos que no entraban en el ámbito popular, para «estar en talla», «en la última» o incluirse en etiquetas como #quedateencasa, #quehacesenlacalle, #aislamientoahora o #dejensedejoder.

Ahora se incorporan en sms, en tips, twits y en post; son rutilantes en WhatsApp o en Todus. Es de buen gusto incluso pronunciar PCR, con cierto temor inevitable, que muchos confunden con PSR, que es la prueba de la próstata, más conocida entre hombres-adultos-mayores.

A eso nos ha compulsado la COVID-19. Y justo coincide que, por esta fecha, 23 de abril, celebramos el Día Mundial del Idioma, instituido por la Unesco en honor a don Miguel de Cervantes y Saavedra, que celebramos en Cuba con diferentes niveles de apropiación. La fecha ha sido elegida, además para entregar el Premio de Literatura en Lengua Castellana que lleva el nombre del autor de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Pero sospecho que la COVID-19 no lo podrá todo.  ¿Será la cuarentena el momento para retomar de forma masiva el gusto por la lectura? Ojalá. Tengamos o no a la pandemia pisándonos los talones, en favor del idioma que vuelva; tanto como la legitimidad de usar las llamadas malas palabras cuando, por un pequeño error de cálculo, nos queda un dedo debajo de un martillo.

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