Viernes
18 de Septiembre de 2020
Sociedad

La escena de Vivian

Autor: Claudia Bravet
Fotos: Ilustración de Hanna Chomenko
Fecha: 6 de Agosto de 2020

Cuando hablaba sobre el tema siempre decía lo mismo: «Yo no me metería en esas cosas». Los argumentos estaban, hasta ese momento, claros en mi mente. Había escuchado tantas anécdotas al respecto que recreaba la escena en mi cabeza y sabía que la cosa terminaba ineludiblemente en un show desagradable y público y en un festín de ofensas y de gritos innecesarios, pues la víctima en estos casos siempre es una presa fácil e ignorante y el victimario, experimentado y hábil, es un depredador tan experto en la cacería que hasta terminan perdonándolo por sacar las garras. «Si algún día estoy delante no me meto, aunque me duela, no me meto».

Pero bueno, esa noche Vivian, en menos de dos minutos, hizo la transformación más rara que he visto en el rostro de una persona. Y los argumentos se me destrozaron en la cara.

Mi mamá me decía que Vivian le tenía miedo. Mi mamá tiene un olfato de sabueso tan desarrollado y una luz tan larga para las cosas malas que a veces pienso que en realidad es una mística. Yo asentí con la cabeza cuando me lo dijo quizás con un poco de incredulidad. En realidad ellos se entienden bien. Tienen una vida muy itinerante, de cosas cotidianas, del diario, de la búsqueda impostergable del pan, sin grandes pretensiones, pero sin grandes sobresaltos.

El caso es que la mística me dijo aquello por la tarde, a eso de las 4 y pico, y como a las seis horas, fue la noche del show.

—Tengo miedo Claudia. Este niño me cayó a galletas delante de Yuyito. Yo no sé qué hacer ya. Yo nunca he pasado por esto. A mí nunca me han hecho esto Claudia.

Cincuenta segundos antes de esa frase yo le había pedido unos cigarros a Vivian para jugar cartas en el portal del frente. Ella estaba contenta como casi siempre, me tiró un comentario irónico como casi siempre, se reía, y como casi siempre, iba acerrar la puerta cuando yo me fuera para luego acostarse en el lecho matrimonial. Me preguntó si al otro día iba a subir a conversar y a tomar café (su único entretenimiento del día). Me dio los cigarros y cuando pasé el umbral de la puerta para salir me llamó como quien va a contar un buen chisme, bajitico.

—Pero, ¿cómo pasó?¿Cuándo fue? Ustedes estaban muy bien hasta ahorita… Pero, ¿cómo tú vas a permitir?... Y delante del niño…Mierda. Dime qué hago, ¿lo saco?

—No, no, no. Déjame hablar con él y que las cosas se calmen. Yo hablo con él. Pero tengo miedo mija…

Ese diálogo se extendió casi un minuto. Yo queriendo entrar de nuevo a la casa y ella pidiendo calma. Y Maikel, el depredador, pasaba por la sala actuando indiferente, a lo mejor tenía ganas de matarnos a palos a las dos, pero la cautela es la parte más importante de la cacería.

—Me voy. Viro en 5 minutos. Si no lo sacas tú, lo saco yo.

Los cinco minutos fueron para hacer un flash forward y ver la escena imaginada en las conversaciones sobre el tema. Esta vez la recreación tenía el añadido del miedo interno. Ver al depredador de frente hacía que me imaginara cómo me golpeaba a mí también. Cómo nos golpeaba a ambas sobre el suelo de la cocina. A ella por chismosa y por pendeja, y a mí por meterme en asuntos ajenos. Porque entre marido y mujer nadie se puede meter, ¿verdad?; porque las leyes ancestrales de los «machos» te inculcan un desinterés execrable ante algunas desgracias cercanas…Sobre todo, las femeninas.

Le dije a un vecino que se parara al frente de la casa por si Maikel no nos dejaba salir. Pero Maikel actuó como si no hubiese pasado nada, o peor, como si la culpa fuera de ella. Y me contó su versión en voz tibia y calmada, me dijo que ella también le pegaba y lo ofendía cuando tomaba de más. Que le dijo defonda’o y le tiró una bofetada que no le dio, aunque de todas formas él por instinto se la respondió. Ella se puso detrás de mí para no encararlo y tras mi espalda, muerta de llanto, le preguntaba por qué lo había hecho frente a Yuyito, que dijera la verdad, que esa era la tercera vez que había pasado.

Pero nunca le dijo que se fuera.

Yo sí le dije que se largara esa misma noche. Le gruñí una sarta de ofensas totalmente calculadas buscando hervirle la sangre para horadar en su orgullo de abusón y que se fuera, o al menos, para hacerlo entrar en cólera y que el jefe de sector, quien vivía cerca, lo agarrara en el acto. Vivian me suplicó que no llamara a nadie, que no gritara más, que ella iba a resolver el problema que no me preocupara, que iban conversar. Me fui para mi casa pensando en que al otro día la iba a encontrar repleta de moretones en un rincón rezando por un rescate de aquel infierno, con un niño en cada lado llorando.

Me sentí miserable. No es lógico confiar en el reclamo de una mujer asustada en medio de una situación como esa. Su parálisis ante la decisión de sacarlo no era miedo al golpe. Era miedo al hambre, a la incertidumbre, al hecho de pensar que no iba encontrar otro tipo que quisiera criar dos hijos que no eran suyos. Era un miedo rapaz a no destruir la comodidad que deja la costumbre.

Era, en definitiva, el miedo a sobrevivir sola.

A la mañana siguiente, se cumplió la teoría del día después del abuso cumplida por tantas mujeres. Vivian siguió con Maikel. No digo regresó porque nunca hubo una ruptura. No lo supe por ella. Hasta hoy no me ha dirigido la palabra y las casualidades ni siquiera se coordinan para un encuentro en la bodega. Lo único que me ha dicho en casi un mes fue por Messenger:

—Mija, ¿no quieres hablar conmigo? Sé que estás molesta…

No con ella. Quizá con las enseñanzas populares y con las abuelas y madres y padres y primos y tíos presas de un machismo que erosiona lentamente, pero que no se cae. Porque, en definitiva, ella entendió, como le han explicado toda la vida, que si lo ofendió, el castigo estuvo merecido, esa vez y las otras dos que la golpearon.

Y a lo mejor, si nadie se mete en la escena, cuantas veces sea necesario.

 

 

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