Sábado
22 de Septiembre de 2018
Universidad

La Habana en dos tiempos

Autor: Katia Siberia
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 18 de Junio de 2018
Ilustración de Carralero

Hay una Habana de antes y una de ahora; una real y otra pensada. A veces todas son la misma y ni así me colman, pero eso lo supe un quinquenio después de haberla abandonado.

Antes de eso, una recién graduada de periodismo —que se toma en serio el periodismo—, cree que vivir y escribir desde La Habana es el camino más corto a la felicidad. Piensa que si la leen medio millón de cubanos, si puede asistir a tanto concierto, ballet, teatro y cine… como quiera, estará feliz y podrá sufrir la autopista una vez al mes, llegar a Jatibonico y regresar a la capital, sin tantos remordimientos.

Tiene 23 años, se ha dicho que «pa´atrás ni pa´coger impulso» y el universo conspira: Los padres ya entendieron que si quiere ser buena periodista debe hacerlo desde la capital. Repiten lo que oyeron, lo creen seriamente y además «no troncharán la carrera de la niña» solo porque la extrañen.

Un año antes de su graduación descubrió una prima (tercera) que vive tan en las alturas de La Lisa, que puede ver la autopista de Pinar del Río, pero es su prima y ese lugar es todavía La Habana. Legalmente tiene permiso.

Gracias a la legalidad también, logra quedarse en una casa, cuyos dueños dejaron tras ir de visita a México y cruzar la frontera. Y mientras un primo «arregla» los papeles donde rezará que en los últimos 10 años él vivía allí y los vecinos confirmen el hecho, y la familia «de provincia» se haga a la idea de que vivirá en Santa Fe (todavía no ha sido modificada la Ley de la Vivienda), ella cuida la casa para que nadie sin hogar, la ocupe. Así ahorra el alquiler durante un tiempo.

Y durante un tiempo va creyendo que esa es la felicidad del momento, pero empieza a preocuparle la del futuro y a sentir que de impredecible tiene poco. Para entonces sabe (o cree saber) que las formas son tan importantes como el contenido, que la intencionalidad tiene límites que no quiere traspasar, y que las verdades editadas pueden terminar siendo medias verdades, casi mentiras o casi nada. Y en medio de semejante «trabalenguas», sin una casa para cuidar o poder alquilar, sin amor… ninguna capital vale la pena. Se fue.

Pensando que se arrepentiría llegó a Ciego de Ávila. Y a escasísimos meses descubrió que no solo le crecía la panza, sino las alas. Con un bebé y un periódico alzándole el vuelo, todas las sensibilidades comenzaron a desembocarle en forma de párrafos, y los padres a 45 kilómetros hicieron más fácil la nueva alegría. Aunque los festivales de cine, los amigos, el malecón y algunos sitios exquisitos para enamorarse le revolvían las nostalgias… aprendió a valorar mucho lo que sí tenía, que no era poco.

Pudo hacer de cualquier nota predestinada a cuatro párrafos y pirámide invertida, una crónica resuelta; de un tema caliente, un reportaje con matices y sin necesidad de poner al descubierto una verdad absoluta que, como premisa, evadía. Escribió de lo que «no se debía», tanto como de lo que sí, y se empeñó por igual. Evadió los lugares comunes sin obviar las esencias… y, un día, sintió que 20 000 lectores cada sábado (más los de la web) podían significar la gloria; sobre todo porque muchos le agradecían su deber. Para «colmo», varios jurados nacionales se encargaron de reconocerla y fue la cima de la satisfacción. En ese orden: yo, el lector y un jurado.

Y así llegó a la plenitud, amando lo que hacía y otros reconocían, de paso; pues su ejercicio nunca fue ardid de narcisistas. Cuando a semejante contexto se le sumó una casa propia —conectada al mundo por las bandas y bandazos de Internet— y ganada por las necesidades y los méritos, entendió que, definitivamente, podía vivirse en Ciego de Ávila o en la Conchinchina. Podía, incluso, añorarse La Habana sin querer dejar atrás su pedazo avileño (de casa y periódico), deseando trasplantarlo al Vedado o Diez de Octubre. O viceversa.

Pero ni la relatividad es tan permisiva. Una termina siendo feliz en la ambivalencia de dos tiempos.

 

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