Martes
18 de Junio de 2019
Humor

La Papilla

Autor: Rodolfo Romero Reyes
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 25 de Enero de 2019
En plena campaña de frío en un campamento de Güines cumplíamos la tarea más difícil de aquel primer año orientada por la FEU: ir al campo. Se nos ocurrió crear una revista, para dejar nuestras memorias de esos «históricos» quince días La Papilla.  Ilustración de Carralero

Plena campaña de frío en un campamento de Güines de cuyo nombre no puedo acordarme. Cumplíamos la tarea más difícil de aquel primer año orientada por la FEU: ir al campo.

Para algunos supuso una Odisea. Universitarios al fin, hubo derroche de creatividad para justificar a los ausentes: granos en lugares insospechados, alergias recién descubiertas, cordales que esperaron para salir dos días antes de la recogida y un perro que no podía quedarse solo en casa.

En cambio, los que sí asistimos optamos por pasarla lo mejor posible. Eran los tiempos memorables en que la selección nacional beisbolera asistía al primer clásico mundial y el dúo de Baby Lores e Insurrecto pegaban el hit Caperucita. Los juegos de voleibol en las tardes y los juegos de dominó en el comedor, no nos parecían suficiente entretenimiento. Nos faltaba algo para sentirnos plenos: más risas y más comunicación.

Se nos ocurrió crear una revista, sin muchas pretensiones: dejar nuestras memorias de esos «históricos» quince días. En una lluvia de ideas surgió el nombre: La Papilla, en honor al cotidiano tubérculo.

Aquel primer número incluyó frases disparadas dichas al calor del sol: «Tengo ganas de comer langones y camarosta» o «mi papá es chofer de avión».

También publicamos una reseña de lo que alguien bautizó como récord-papa; tiempo que una persona demora en tomar una papa del surco, quitarle la tierra con las manos y echarla al saco; movimiento que pudiera hacerse en segundos, de no existir personas remolonas y que «echan con la cara». Para sorpresa de todos, el récord impuesto por Marianela —un minuto y 32 segundos— fue batido por uno de los dirigentes de la FEU de nuestra propia facultad, que fue el sábado en visita de «apoyo».

Editamos distintas anécdotas. La gorra de Sucel voló de su cabeza durante el viaje en camión rumbo al surco. Un auto venía detrás, el chofer paró, recogió la gorra, alcanzó al camión y… siguió a toda velocidad, sin devolverla. Este «robo a mano alzada» y otras situaciones graciosas ocuparon las páginas centrales de aquel primer boletín que pudimos imprimir, con la ayuda de la UJC municipal de Güines.

Hubo otras historias que nunca publicamos: dos amantes se colaron en la enfermería de noche y, en plena acción sexual, se les cerró la camilla de aluminio; con tremenda pena tuvieron que solicitar ayuda a terceros para destrabarse de aquella trampa mecánica.

De regreso en la universidad, hubo su análisis por la UJC y la dirección de la FEU. No por los contenidos, sino porque «cómo es posible que una revista circule sin nuestra autorización». Después del regaño nos «institucionalizamos». Seguíamos dando chucho, pero nos leía primero el Decano.

Imprimíamos solo dos ejemplares en hojas blancas que pegábamos en el mural y la gente pasaba y leía. Tal fue el fanatismo generado por la publicación que hasta Carlos Alexis, estudiante ciego de Periodismo, obligaba a su lazarillo de turno a pararse a su lado y leerle en voz alta.

Allí aparecían las fotos más cómicas de los Inter-años de Deporte, promocionábamos a nuestros talentos de los festivales de cultura y escribíamos poesías críticas sobre la práctica laboral. Ocho hojas, a veces menos, que volvían la mirada hacia nuestro día a día, con cierta dosis de humor.

Los profes también leían y luego tomaban leves represalias con los autores; pero sobrevivimos. La experiencia con nuestros «censores» también fue buena. El Decano nunca propuso eliminar una línea, ni siquiera aquella vez que publicamos una parodia de «El taxi», de Ricardo Arjona.

Conocíamos de antemano que el distinguido catedrático acostumbraba a «darle botella» a los estudiantes de la beca que se cruzaba en su camino.

Yanet, la flaca de mi aula, sabía exactamente a qué hora él salía y garantizaba su puesto en el carro. Entonces escribimos, a riesgo de una posible censura:
 

«Qué es lo que hace la flaca montando con el Decano, /

por lo que veo la flaca le quiere meter mano. /

Qué es lo que hace la flaca, de qué tiene ganas, /

o acaso está resolviendo dirección pa´La Habana».

El profe sonrió y nos dio el aprobado.

Pocos meses después de graduados, la publicación murió por ley natural. Enterramos el último ejemplar en el jardín de nuestra facultad. Allí reza un improvisado epitafio:

«Impresa en papel cartucho, /

yace aquí, en tumba sencilla, /

la inolvidable Papilla, /

que vivió para dar chucho».

 

Deje su comentario

*(Campos requeridos)