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24 de Mayo de 2019
Cultura

La Revolución debe mantener esa diversidad

Aurelio es Profesor Titular de la Universidad de La Habana. Recibió en 2013 el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas y, en 2018, el Premio Félix Varela, que otorga la Sociedad Económica de Amigos del País. Desde 2006 se desempeña como subdirector de la revista Casa de las Américas.

Autor: Arlette Vasallo García y Rodolfo Romero Reyes
Fecha: 11 de Enero de 2019
Entrevista a Aurelio Alonso, profesor Titular de la Universidad de La Habana. Recibió en 2013 el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas y, en 2018, el Premio Félix Varela, que otorga la Sociedad Económica de Amigos del País. Desde 2006 se desempeña como subdirector de la revista Casa de las Américas.

Aurelio Alonso conserva la mística que le impregnó ser fundador del Departamento de Filosofía y de integrar el consejo de dirección de la revista Pensamiento Crítico.

En 1959, cuando triunfó la Revolución Cubana, Aurelio cumplía veinte años. Por eso, cuando en 2019 se arriba a los sesenta del trascendental suceso histórico, podemos afirmar que tres cuartas partes de la vida de nuestro entrevistado se han desarrollado en el proceso revolucionario.

Graduado de Sociología en la Universidad de La Habana ha sido fiel testigo de conquistas y desaciertos, de justicias e incomprensiones. Sus ideas han esgrimido incesante combate desde el terreno de las Ciencias Sociales. Al llegar a su casa, sabemos que asistimos a una conversación con la historia reciente de Cuba.

¿Qué fue lo primero y lo que más le impactó de la Revolución Cubana?

«A diferencia de Fernando Martínez y de algunos de mis compañeros, yo no tuve prácticamente historia revolucionaria. No fui un joven deslumbrado con el nuevo proceso. Repudiaba la tiranía de Batista y simpatizaba con que hubiera un cambio, pero no me daba confianza del todo. Además, tenía un origen de clase más acomodada; estudié Negocios en Estados Unidos. Me hice revolucionario cuando volví, con la libertad que yo constaté, ofrecía la Revolución.

«Había pensado que Fidel podía ser un dictadorzuelo más de América Latina, más valiente que otros, más brillante como político, capaz de derrocar al régimen ilegítimo existente, con carisma movilizador; pero que aquello podía terminar en otro ejemplo latinoamericano de caudillismo.

«Fue el contacto con la transformación que Fidel lideraba, lo que me hizo rectificar. Cuando llegué aquí empecé a vivir la percepción de una sociedad en la que cada cual podía jugar un espacio personal, podía hacer una entrega de la que se sintiera responsable, podía realizarse en el bien común a diferencia del individualismo que conocía. Descubrí la energía que tiene el carácter del espíritu de la nación y de la patria a través de la Revolución. Eso  me hizo revolucionario y, además, uno muy radical».

¿Por qué con tantas publicaciones que vinieron después y un acervo tan grande de cultura y teoría revolucionaria en Cuba, perdura en cada una de las nuevas generaciones la revista Pensamiento Crítico y aquel legendario Departamento de Filosofía?

«La Revolución, entre otros aspectos, también fue un cambio cultural de la que emergieron rápidamente publicaciones desde el principio de 1959. Hubo tres muy importantes. Lunes de Revolución agrupó a una generación de la intelectualidad cubana que no participó en la lucha activa, pero no amaba a Batista y buscaba, en muchos casos, una sociedad liberal. Casa de las Américas —con el mismo nombre que la institución que, fundada en 1959, le dio origen— comenzó a salir a principio de 1960; es una revista temprana en la que el proyecto se abre al mundo y además conecta con América Latina. La tercera otra gran revista es Cine cubano, la publicación del Icaic (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica).

«Pensamiento Crítico vino después; es el signo de otra generación, posterior, pero muy cercana y conectada con la Revolución. Aunque tuvo una historia breve creo que fue muy importante. Es la revista de un grupo de jóvenes que en 1962 habíamos sido seleccionados para pasar un curso con especialistas hispano-soviéticos y enseñarles Filosofía y Economía Política marxista en la Universidad de La Habana.

«Creamos Pensamiento Crítico porque sentíamos que faltaba análisis e información política actualizada. Aquellos primeros años generaron una basculación para la literatura, más bien soviética. Existía ausencia de una serie de publicaciones.

«En Cuba nunca se había editado a Platón o Aristóteles. Las élites tenían acceso a otras editoriales, pero no había una política cultural que lo propiciara. La revolución editorial empezó por el mundo de la literatura. En cambio, en el ámbito de los estudios sociales y filosóficos no ocurrió igual. Existía la presión de «marxistizar» el socialismo recién aprobado por el pueblo en 1961, y el camino escogido fue el marxismo soviético. Es decir, el marxismo sistematizado desde la Unión Soviética (URSS), que respondía a unos cánones teóricos que —bajo el estalinismo— se habían dogmatizado.

«En los primeros años confluyen diferentes puntos de vista, pero entre los marxistas predominan las posturas soviéticas, importadas a la Revolución por los viejos comunistas cubanos. No somos un grupo que nace para criticar lo vetusto, nacemos pensando, en alguna medida, como los antiguos socialistas y con estilo soviético. No venimos de otro marxismo, nos educamos en ese mismo pero, en la medida que estábamos estudiando, vivíamos una política que mostraba situaciones contradictorias y cuando empezamos a profundizar, nos dimos cuenta de que los manuales estaban llenos de simplismos doctrinales. Entonces vamos conformando nuestra heterodoxia.

«El primer número de la revista nació con cuatro mil ejemplares y al sexto, o séptimo número, ya tenía 15 mil; excepto Casa de las Américas, ninguna publicación similar llegó a imprimir esa cantidad, que yo recuerde. Hicimos una revista que daba un panorama de América Latina con el pulso de los problemas de la época. Era sobre todo, información política, estudios, teorías de análisis. Enseguida tuvo una gran aceptación.

«La cerraron porque, mirada de cierto modo, era parte de un fracaso. Fue un modo de pensar que el proceso no se pudo costear el sostenerlo políticamente, porque la Revolución había fracasado económicamente.

«El bloqueo puso a la Isla en el borde de la bancarrota. Hubo incluso viejos socialistas, que intelectualmente eran gente muy  abierta, como Carlos Rafael Rodríguez, que no estaban de acuerdo con que desapareciera el grupo de Filosofía, ni Pensamiento Crítico. Sostenían la tesis de que ese grupo debía mantenerse, a lo mejor no con todo el apoyo que habíamos tenido, pero debía mantenerse.

«Cuando se habla de la política cultural cubana durante los primeros veinte años, se enfatiza en el quinquenio —para algunos, decenio— gris y salen a la luz frustraciones, errores e injusticias cometidas. Si ponemos en una balanza las cosas buenas y las cosas malas, ¿podríamos decir que la Revolución en Cuba revolucionó, para bien, el ámbito cultural? A mi juicio la idea originaria del Consejo Nacional de Cultura estaba más en sintonía con el esquema revolucionario, pero considero que quienes lo dirigieron no fueron capaces de elaborar una política cultural revolucionaria. Recuerden que el «quinquenio gris» fue la expresión del último Consejo, de 1971 a 1976; no dejó un recuerdo feliz de la estructura como Consejo, y todo eso sucumbe en el tránsito al Came (Consejo de Ayuda Mutua Económica) que tiene lugar después de desaparecido el Departamento de Filosofía.

«Lo que ocurre con este departamento y la revista Pensamiento Crítico es la antesala de un retroceso cultural mayor para toda la intelectualidad, el cual se consolida en el Primer Congreso Revolución y Cultura, donde se hace doctrina la discriminación, hasta con prohibiciones formales hacia los homosexuales, los creyentes religiosos, etc. Esta «cosa» fue calificada por Ambrosio Fornet como quinquenio gris porque toma como punto de partida el año 71 y como punto final el 76, con la creación del Ministerio de Cultura, con Armado Hart a la cabeza.

«La designación de Hart frenó la honda discriminatoria en ciertos aspectos aunque se mantuvo en el terreno ideológico. El marxismo seguía siendo uno, oficializado. En lo sucesivo no podríamos pararnos en un aula a dar clases. Yo, que me había mantenido en la universidad, incluso después que cerró el Departamento, tuve que irme cuando disolvieron los grupos de investigación en 1975.

«Cuando se crea el Ministerio de Educación Superior, conjuntamente con el de Cultura, se decide que la casa de altos estudios no puede tener estructuras de investigación que no estén directamente vinculadas a los programas docentes, entonces los grupos nuestros —de estudios cubanos, latinoamericanos y socio-religiosos— se desarticularon. No obstante, el saldo de la Revolución en el ámbito cultural es también revolucionario porque desde el principio, el primer paso que da es hacer una edición del Quijote, en gran escala, para toda la población.

«Empezaron  gestos de una política cultural abierta en beneficio de todos y las editoras nacionalizadas comenzaron a publicar clásicos de la literatura. La creación del sistema de escuelas de arte, del Teatro Nacional, del movimiento de aficionados, son genuinos eslabones de la Revolución en la cultura.

«Es cierto que se editó mucha literatura rusa, por la presencia fuerte de los viejos socialistas, pero hay que reconocer que la literatura rusa había sido marginada antes de 1959. No solo la soviética sino también muchos clásicos. En Cuba hemos logrado crear una cultura distinta. Es en lo que más hemos evolucionado: una cultura más fuerte, con más solidez, con más base, a la vez más problematizada».

La apropiación estalinista del marxismo, hizo que las ideas de Marx se propagaran por los países socialistas y al interior de las organizaciones políticas comunistas, de manera muchas veces distorsionada. Después de doscientos años del natalicio del autor alemán, ¿no se arrepiente Aurelio Alonso de haberse asumido como marxista cubano?

«De ningún modo, es más, me sigo asumiendo. Considero que todo lo que pienso se enmarca en el gran descubrimiento que Marx hizo como científico y en sus tres grandes aportes globales. El primero es la Crítica de la Economía Política, que significa del capitalismo; el segundo, el cambio en la concepción de la historia, y el tercero, que nada de eso es hecho por una ficción intelectual sino para modificar la sociedad, es decir, la búsqueda de una teoría de la Revolución. Es una comprensión de que lo que tú estás teorizando, no es una abstracción filosófica ni una abstracción histórica ni política, sino el camino hacia un cambio social que le toca a tu generación hacer. Tú tienes que revolucionar, esa es la misión del ser humano. Un proceso revolucionario solo puede seguir llamándose así, si es capaz de revolucionarse a sí mismo».

Nuestras organizaciones políticas y de masas defienden la existencia, desarrollo y perfeccionamiento de un Partido único. ¿Qué opinión sostiene usted al respecto, en momentos en que la falta de unidad y la fragmentación política caracterizan a la región latinoamericana y caribeña?

«Marx  nunca tuvo una teoría definida del Partido. Incluso, utilizó el concepto de formas diferentes. Siempre tuvo la noción de que hacía falta una organización de la revolución. Quien llegó más a fondo a desarrollar la teoría del Partido fue Lenin. Aunque vale destacar la visión que tuvo José Martí desde Cuba. La visión de Martí con el Partido Revolucionario Cubano antecede a la de Lenin, esa concepción de hacer un partido para dirigir la revolución y para formar la República, porque su partido no solo tenía una función en la lucha desde la oposición sino también una función constitutiva. Sin embargo, nunca dijo que lo veía como un partido único. Pienso que el partido puede ser único o no ser único, de acuerdo a las circunstancias en que se produzca el fenómeno revolucionario y evolucione su vanguardia.

«En Cuba, lo que nosotros conocemos como Partido Comunista es una organización que integró a las diversas fuerzas revolucionarias. El problema es que en las condiciones históricas concretas, este país no tuvo República hasta el siglo XX. No tuvo partidos políticos que representaran intereses nacionales hasta el siglo XX y cuando los tuvo, fueron un injerto del sistema de partidos estadounidenses; en sus inicios, uno conservador y otro liberal, que no pensaban distinto: eran la misma cosa, para dar la imagen de una alternancia ficticia. Aquella era una política que nació corrupta con partidos corruptos.

«Con la Revolución estos partidos desaparecen, a pesar de que no hubo ningún decreto que los prohibiera; se desintegraron, se desvanecieron, se deslegitimaron porque no encajaban en la nueva institucionalidad de la sociedad. No obstante, yo no aceptaría jamás la tesis de que el socialismo tiene que ser unipartidista o pluripartidista. Me gusta constatar que permanezca la diversidad. Pero mientras más partidos existan, hay más posibilidades de corromper.

«Para mí, en la visión del socialismo marxista, no está resuelto el problema de la relación que tiene que existir entre Partido y Estado. Pienso que la opción que se deriva del marxismo es la del Partido como fuerza moral formativa. No por encima del Estado, sino a su lado, o mejor, dentro, porque el Estado es el pueblo, y su vanguardia es parte del pueblo, no está encima. La Revolución tiene que llevar al pueblo a gobernarse. El Partido se supone que agrupa a la vanguardia. La «intelligentsia»  revolucionaria, decían los bolcheviques».

Una última pregunta sobre su vida en la Revolución Cubana: ¿ha sido usted feliz?

«Yo sí he sido feliz. ¿Qué cosa es la felicidad? Hay muchos aspectos de mi vida en los que me siento realizado. Además, en esta última etapa, recibir el Premio Nacional de Ciencias Sociales ha sido muy satisfactorio. No porque los premios me hagan sentir distinto, sino porque me demuestran que las cosas que he dicho no las he estado diciendo en vano, que no perdí mi tiempo. Porque realmente uno choca tanto con la realidad que hay momentos en que la realidad te hace preguntarte si es acertado o no lo que haces. Hoy siento que no he perdido mi tiempo. A punto de cumplir los 80 años, te puedo asegurar que el saldo de mi vida es un saldo feliz».

 

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