Sábado
08 de Agosto de 2020
Cultura

A la salida del laberinto

El héroe se nos transmuta en antihéroe y luego en héroe otra vez, haciendo que, sobre todo, nos sintamos identificados con los dolores profundos del personaje trágico que a ratos disimula al ser sublime

Autor: Laura Serguera Lio
Fotos: Tomada de https://www.laprensa.com.ni
Fecha: 23 de Julio de 2020

Si alguna regla del universo dictara que los grandes hombres merecen finales a la altura de sus vidas, a Simón Bolívar (1783-1830) la muerte lo hubiese tratado de otra manera. No se hubiese ensañado con la lentitud fatídica de la enfermedad progresiva, no hubiera consumido su cuerpo antes de extraerle el ánima, no le hubiese robado la lucidez a ratos, entre arranques de tos y fiebre. Pero en materia de muertes no hay más justicia que la de igualarnos a todos, y a Bolívar le tocó pagar su pecado mayor mientras permanecía en este mundo: la soberbia con la que independizó un continente y dirigió naciones recién nacidas fue cobrada, humillación a humillación, durante los últimos meses de su vida.

Y quizás por tratarse de una novela histórica, esperaría el lector que acude ávido al encuentro de El General en su Laberinto (1989) la omisión misericordiosa de los detalles escabrosos, vergonzantes, que signaron el declive del Libertador. A fin de cuentas, la grandeza del hombre resulta, a priori, más interesante que su patetismo.

O no. He ahí la primera razón por la cual la obra del Premio Nobel de Literatura (1987) Gabriel García Márquez (Colombia, 1927-2014) trasciende lo común del género. La segunda es que logra inscribirse en una suerte de categoría propia –mitad biografía, mitad crónica de viaje– en la que el tiempo y el espacio adoptan dimensiones variables, unas veces físicas, otras psicológicas, en esa suerte de «viaje de regreso a la nada», como el propio General lo define.

El escritor declara en los agradecimientos al final del libro, que su primer interés se hallaba en la travesía realizada por el prócer a lo largo del Río Magdalena[1], debido a que él mismo lo había emulado en más de una decena de ocasiones durante su etapa de estudiante. Sin embargo, tras la lectura notamos que el infernal recorrido, si bien deviene momento crítico de la obra, no tienela mayor importancia en ella.

En el reconocimiento del valor historiográfico y literario de escoger este último capítulo deprimente por encima de los de glorias estratégicas, militares y políticas que lo precedieron radica el elemento distintivo y, tal vez más valioso, de la novela.

***

Un cálculo superficial haría contar una veintena de personajes entre secundarios y terciarios. Con atención, detectaríamos la existencia de, al menos, el doble, escondidos en recodos de la narración que casi los invisibilizan. No importa, en realidad, solo un personaje interesa. Podría decirse que no se trata de la principal, sino de la única figura de la obra, las demás solo se desempeñancomo escenografía y, en algunos casos, de catalizadores.

Mientras los sucesos narrados están inspirados en una profunda investigación de los últimos meses de vida de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, el personaje que nos trae García Márquez no es ese hombre, sino una representación de él, armada más de un siglo después de su muerte, con los estudios realizados por diversos especialistas y la capacidad impresionante del literato de recrear lo que le fue imposible presenciar, a partir de una fecundísima imaginación y la extrapolación de experiencias vitales.

Así, tenemos al Bolívar que el autor descubrió y reconstruyó y no al hombre real, aunque, nos gustaría pensar, ambos se parecen mucho.

Es probable que causa de esa línea delgada que separa al ser de carne y hueso del literario, el autor eligiera, deliberadamente, llamarlo con su nombre lo menos posible. Solo una vez el narrador se refiere a él de esa manera. Incluso los demás personajes apenas utilizan «Simón» o «Bolívar», mencionado en el texto por niños que forman parte de una alucinación y al bautizar a un perro enfermo que recoge, evidente símil con sí mismo.

«General», el título con el que casi siempre lo invocan, ya que incluso el de Excelencia lo rechaza al dejar Bogotá, es lo que queda de la grandeza que alguna vez tuviera, el único mérito que nadie puede arrebatarle, la posesión final en la miseria que lo acosa desde la ropa interior gastada hasta el único par de botas que, debido a la consumición de su cuerpo, le quedan grandes.

Aquí, pudiéramos hablar aún de un héroe: un héroe venido a menos, un héroe en desgracia. Y lo es. Y no. El General que nos detalla la pluma del genio colombiano tiene todavía en sí la cultura, la misericordia, la galantería que lo envestían cuando sacó a los españoles del continente, cuando presidió Bolivia y Colombia y fue dictador del Perú, pero, a la vez, ha perdido la prestancia, la gallardía.

Él se quitó la camisa de dormir y le pidió a la muchacha que lo examinara a la luz del candil. Entonces ella conoció palmo a palmo el cuerpo más estragado que se podía concebir: el vientre escuálido, las costillas a flor de piel, las piernas y los brazos en la osamenta pura, y todo él envuelto en un pellejo lampiño de una palidez de muerto, con una cabeza que parecía de otro por la curtimbre de la intemperie.

No solo eso. También la lucidez lo traicionaba a ratos, cada vez más seguidos, y sus trances de delirio eran asumidos por quienes lo rodeaban con naturalidad, como un hecho definitivo.

El cuerpo ardía en la hoguera de la calentura, y soltaba unas ventosidades pedregosas y fétidas. El mismo general no sabría decir al día siguiente si estaba hablando dormido o desvariando despierto, ni podría recordarlo. Era lo que él llamaba «mis crisis de demencia». Que ya no alarmaban a nadie, pues hacía más de cuatro años que las padecía, sin que ningún médico se hubiera arriesgado a intentar alguna explicación científica, y al día siguiente se le veía resurgir de sus cenizas con la razón intacta.

Todo lo anterior se ve agravado por la negación de su condición. El orgullo le impide al General asumir lo frágil de su salud y, a pesar de que sabe que el tiempo se le agota, es incapaz de reconocer la naturaleza crónica de su estado y le atribuye sus males a cualquier causa circunstancial –desde unas flores marchitas hasta la dirección del viento–, humillándose más, si fuera posible, con las excusas poco plausibles que su séquito le acepta y secunda, como muestra de reverencia.

Se nos va desgranando un hombre en descomposición física y mental que ya no puede yacer con una mujer, que apenas tiene fuerzas para subir una elevación, que ve y escucha apariciones vívidas. Y, al tiempo, con el ímpetu de asumir el mando de un navío ante el error casi fatal de su capitán, con decisión suficiente para nadar y bajar a unas minas, con el honor de pagar una deuda de vida quince años después.

Son esos matices, esas sombras en la superficie nada prístina del personaje los que lo humanizan. Para amar a este Bolívar lejano en tiempo y contexto necesitamos que, al menos un poco, se parezca a nosotros. Ahí es donde García Márquez introduce actitudes como la rabia por «no haber encontrado a tiempo las frases certeras y los argumentos invencibles que sólo ahora se le ocurrían, en la soledad de la hamaca y con el adversario fuera de su alcance».

Por ese imperativo de la identificación entre lector y personaje, vemos a ratos una personalidad contradictoria, necesidad de reconocimiento, depresión, frustración, comportamientos caprichosos. Este General, convertido en antihéroe, sobre todo si lo contraponemos al hombre que nos dicen fue alguna vez, sufre de los pulmones, vomita sangre, se empacha con guayabas y se duele ante la incapacidad de intimar con una mujer. Quizás en ocasiones sus cambios de humor, su temperamento, rocen la teatralidad, pero en este caso la hipérbole rinde tributo a la verosimilitud.

Por eso le perdonamos las horas que tuvo a sus guardias jugando cartas, en un derroche de abuso de poder digno de lástima, pues no le gustaba perder. Y la incoherencia entre el modo en que prometió actuar ante el atentado del 25 de septiembre de 1828 y cómo respondió. Sobre todo, por eso nos conmovemos profundamente ante su acto de llevarse la taza de café en la que bebió en una fonda, para evitarse la humillación de que la destruyeran.

Es ese General, el vulnerable que afirma dolido «Yo comí con mis cubiertos» al enterarse de que, quienes ayer lo agasajaron con una cena, hoy enterraron la vajilla en el patio por miedo a la tisis; el que se ve envuelto en una conspiración cuando no le alcanza la vida para los desagravios; el hombre infiel pero enamorado que moribundo reclama a la única amante con la que mantuvo una relación estable; el que le dejó a su mayordomo una pensión vitalicia, el héroe y antihéroe al mismo tiempo.

***

La existencia de personajes secundarios y terciarios resulta innegable mas, en lugar de impulsar la trama, conducir al conflicto o contribuir a su desenlace, quienes figuran en la obra, incluso en roles antagónicos,devienen poco más que vehículos para caracterizar al General.

Puede que el ejemplo que mejor lo demuestra sea el de José Palacios, mayordomo de Bolívar por décadas, el cual declara, ante la inminente muerte de su superior, que deberían «morir juntos».

Palacios no es, ni mucho menos, un alter ego de Bolívar, pero su historia es irrelevante. Sus continuas apariciones en la obra están encaminadas a catalizar acciones y a propiciar recuerdos que ilustren cómo el protagonista llegó a ese punto o, en algunos casos, cuán diferente fue su vida alguna vez.

En este grupo destaca también Manuela Sáenz, quien resulta uno de los perfiles tratados con más mimo por el autor, a pesar de que durante largos períodos deja de ser una presencia recurrente y, después del primer tercio, ni siquiera está cerca del personaje principal de forma física. Tal vez debido a la importancia que Manuelita tuviera para el General –fueron pareja durante ocho años– o a la posibilidad de encontrar documentos históricos con los cuales recrear fidedignamente su carácter y actitudes.

Lejos quedaban los tiempos en que ella había estado a punto de mutilarle una oreja de un mordisco en un pleito de celos, pero sus diálogos más triviales solían culminar todavía con los estallidos de odio y las capitulaciones tiernas de los grandes amores.

Mientras se nos develan rasgos de la coronela y conocemos pasajes de su vida con él, nos acercamos al General. No son casos excepcionales los expuestos hasta ahora. El elemento sine qua non entre todos los personajes de la obra se encuentra en la disposición intencional, de sus diálogos y acciones, en función de revelar detalles sobre la figura más importante de la obra.

A diferencia de otras novelas, aquí no encontramos subtramas que se alejen de Bolívar ni conflictos con terceros que no aporten de manera directa a la narración principal. El General es el eje que hace girar la historia y en función suya están articulados todos los elementos. Una de las pocas conversaciones recreadas en que no participa se desarrolla entre dos de sus escoltas:

«Coronel Wilson», le ordenó el general Carreño.

« ¡Firme!»

Wilson le replicó sin volver la cabeza: «Espérese a que termine».
Terminó con toda calma, y se volvió abotonándose la bragueta.

«Empiece a perder», le dijo el general Carreño. «Aunque sea como un acto de consideración por un amigo en desgracia».

«Me resisto a hacerle a nadie semejante afrenta», dijo Wilson con un punto
de ironía.

« ¡Es una orden!», dijo Carreño.

Wilson, en posición de firmes, lo miró desde su altura con un desprecio imperial. Después volvió a la mesa, y empezó a perder.

El general se dio cuenta. «No es necesario que lo haga tan mal, mi querido Wilson», dijo. «Al fin y alcabo es justo que nos vayamos a dormir».

Otros personajes también fueron seleccionados, entre todos los que se relacionaron con Bolívar en estos meses, para establecer nexos fluidos entre las ideas del General y la historia. Mención aparte merece el caso del doctor Révérend, cuyas acciones concretaron el mayor miedo del Libertador, a pesar de que solo se sabría un siglo después.

Foto tomada de solo50.wordpress.com/

Después de una mala experiencia y tras un largo período sin aceptar medicinas, ya cansado al final de su vida, accede a dejarse atender en una muestra del agotamiento existencial del que era víctima por la enfermedad, por el desaire del pueblo que lo había sacado de la presidencia y por las conspiraciones de quienes una vez a su lado ahora abogaban por separar la América que él soñaba la nación más grande del mundo. Su condición resultaba irreversible, mas el tratamiento incidió en el desenlace:

El doctor Révérend le aplicó al general moribundo cinco vejigatorios en la nuca y uno en la pantorrilla. Un siglo y medio después, numerosos médicos seguían pensando que la causa inmediata de la muerte habían sido estos parches abrasivos, que provocaron un desorden urinario con micciones involuntarias, y luego dolorosas y por último ensangrentadas,hasta dejar la vejiga seca y pegada a la pelvis, como el doctor Révérend lo comprobó en la autopsia.

Esta ironía trágica concluiría los días del General, que en su superstición se había alejado de médicos y curanderos que pudieran ayudarlo para terminar en manos de quien aceleró su muerte.

***

El Bolívar que nos regala Gabriel García Márquez en El General en su Laberinto es una delicia. Los fallos morales, el deterioro del cuerpo, los conflictos personales de los que dota al sujeto histórico en su apropiación literaria lo humanizan. No resulta difícil amar a este Bolívar imperfecto, sufrir por el destino «de teatro» que le tocó al final de su vida. El héroe se nos transmuta en antihéroe y luego en héroe otra vez, haciendo que, sobre todo, nos sintamos identificados con los dolores profundos del personaje trágico que a ratos disimula al ser sublime.

En materia de muertes no hay más justicia que la de igualarnos a todos, sin embargo, para algunos elegidos, queda la posteridad. He ahí, en el homenaje póstumo de un grande del siglo XX al Libertador de América, el mejor desagravio.

 

[1] Río colombiano que nace en el departamento del Huila y desemboca en el Mar Caribe.

 

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