Jueves
05 de Diciembre de 2019
Universidad

La universidad que queremos

Convocados ante una pregunta: ¿cómo sería la universidad soñada?, cuatro jóvenes docentes universitarios compartieron con Alma Mater sus más íntimos y honestos pensamientos. Si quieres participar de este debate, lo continuaremos en la web.

Autor: Rodolfo Romero Reyes
Fotos: De varios medios - Ilustración de Aleco
Fecha: 18 de Noviembre de 2019
Convocados ante una pregunta: ¿cómo sería la universidad soñada?, cuatro jóvenes docentes universitarios compartieron con Alma Mater sus más íntimos y honestos pensamientos. Si quieres participar de este debate, lo continuaremos en la web.  Ilustración de Aleco

Una casa para crecer

Dorelys Canivell Canal, profesora en la Universidad de Pinar del Río

¿Cómo desearía que fuera la universidad cubana? Una pregunta sencilla para la cual existen tantas respuestas como aspiraciones pueden tener las personas que vemos en estos centros de estudios el futuro de la nación.

Podría buscar dos caminos para esta interrogante. Uno: la universidad como institución docente; y dos: la universidad como espacio de diálogo, debate y construcción colectiva.

En la primera posibilidad, lo más importante, según mi criterio, es que las investigaciones, los estudios y todo el conocimiento que se genere al interior de una casa de altos estudios, estén encaminados a dar solución a los problemas y las demandas que genere el país. La formación de profesionales competitivos en todas las áreas al servicio de la sociedad, es una fortaleza de la universidad cubana, pero es una tarea que admite aún mejorías e incentivos.

 Universidad de Pinar del Río

Foto tomada de upr.edu.cu/

En la segunda, es relevante recalcar que, para muchos, los años universitarios constituyen una etapa de la vida en la que se hacen amigos y se definen gustos e ideologías, a la vez que se es parte de ese proceso de formación integral.

Sin embargo, además de responder a específicos encargos económicos, sociales, y políticos de los territorios en los que están enclavadas, y del país de forma general, las universidades deberían ser capaces de generar, en su interior, espacios para la polémica y el debate sobre aquellas cuestiones medulares que afectan o atraviesan a la Cuba de hoy.

Se trata de lograr ejercicios de pensamiento que fortalezcan la nación desde las miradas de los jóvenes.

Así sueño la universidad cubana, como una casa para crecer, no solo académicamente, sino también espiritualmente, en la que se construya, entre todos, el porvenir.

Con una función social

Dayron Roque Lazo, exprofesor en la Universidad de La Habana

Universidad de La Habana

Foto tomada de radiohc.cu/

Vivimos en unas circunstancias en las cuales es más fácil imaginarnos el fin del mundo que el fin del capitalismo; ello confabula contra la idea de soñarnos la educación — y por extensión, la universidad — , que queremos, porque significa visualizar una educación que salga de la prehistoria de la humanidad.

También conspira contra tales propósitos el hecho de que la confusión ideológica es tan grave que es imposible discernir los discursos de la izquierda de los de la derecha, en materia de educación superior — y a veces actuamos con tanto remilgo o con tanta imprudencia política sectaria o discriminatoria, como si la derecha no tuviera preparado, y en ejecución, su propio plan de la «universidad que queremos».

No obstante, puestos a pedir la luna, podemos hacer un ejercicio de desplegar alas y escribir algunas ideas locas:

-La universidad tendrá dos principios — y se los «robo» a un tal Nicanor McPartland — : el antidogmatismo científico y político, y la justicia social. La universidad intentará ser un «reflejo adelantado de la sociedad» comunista.

-La universidad, sin excepción, será un sistema público-estatal, y como tal no podrá estar sujeta a privatización de ninguna naturaleza — no se trata solo del intento trasnochado por cobrar una u otra cosa, se trata de que el carácter público significa que no puede caer bajo el control de ninguna secta política, religiosa o gremial, en nombre de una presunta «libertad» que impone sus designios de control ideológico.

-La universidad no estará, ni nadie se pensará que lo está, como una nube que flota en el ambiente por «encima del bien y del mal»; lo cual se traduce en que tendrá un proyecto político bien definido en atención a las coordenadas espacio-temporales en las cuales se sitúa.

Es falso que las aulas universitarias sean para pensar «todo lo impensable», decir «todo lo indecible» y hacer «todo lo imposible»; pero tampoco hay que esperar a que alguien nos diga qué pensar, qué decir y qué hacer. En ella, el estudiantado y el profesorado no confundirán el ejercicio del criterio con el pensamiento crítico, ni a este último con criticar todo lo que le pase por delante — incluido, de paso, el pensamiento.

-La universidad no estará al servicio de las empresas, ni del mercado laboral, tampoco dirá, como si fuera una abstracción, que está al servicio de la «sociedad» — que es distinto a que tengan una función social — , porque una universidad a lo que tiene que estar es al servicio de la verdad.

-La calidad de la educación no se medirá por el número de «artículos» publicados en revistas indexadas en ránquines que le hacen a la educación lo mismo que las calificadoras de riesgo a la economía: joder… sin producir nada; la gente dejará de llamar «extensión universitaria» a lo que es, en realidad, la «intención universitaria», es decir, propagar y recrear la cultura; los estudiantes no tendrán una relación obsesiva con el trabajo porque necesiten sobrevivir — no tendrán que trabajar para poder estudiar — , sino porque es parte de su formación; los «administradores» de la ciencia y el conocimiento no intentarán convertir los estudios de postgrados — y su absurdo sistema de créditos académicos — en una tarjeta de crédito donde ir «llenando» cursos para alcanzar una titulación; un doctor será considerado la autoridad académica más alta en una universidad — en definitiva, en la academia, lo único que vale más que la palabra de un doctor, es la palabra de dos o más doctores reunidos discutiendo sobre ciencia, de manera pública — . Pero no tendrá la pedantería de confundir autoridad con autoritarismo,ni la falta de humildad para reconocer que hay infinitos campos del saber humano en que es un neófito y que el saber popular es tan o más rico como el académico, y que en ese, hay otros «doctores» aunque no tengan título; el impacto social de las universidades dejará de medirse por el conocimiento encapsulado.

Ahora que concluyo estas líneas me doy cuenta que si logramos figurarnos una universidad así — y con todo lo que le falta — , quizás estemos más cerca de imaginarnos — y vaya, ponernos a practicar — el fin del capitalismo.

Que fomente el pensamiento crítico

Frank Josué Solar Cabrales, profesor en la Universidad de Oriente

Universidad de Oriente

Foto tomada de acn.cu/


Una universidad comprometida socialmente, no encerrada en sí misma y de espaldas al pueblo, como «un nido de águilas en la cumbre», sino vinculada orgánicamente a la sociedad donde existe. En tal sentido, sus investigaciones, su docencia, su actividad académica, deben estar dirigidas a la solución de problemas y necesidades.

Una universidad que fomente el pensamiento crítico, que estimule y apoye las iniciativas de los jóvenes y dé cauce a sus rebeldías contra las injusticias y las decisiones equivocadas.

Una universidad que propicie el debate y la participación activa y efectiva de sus estudiantes y trabajadores en el proceso de toma de decisiones de todos los asuntos fundamentales de su centro de estudios, de su localidad, y del país. Las universidades deben ser un espacio ideal para el entrenamiento de las capacidades y destrezas de un ejercicio democrático abarcador e inclusivo.

Una universidad que, en su inserción internacional, no sucumba ante la mercantilización y modas neoliberales que caracterizan por lo general a la educación superior en el mundo de hoy. Que siga siendo una Universidad diferente, «anormal», que no se mida por criterios de éxito y eficiencia propios del capitalismo, porque su objetivo continúe siendo la formación de seres humanos más plenos para que aporten mejor al desarrollo social colectivo, y no la fabricación en cadena de profesionales para ser consumidos en el mercado laboral. Que siga siendo la universidad al alcance de todos, con una enseñanza gratuita y de calidad, guiada no por el afán de lucro sino por ideales superiores de emancipación, justicia e igualdad.

 

Puerta, camino y punto de partida

Karina Marrón González, ex profesora de la Universidad de Holguín

Universidad de Holguín

Foto tomada de es.wikipedia.org/

Tiene que ser un lugar para crecer. No debe ser solo el sitio al que vamos a aprender una carrera, porque si lo vemos únicamente de ese modo, tampoco seremos buenos profesionales.

Ser el espacio donde aprendamos de la profesión que estudiamos, pero también del mundo.

Abrirnos las puertas al universo del conocimiento, de la investigación; tiene que ser la invitación a cuestionar la realidad que nos rodea. Solo quien investiga, quien duda, es capaz de crear, de innovar, de buscar soluciones, de pensar.

El aprendizaje tiene que ser también como seres humanos, y es por ello que no concibo a la universidad como una gran biblioteca, donde cada quien aprende en silencio. La veo como un permanente taller, en el cual trabajamos en equipo,interactuamos con los otros. Un lugar para aprender de convivencia, de respeto hacia los demás, y también de independencia, de libertad y de responsabilidad. Un egresado que concluye sus estudios con cinco puntos, con la mejor preparación profesional, pero es incapaz de participar en un proyecto colectivo, o no asume la responsabilidad de sus decisiones, o simplemente necesita de sus padres para que continúen haciéndose cargo de solucionar sus problemas, es, en mi opinión, un profesional incompleto.

La universidad tiene que ser como la vida, no un laboratorio aséptico. Tiene que haber prueba, error y superación, pero también tiene que «contaminarse» con el entorno, respirar la sociedad y aspirar a transformarla para bien.

Tiene que ser un descubrimiento perpetuo: del quiénes somos, de nuevos amigos, de experiencias, del país en que vivimos, en su geografía y sus esencias. Tiene que ser puerta, camino, y otra vez puerta, porque la veo siempre como punto de partida, como un comienzo.

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