Sábado
16 de Enero de 2021
Sociedad

La vida después del hogar

Autor: Penélope Orozco Ortega
Fecha: 4 de Diciembre de 2020
Portada del libro Más que un hogar, una familia, publicado en 2018

El reloj marcaba las 11 pasado meridiano y lo que debía ser para *Marta la mayor de las alegrías, se había convertido en la mayor de las cargas. Sería madre por vez primera y la culpa por aquel descuido de adolescentes continuaba atormentándola. La insolvencia financiera respaldaba su decisión: el recién nacido estaría mejor en otras manos.

Dos semanas después de dar a luz, Marta dejó a su hijo en Peralta No.17, sitio donde radica el hogar para niños sin amparo filial de la provincia de Holguín. Pese a que los encargados del centro siguen llamándolo niño, *Mateo lleva 36 años en esta institución. Llegó en 1984 y hoy, cuando su edad roza los 40, todavía aspira a que el gobierno local cumpla con su función y le asigne una vivienda. La mirada alegre que filtran sus gafas de patas negras solo pierde brillo cuando recuerda a la familia que no conoce y que aún así siente haber perdido.

Esta situación no resulta extraña para María Caridad García Véliz, metodóloga nacional de Educación Especial, quien como responsable de estas instituciones a nivel de país, afirma que cuando cumplen los 16 años, la dirección del hogar emite una carta al Gobierno municipal correspondiente y en esta se especifica la situación del muchacho. «Este órgano tiene la obligación de ubicar en una casa a los jóvenes que no cuentan con un núcleo familiar».

Por su parte, María Figueroa Wilson, metodóloga provincial de Educación, aclara: «Cuando el joven cuenta con alguien que los acoja una vez alcancen la mayoría de edad, deja de ser responsabilidad de los gobiernos municipales».

Niños antes que nada

La actividad frenética en la casa de acogida no cesa. En una sala, varios niños interpretan una obra de teatro. En otra habitación, atienden un taller de educación en valores. Y en el patio, decoran puertas, paredes y postes con guirnaldas y globos para celebrar las 15 primaveras de Pupilla*. Los infantes corretean alegres de un lado para otro en el albergue, un refugio de menores en el corazón de la ciudad más poblada y desigual de la isla, La Habana.

Hace unos pocos años estos niños no se conocían de nada y ahora comparten espacio con una organización envidiable. El interior del hogar está impoluto, con muebles color canela de los que pueblan los salones de media Cuba. Sobre la mesa de centro un tablero de parchís, por lo visto capaz de competir con los Smartphones en esta casa y al fondo una pantalla de televisión encendida. Las imágenes pasan de unos dibujos animados a varias tandas de música, los chicos no parecen prestarle demasiada atención.

«Yo sí tengo una familia, está aquí, es esta», nos dice Maro* en el único momento en que logra sentarse a charlar, poco antes de salir disparado, cual cohete sin retorno, para continuar jugando con los otros niños, su familia en Presencia de Lenin.

Mientras sus propias familias ejercen como puertas de entrada, los hogares para niños sin amparo filial se convierten en destino final para muchos menores que, por diferentes razones, han quedado desamparados.

Donde hay mucho de amparo y de familia

Mirka * busca hoy el barrio en el que empezó a caminar veintiún años atrás. Le han dicho que dando sus primeros pasos casi se electrocuta, que en un charco de agua con cables caídos su abuelo de tobillos hinchados y mirada ausente dejó su vida para salvarla. Le han dicho que vivió la muerte muy de cerca y demasiado pronto. Le han dicho que enfermó, que en los diecinueve días que pasó junto a sus padres biológicos tuvo fiebre, vómitos y deshidratación. Que esquivó la muerte, de nuevo, por muy poco y sin merecerlo.

Ella no lo recuerda. La última vez que estuvo allí tenía apenas un año. Toda esa biografía temprana la ha construido a partir de la transmisión oral. Ha ido tomando versiones, reconstruyendo su vida, conociendo lo que fue y entendiendo el cómo y el porqué de su llegada. El centro para niños sin amparo filial de La Lisa es ahora el único lugar que reconoce como hogar. Artemisa, su ciudad natal, no entra para ella en el territorio de la memoria, sino en el de las ensoñaciones, en el de las vibraciones lejanas.

A sus veintidós años Mirka* emana una desconcertante seriedad. Ni siquiera sus gestos tardo-adolescentes pueden eclipsar su aura flemática, su amable hieratismo, su temprana madurez. Cuesta descifrarla, esconde sus emociones con una extraña energía. Sin embargo, hoy no puede. La coraza no funciona. Mirka* está nerviosa. Nos contará su historia y despertará de nuevo esa sensación dormida en el fondo de su ser, para cumplir su voluntad, ser la voz de muchos otros como ella, de muchos otros que también encontraron hogar y familia en un centro para niños sin amparo filial.

Mueve compulsivamente la pierna derecha. Se muerde los labios. Parece estar a punto de romper a llorar. Tiene el estómago revuelto. Sabe que una historia como la suya nadie la espera. Al escuchar sus palabras me di cuenta de que lo verdaderamente interesante no era mirar hacia atrás, sino hacia delante. Ella podía contar otra historia, no la de aquella sucesión de hechos desafortunados que la llevaron hasta su hogar de hoy, sino todo lo que había aprendido y logrado gracias a las almas generosas que la acogieron en ese centro.

Mirka* alumna aventajada, ambiciosa, soñadora. La mayoría de los jóvenes del centro de acogida no acabarían yendo a la Universidad. Pero Mirka* lo tenía claro. ¡Hasta la Universidad no pondría frenos!

Fue una frase premonitoria. Era una promesa que debía cumplir. Dos días después de superar la nota de corte para entrar a la carrera que quería, se encontró con su profesora guía del preuniversitario en una guagua rumbo a La Catedral. La maestra parecía no recordarla, pero se mostró feliz al saber que Mirka* estudiaría Derecho en La Universidad de La Habana.

Entrar, mejor que salir

Cuando los niños llegan a nuestros centros, se adaptan al punto de no querer irse. En las casas cuna están creadas todas las condiciones para que continúen su vida, opten por una carrera o se vinculen al trabajo, en dependencia de sus aspiraciones y capacidades.

En el libro Más que un hogar, una familia, publicado en 2018, la psicóloga Irelys Serrano Acosta aborda las consecuencias que puede traer para estos jóvenes un cambio tan brusco como el egreso. «Cuando se acerca el momento de abandonar el hogar, algunos se sienten cómodos, otros comienzan a andar cabizbajos, pues saben que pueden repetirse escenarios del pasado», refrenda el texto.

Una de las inquietudes más voraces de María Caridad Véliz es la desactualización de las resoluciones y decretos leyes referentes a los centros para niños sin amparo. Estos emanan de la década de los ochenta y requieren reajustes. A la vez, acota que la mayoría de los infantes que ingresan son hijos de padres reclusos con condenas largas. Dicha condición no está reflejada en ningún decreto sobre el tema debido a la antigüedad de dichas leyes.

Esta es una de las principales causas de la afluencia de jóvenes en los hogares y, por ende, de la acumulación de trámites para las viviendas de los egresados. Por tal razón, considera necesario que estos preceptos sean actualizados.

Llenar las ausencias

Las direcciones municipales de Educación son las encargadas del abastecimiento de estas instituciones. De acuerdo con el decreto Ley No 76 de la Gaceta Oficial de la República, aprobado en 1984, los niños reciben mensualmente un estipendio en CUP. Al año, a cada uno son asignados 150 CUC para adquirir ropa o productos de aseo.

Los gobiernos municipales laboran bajo una presión constante, pues las cifras de desamparo fluctúan. Mientras el número de ingresos crece los egresos se mantienen quietos. Los centros colapsan, pero en nuestro sistema social ningún menor quedará desamparado.

La ciudad de los parques posee la situación más crítica del país. La problemática se le escapa de las manos al régimen local. De las 498 personas que conviven hoy en estos hogares de la isla, 223 superan la edad adulta. Una situación similar ocurre en La Habana donde desde 2013 no se destina una vivienda a un egresado de las casas de amparo. En los casos previos a ese año, se priorizaron los adultos con discapacidad física o mental.

Historias de vida, Disandra e Isel

En la sala de Medicina General del Hospital Docente Celestino Hernández Robau, de Villa Clara, los pacientes agradecen la atención de una enfermera. Disandra aprendió a volcar la fuerza de carácter hacia el cuidado del prójimo. A los 25 años le procura a su hijo el amor negado a ella misma por su madre.

«Salí del hogar con 21 años y junto a mi niña comencé a labrar un futuro como madre soltera. El gobierno de Santa Clara me dio una vivienda con las suficientes condiciones para llevar una vida digna», relata.

Por otro lado, Isel agradece a Mami Olga, quien fuera su madre sustituta, por la dedicación y la entrega en el cuidado. Aunque su estadía en el centro fue bastante larga, actualmente trabaja como instructora de arte en la escuela primaria «Hurtado de Mendoza», de Santa Clara.

«No me gustaba vivir rodeada de gente, quería ser independiente, pero prefería tener comida, una cama y agua tibia. A pesar de cargar a mis espaldas un peso sobrecogedor, opté por olvidar los pesares y educar a mi hija de 4 años en el hogar mientras esperaba la vivienda», rememora la educadora.

Jackson el contador

Jackson Acosta Mora y su hermana Idenia llegaron a uno de los hogares de niños sin amparo de Santa Clara cuando tenían seis años. Él cursó la primaria, la secundaria, estudió para ir a la universidad y tuvo las mismas oportunidades de cualquier adolescente en Cuba.

En el 2000, Jackson y su hermana recibieron una casa con condiciones mínimas. «Esa parte sí fue más traumática, pues cuando uno está dentro del hogar vive en una burbuja y no en la realidad de Cuba. La salida al mundo real fue lo más difícil», recuerda el joven.

Mientras la hermana abandonó el país, Jackson se graduó de Contabilidad y Finanzas en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Ahora trabaja en el sector del turismo, está casado y se encarga de cuidar a su hijo.

Aunque los casos de Jackson, Disandra, Isel y Mirka* no son únicos, el futuro de los jóvenes sin amparo no siempre resulta grato. La disponibilidad de una casa propia para cada egresado debiera estar entre las prioridades de los gobiernos municipales. Mientras esta problemática no mejore, el número de adultos que residen en hogares para menores seguirá en aumento.


*Los nombres han sido cambiados a petición de las fuentes para proteger sus identidades.

 

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