Domingo
22 de Septiembre de 2019
Opinión

La’bana está en todas partes

Autor: Jorge Luis Cruz Bermúdez
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 6 de Noviembre de 2015
Ilustración de Yaimel

Antes de que me juzguen, una declaración de principios: a mí también me gusta La Habana. Esa Habana que seduce tanto por su historia, como por su histeria. La Habana de sábanas blancas. La del malecón. La trasnochada. La cómplice, desinhibida, bohemia. La Habana que tanto le agradece a Eusebio Leal, historiador de la ciudad,  su cirugía estética.

La Habana que «me abrió sus piernas» hace muchísimos años, y me hizo caer rendido a sus pies. Esa Habana que no se asombra de que sus palmas den plátanos amarrados con tiras rojas. La que te invita a «darle una vuelta a la ceiba de noche». La de calles ajadas. La Habana  a la que nadie podría discutirle el premio nacional al mercado negro 2015. A la cual es imposible llamar en funciones de trabajo después de las 3 de la tarde. La Habana tantas veces tomada, y no solo por los ingleses…

Todas y cada una de ellas son muchas en sí misma. Pues quien diga que hay una sola, está equivocado: La Habana está en todas partes. Justo por todo eso no entiendo, cómo algo tan común en los ‘80 como aquello de «arrancar pa’ la’bana» por cualquier cosa, se haya extrapolado hoy a otros sectores como el de los universitarios, muchos de los cuales ven en la legendaria Alma Mater la única universidad con nivel adecuado para formar a un buen profesional en Cuba.

No es que quiera tapar el sol con mi pulgar. De sobra sabemos que en La Habana, como en cualquier capital del mundo, se concentran miles de opciones que por lo general escasean en eso que eufemísticamente llamamos en Cuba «el interior», «provincias», o los más explícitos, el «área verde». Como también sabemos todos los cubanos, que las oportunidades las pintan calvas y hay que agarrarlas por los pelos.

Pero si hay un sector que se salva de brechas gnoseológicas entre una región y otra es la educación superior. En mi año, o «en mi grupo», como todavía digo al referirme a quienes ya no lo integramos desde hace más de una década, hubo también algunos estudiantes a quienes casi no recuerdo, porque desde el mismísimo primer año le «diagnosticaron» escasa preparación a nuestros profesores y se automedicaron traslado hacia la urbe capitalina. Tanto de ellos, como de los que nos graduamos por acá, solo agregar algo: algunos llegaron a ser muy brillantes, y otros siguieron brillando por su ausencia.

La razón: la vida está llena de exalumnos talentosos que no lo son profesionalmente, y también de otros quienes sin ser graduados excepcionales han sacado las mejores notas en ese gran seminario que es la vida. Pues una cosa es estudiar algo y otra bien distinta, hacer algo. O sea, ni cursar Música en el Berklee College of Music de Boston te convierte per se en un virtuoso, ni estudiar Contabilidad en Harvard te hace millonario.

Las universidades por sí solas no llegan a abrirte del todo las puertas; cuando más alcanzan a darte las llaves que te faciliten el acceso al mundo del conocimiento. Empujarlas, entrar, y saberte aprovechar de todo cuanto en él exista dependerá de cada quién, sea cual sea su provincia de origen.

Las universidades cubanas entregan a la sociedad graduados con cero­kilómetros de experiencia, pero con la capacidad de soñar intacta y con muchas ganas de tragarse el mundo. El convertirse en agente de cambio, o no, de su realidad inmediata dependerá del lugar que cada profesional logre ganarse a fuerza de competencia, capacidad y consagración profesional, sin importar el lugar donde se tituló.

Múltiples ejemplos de artistas, y profesionales en sentido general que han logrado alcanzar una universalidad en sus ámbitos de creación, son hoy referentes para el país y el mundo, como una muestra que desde el «interior» también se llega al «exterior», si existe talento.

Todo lo demás son complejos y hasta menosprecios, a veces fomentados por nosotros mismos. Hace un tiempo atrás un legendario profe de la vocacional José Martí se me acercó y, tras manifestarme su gusto por mis escritos, comenzó a ilustrarme sobre cuántos intelectuales de «renombre» salieron de Holguín, y antes de que yo pudiera sacarlo de su error, me invitó a un encuentro que pensaba organizar con todos los egresados de esa escuela que han sido, o son, diputados al Parlamento. «Hasta a Polanco vamos a traer», dijo emocionado, mientras yo quedaba atrás pensando en cómo le explicaría al profe que yo hice el pre en la calle, me quedé sin carrera, pasé el ejército, me fui para el premilitar en San Andrés, y estudié Periodismo en la Universidad de Oriente; aun cuando me siga gustando La’bana y que a cada rato salga a caminarla, para comprobar que todavía está en su lugar, o sea, en todas partes.

 

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