Sábado
16 de Enero de 2021
Sociedad

Las caras de lo invisible

Para hablar y decidir sobre los y las jóvenes antes hay que mirar sus caras negras y blancas, sus niveles de escolaridad, sus ocupaciones, sus familias, sus condiciones de vida, sus filiaciones políticas... Únicamente con un especial interés en lo particular, lograremos mover a la pluralidad de las personas.

Autor: Dainerys Mesa Padrón
Fotos: Archivo
Fecha: 28 de Abril de 2015
Las caras de lo invisible

Cuando aludimos a ese sector de la población nacional comprendido entre los 15 y los 29 años de edad usamos una palabra que lo simplifica: JUVENTUD.

Y sí, tal genérico resuelve la segmentación, desmembración y clasificación de las fracciones  comprendidas en este gran grupo. Pero también unifica incontables diferencias que, al no especificarse, quedan al margen de las descripciones, los análisis y la implicación.

Las sociedades, los sistemas y los propios seres humanos establecen pautas que rigen los comportamientos individuales y grupales. Asimismo, legitiman ideales de lo bueno o malo, lindo o feo, correcto o incorrecto... Cuando una muchacha o un muchacho no se reconocen en estas categorías se siente anulado.

Elaine Morales Chuco, investigadora cubana del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, explica al respecto: «La articulación de todos los elementos subjetivos y de aquellos generados desde los factores socioeconómicos, los colocarán en el proceso de marginación en uno u otro extremo: dentro de los marginados o entre quienes marginan. En particular, durante la adolescencia los elementos referidos a la identidad, con énfasis en la imagen y la influencia del grupo de amigos, desempeñarán un papel destacado; en tanto, en la juventud, el afán por la autodeterminación, particularmente económica, constituirá un elemento de peso. Todo ello concurrirá en el contexto de un mundo dominado por los adultos, donde, de antemano, los más jóvenes pueden verse relegados o sobreprotegidos, situación que marcará las relaciones intergeneracionales».

Sin embargo, la exclusión dentro del mismo grupo etario resulta quizás más explícita y coexiste en diversos aspectos.

Rasgos

De los universitarios a los que no lo son. De quienes tienen una buena remuneración a quienes (aun con mayor grado de profesionalidad) no reciben una compensación monetaria suficiente. De las personas blancas hacia las negras. De las personas negras hacia las blancas. De los integrantes de organizaciones políticas hacia quienes no la componen. De los heterosexuales hacia los homosexuales y los bisexuales. De los hombres hacia las mujeres.

Así, infinidad de hechos personalizan la diferenciación, y en muchos casos la omisión, pues no solo las acciones ofensivas o las agresiones físicas constituyen armas discriminatorias. Muchos símbolos acuñados por la cultura del día a día determinan que las y los menores en edad y experiencia se sientan parte de algo… O no. Por ejemplo, cuando proponemos actividades que solo aluden e inciden en los miembros de organizaciones como la FEU o la UJC y las declaramos nacionales e inclusivas, sin haber considerado al muchacho vendedor en una cafetería o a la chica embarazada que no estudia ni trabaja.

Miguel Villa, investigador latinoamericano, concibe una sectorización de las personas de menos años, la cual, aunque se declara arbitraria en algunos conceptos enfocados en el género, representa puntos comunes con la realidad cubana.

Uno de sus diseños entiende la existencia de «cuatro sectores o principales grupos juveniles: los estudiantes universitarios, reconocidos como el prototipo de la juventud y el único sector participante en el escenario social y político; la juventud popular urbana, excluida del acceso a la educación media y superior y del mercado del trabajo formal, residente en zonas marginales, organizada en grupos de esquina y pandillas, y que ha desarrollado procesos de identificación vinculados a la violencia; los jóvenes rurales, poco visibles simbólica y numéricamente, considerados minoría y marginados; y las mujeres jóvenes, con doble exclusión desde el punto de vista etario y de género, e incluso recluidas en el hogar o en la comunidad, sin identidad propia, aunque con una clara tendencia a la integración social».1

Evidentemente, las chicas y los chicos relacionados con los ámbitos universitarios y con alguna filiación política han representado, casi siempre, la avanzada en América Latina y en otras partes del mundo. Cuba no es la excepción. Pero esto no justifica que solo a ellos se les piense y reproduzca como «juventud».

Aunque en espacios de participación popular o gubernamental encontramos ejemplos de (casi) todos los ámbitos de la sociedad, muchos otros, como los medios de comunicación, continúan propagando y autentificando una imagen del o la joven ideal. Este modelo que no comprende con frecuencia a los campesinos y las campesinas, a los muchachos y las muchachas que estudian y trabajan, a quienes laboran en el sector privado..., cuando lo hace, no proyecta convergencias con la realidad, y resulta doblemente frustrante.

Expresiones

Cuando se alude a las muchachas y a los muchachos en programas y políticas sociales, suelen omitirse los intereses y características de las madres y los padres jóvenes.

Cuando se alude a las muchachas y a los muchachos en programas y políticas sociales, suelen omitirse los intereses y características de las madres y los padres jóvenes.

Aborda Elaine Morales en su texto Adolescencia, juventud y marginación en Cuba, las evidencias de varios estudios psicoantropológicos acerca de prejuicios raciales, constatados, sobre todo, en la selección de la pareja para el matrimonio.2

Resalta, además, la particular incidencia de la crisis económica en la identificación de los más jóvenes con su barrio y las instituciones comunitarias. «Ejemplo de ello es que los preadolescentes residentes en algunas localidades capitalinas aquejadas con mayor gravedad por la situación socioeconómica, percibían que en tales zonas la disponibilidad de servicios, el estado constructivo de los inmuebles, la gestión de las instituciones comunitarias y la atención de las municipalidades, era cuantitativa y cualitativamente inferior con otras zonas de la capital.

Esta valoración generaba insatisfacción y rechazo hacia el barrio o al menos fragilidad en los lazos con este espacio de socialización. Asimismo, daba lugar a una subvaloración del sitio, de sus habitantes en general y de ellos mismos en particular.

«Estas manifestaciones se pueden enmarcar en debilidades de los procesos participativos en todas sus aristas, ya sea en cuanto a querer, saber o disponer de las oportunidades para participar, aspectos estos que pueden conducir a la apatía y a la automarginación», continúa Morales.

En los últimos años, las carencias económicas y las posibilidades de acceder a los bienes también dibuja otros rostros.

Para la Doctora Blanca Munster Infante, del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial, existen hoy otras dinámicas mediadoras en las representaciones que tenemos de los muchachos y las muchachas, y que a su vez, ellos y ellas crean de sí mismos.

«Vivimos en una sociedad marcada por la desigualdad económica y de ingresos —comenta la especialista—, no necesariamente vinculada con la formación profesional o los empleos. Esto repercute en los proyectos de futuro de los y las jóvenes, pues pertenecer a un gremio o poseer cierta educación no les garantiza insertarse en un segmento económico de altas ganancias. Luego, el acceso a la Internet y a otros tipos de información y patrones de consumo les plantean nuevas metas asociadas a la solvencia económica. Cuando no las pueden lograr caen en un nivel de fracaso que los hace sentir excluidos».

Alrededor de los ingresos conversa también la Doctora Isabel Moya Richard, directora de la Editorial de la Mujer. Ella asume la transversalización del enfoque de género en los asuntos juveniles.

«Los mandatos de género no solo limitan a las mujeres en determinados espacios —dice Isabel— sino que inciden además sobre los hombres, causándoles desilusión. Un elemento interesante se vincula con lo difícil que resulta, para ellos, la situación económica al invitar a las muchachas a determinados lugares. Los patrones indican que los hombres pagan, y aunque en determinadas relaciones de parejas ya establecidas todo el mundo colabora, en las primeras citas reciben esta presión, sobre todo si se trata de sitios en CUC».

En cuanto a las formas de «marginación, automarginación y de comportamientos tradicionalmente denominados como marginales» en los ámbitos juveniles impera, como señala Morales, la necesidad de «un análisis profundo y sistémico, en el que tengan cabida la diversidad de aristas que lo componen»;3con énfasis —vale incorporar— en los procesos de participación.

Detalles

Luis Gómez, del Centro de Estudios sobre la Juventud, advierte acerca de la   «disminución de la necesaria sintonía entre los discursos institucionales oficiales y la forma en que los jóvenes perciben y enfrentan la vida social en su realidad concreta. Esta divergencia se manifiesta en la cotidianidad como doble moral, toda vez que los jóvenes lidian con la disyuntiva de optar entre lo que piensan, dicen y deben hacer y lo que en realidad hacen».4

Tales comportamientos devienen marcas de los constructos sociales, las enseñanzas familiares, las presiones políticas y sociales y en alguna medida, de los intereses personales por integrar colectividades concretas.

Por eso hombres y mujeres se implican hasta un punto, mientras otros y otras con aptitudes y ganas, ni siquiera tienen la oportunidad de decidir su compromiso o no con los procesos.

Para Isabel Moya resulta relevante «cómo en los distintos grados de la primaria, la secundaria, el preuniversitario (...) las alumnas asumen la mayoría de los  puestos de dirección; sin embargo, aún vemos que en la mayor parte de las empresas y de los grandes emprendimientos no estatales los hombres se encuentran al frente. ¡¿Por qué?! Pues a las niñas se les educa para que sean tranquilas, estén sentadas, cuiden las libretas... y esto las convierte en candidatas ideales para dirigir en sus centros.

«Después, —opina la periodista— están marcadas como responsables del cuidado de los hijos, del hogar... y se les limita el tiempo y la presencia en los puestos estratégicos en todo el país. En la participación de ellas en espacios como el Poder Popular ocurre un fenómeno curioso. En el Parlamento, el 48 por ciento de los parlamentarios son mujeres. No obstante, cuando analizamos la cantidad de delegadas no existe una correlación. Si bien las organizaciones de masas optan por muchas, donde vota la población, en las cuadras, todavía su figura está limitada. En tales escenarios se aplican casi siempre dos variantes: si es una muchacha joven piensan que no puede, y si está en edad reproductiva plantean que con tantas cosas como la crianza de los hijos es difícil responsabilizarla con una tarea como la circunscripción».

Incoherencias como esta abrevian las facultades de quienes —se supone— (en este caso no a plenitud dada la cantidad de población envejecida que tiene Cuba) constituyen la fuerza productiva del país y los puestos de liderazgo con una perspectiva transformadora.

Potenciar la implicación mediante la convocatoria no será tan exitoso como, según —expresa Luis Gómez—, «propiciar que más jóvenes tomen parte en los procesos asamblearios de rendición de cuenta y elección de candidatos a delegados de circunscripción; eliminar el formalismo que frena, de alguna manera, el asociacionismo juvenil, para liberar su creatividad; hacer corresponder, en mayor medida, el liderazgo de las organizaciones juveniles con las expectativas de sus miembros; acrecentar el papel de la representación juvenil en todas las instancias de la sociedad; incrementar las posibilidades y la eficacia del asociacionismo juvenil; incorporar a los jóvenes al trabajo en los asuntos de la comunidad; asegurar la participación de ellos en la toma de decisiones según los problemas de su incumbencia...».

Por otra parte, este investigador define como «el país no ha contado con una estructura de gestión independiente en materia de acción social juvenil. El Partido Comunista de Cuba, de conjunto con el Estado y el Gobierno, y la Unión de Jóvenes Comunistas, han trazado las estrategias y líneas de acción en materia de juventud, las cuales han sido ejecutadas por los ministerios y organismos responsabilizados con su ejecución.

Asimismo, dichas entidades, secundadas por la Comisión de Atención a la Infancia, la Juventud y los Derechos de la Mujer de la Asamblea Nacional del Poder Popular han velado con desigual grado de efectividad por el cumplimiento de los acuerdos adoptados».5

Si la participación está condicionada por motivaciones simbólicas vinculadas con los procesos a los cuales muchachas y muchachos le otorgan mayor importancia, las acciones para activar a esa heterogénea masa tendrán entonces que responder a tales estímulos.

De igual forma no pueden reconocer como jóvenes solo a los y las militantes y los universitarios y las universitarias.Las políticas de juventudes, aunque partan de los sistemas de dirección y se manifiesten mediante organizaciones, deben salir y proyectarse desde sus protagonistas todos y todas.

 

La presencia de los y las jóvenes rurales muchas veces es minimizada.
La presencia de los y las jóvenes rurales muchas veces es minimizada.


Según el censo de población y vivienda realizado en Cuba en el año 2012:

La mayoría de los jóvenes en Cuba son trabajadores (42,5 %), mientras que el 32,5 % estudia y el 7,7 % realiza las dos actividades al mismo tiempo.Se observa una menor participación de las mujeres en el plano laboral, con un 28 % en comparación con el 39 % que representan sus semejantes masculinos. Más del 80 % de los jóvenes empleados pertenecen al sector estatal.

 

CITAS

1. Miguel Villa, 2000, citado por Elaine Morales Chuco en «Adolescencia, juventud y marginación en Cuba». Lecturas de la realidad juvenil cubana a principios del siglo XXI. Colectivo de autores. Centro de estudios sobre la juventud, 2011.

2. Elaine Morales Chuco en «Adolescencia, juventud y marginación en Cuba». Lecturas de la realidad juvenil cubana a principios del siglo XXI. Colectivo de autores. Centro de estudios sobre la juventud, 2011.

3. Posteriormente a estas declaraciones la investigadora realizó un estudio que evalúa las conductas reales asociadas con los comportamientos marginales y los niveles de marginación en las representaciones simbólicas asociadas a los y las jóvenes en Cuba.

4. Luis Gómez Suárez en «La participación sociopolítica». Colectivo de autores. Centro de estudios sobre la juventud, 2011. 

5. Luis Gómez Suárez en Políticas de Juventud, Casa Editora Abril; 2013.

 

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