Lunes
03 de Agosto de 2020
Cultura

Las emociones de Ángeles Mastretta

Autor: Sofía Miragaya Bacallao
Fotos: Portada tomada de amazon.com/
Fecha: 11 de Junio de 2020
Portada tomada de amazon.com/

Recorro las calles de Puebla hasta llegar a su casa en medio del jardín, fijola mirada en dirección a una ventana semiabierta y la encuentro a ella, en las penumbras del salón, con dos cajas entre las manos. Es una mujer de unos sesenta años, viva en sus historias y el ajetreo de sus manos al escribir, me dice «Esta casa de todos es mi herencia. Tiemblo de saberlo y de pensarlo».

Ángeles Mastretta me cuenta de la muerte de su madre, ahora cenizas en una de las cajas, su padre en la otra; él reúne experiencia de varias décadas, su esposa no y se niega a la tristeza, al desosiego, a la tranquilidad de no hacer nada. Su hija la comprende, tan solo desea recordar su infancia en aquel pueblo, como a los veinte años se marchó a Ciudad México sin mirar hacia atrás, la juventud que nunca es lenta…

La emoción de las cosas se me ha caído, el cielo de Puebla se transfigura a mi cielo habanero mientras me agacho y recojo el libro. Tiene ya siete años de publicado, en el 2013 apareció en los estantes de México, sus páginas llegaron a mí por la madre de una amiga que me dijo simplemente: «ella es escritora y periodista, deberías leerlo». Así lo que empezó por una lectura casi obligada y rápida, deseando devolver el libro a su dueña, se convirtió en un viaje por otras ciudades, otras personas y otras emociones, que aún no me han tocado vivir.

«Desconozco adónde voy o cómo ir por un libro que aún no sé si será una memoria, una indagación en el pasado de mis padres, una búsqueda o una tontería». Ángeles no sabe catalogarlo en una etiqueta, podría ser una autobiografía, pero sus ideas se encuentran desordenadas; podría ser un conjunto de vivencias, pero es demasiado irreal en su poesía. Es lo que es, un sillón meciéndose en Puebla por una voz de mujer, y yo sentada en el suelo, escuchando cuanto tiene que decir.

Mastretta no es un nombre mexicano, lo heredó de su padre Carlos, que a la vez lo heredó del abuelo italiano Carlo. El último guardaba tal amor por su país natal que su hijo regresó a Europa para participar en la Segunda Guerra Mundial, este la sobrevivió y nunca más volvió a hablar de Italia, «Ni mi madre … supo del espanto que atenazó su vida y su imaginación desde entonces y para siempre». Se ganaba la vida vendiendo autos, pero lo que le emocionaba era escribir, durante quince años publicó artículos sobre automóviles sin cobrar por ello. Ángeles continuó la afición familiar por el periodismo y dos de sus hermanos, Daniel y Carlos, crearon el coupé deportivo llamado Mastretta MXT.

Su padre falleció poco después de que se marchara a Ciudad México, donde estudió Periodismo en la UNAM. Por las tardes pedía aventones para ir a colaborar en diversos periódicos, uno de ellos fue Ovaciones, donde tenía su propia columnaDel absurdo cotidiano y se sentía «Dios omnipotente», porque podía escribir de todo «menos la Virgen de Guadalupe, el Ejército y el presidente de la República».

Luego entraría a escena el que es su compañero de vida, Héctor Aguilar.Nacerían sus hijos y se publicaríanArráncame la vida en 1985, libro merecedor del Premio Mazatlán de Literatura.Aún escribe para periódicos como Die Welt y El País.

La escritora siente una extraña devoción hacia México, de a ratos lo ve como una tierra con mala suerte que en cualquier momento podría resurgir, otras veces le da miedo y se encierra en su casa como en un mundo, haciéndome pensar en un viejo grafiti que exclamaba: ¡México lindo y qué herido! Una vez asaltaron a su hija Catalina de dieciséis años de camino a casa de un amigo, como le habían hecho a todo el mundo, solo que no era igual; al otro día le dijo que volvería a ir y ella «le dijo que sí, porque aquí la puse a vivir». La misma que unas páginas antes, describiendo las celebraciones por la Independencia de México, llamó a sus hijospara que vieran los fuegos artificiales y se alegró de conservar esperanza:«Que sea nuestro festejo empujar el horizonte».

Sobre el oficio de escribir deja también sus huellas, narra la torpeza de pasar de la máquina a la computadora, que oye música mientras lo hace, de la vez que en la Universidad de Texas vio una primera edición de Orgullo y Prejuicio, que dialogó entre copas con Sor Juana y Nervo y que su biblioteca es toda su casa, los libros saltando de cada rincón.

La emoción de las cosas destaca también por sus momentos joviales, como cuando su cuñado no quiso prestar su escalera y su hermana la llamó diciendo que sí lo haría, solo que «Él aún no lo sabe» o cuando la llamaron del colegio de Mateo para decirle que el niño se había declarado un «librepensador» o cuando conoce a Ludovica, la novia de su padre durante la guerra.

Ángeles nos habla de todo a disparo de verdad, como debe ser siempre la buena literatura: la emigración, la familia, el amor, el patriotismo, la esperanza, la muerte; todas sin el velo del misticismo o la arrogancia del tiempo.

Cuando me resigno a devolverle el libro a su dueña y con él mi visa gratuita a tierras continentales, observo primero a las dos niñas de la portada, que no son más que Ángeles y su hermana Verónica. Están de espaldas la una con la otra, con sombreros de lazos. En la locura por la completa perfección su hermana sonríe a pesar de haber recibido puntadas en la pierna hace solo unas horas y Ángeles la admira desde sus ojos infantiles: «Incluso a los desconocidos les atrae esa foto. Aunque sea cursi o porque lo es». Soy una desconocida más con su vida entre las manos, que le da las gracias a la madre de su amiga y se despide del sillón con su mujer meciéndose, emocionada al fin.


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