Jueves
14 de Noviembre de 2019
Humor

Las «vacaciones» de Melisa

Autor: Rodolfo Romero Reyes
Fotos: Ilustración de @haydeefornaris
Fecha: 9 de Julio de 2019
Las «vacaciones» de Melisa

La historia no empezó en julio y agosto, sino unos seis meses antes. Melisa estaba en cuarto año y andaba buscando trabajo para no depender solamente de sus padres: «Así tendría mi propio dinero para lo que quisiese. Muy a menudo me entra el síndrome de querer estrenar algo; me gusta mucho la pacotilla. También quería salir con mis amigas; algo que para los padres es un gasto innecesario, para los jóvenes, resulta de vital importancia».

No era la primera vez que Melisa optaba por una plaza en el sector privado. Primero, trabajó en una especie de «agencia de comunicación»; allí ejercía como comercial. Sin embargo, eso de «andar detrás de la gente para sumar clientes», no le gustaba. También probó en el sector estatal e impartió clases en una secundaria; buscaba opciones que le permitieran incrementar su estipendio estudiantil.

Motivaciones

«Aunque mis padres quisieran, no podían complacer todos mis gustos. Ellos son médicos, con salario estatal. Mi status — dice en broma, — de estudiante becada multiplica los gastos familiares: comida, pasajes, taxis, imprevistos…», enumera con los dedos de su mano izquierda.

Sabía que algunas muchachas de la Facultad trabajaban en una hamburguesera. Casualmente, una de ellas dejaría el trabajo, y otra amiga en común le hizo la propuesta. Dijo que sí, sin pensarlo mucho.

Con el dinero de las tres primeras semanas de trabajo Melisa se compró un par de tenis blancos en la tienda del hotel Habana Libre; unos Converse originales, al menos eso cree. «Me costaron caritos, exactamente 85 CUC, pero me los compré. Después me los puse para ir a la clausura de los Juegos Caribe y los manché de tierra totalmente — me cuenta con tono solemne y a la vez burlón — . Nunca volvieron a ser igual de blancos; se embarraron para toda la vida».

Continuó gastando su dinero en ropas, salidas y comida. Al principio pensó en ahorrar, pero «mientras más ganas, más gastas». Entonces el capital fue destinado para su día a día.

Como no estaba acostumbrada a tener dinero, y muchos menos a cobrar diario, al principio no sabía qué hacer con él. Me he preguntado, y entonces se lo pregunto directamente a ella, si los universitarios que trabajan por cuenta propia dejan de ir a los festivales de cultura, a los juegos deportivos, a los trabajos agrícolas.

¿Debe ser mucho menos el tiempo para estudiar?

«Supe combinar el estudio y el trabajo. Cuando empecé, me coincidió con las semanas de práctica laboral. Eso me permitió adaptarme en la hamburguesera en un tiempo escolar relajado. Es verdad que falté mucho a las prácticas porque siempre tenía sueño en las mañanas; pero tampoco estábamos haciendo nada esencial, así que no me afectó ni en los aprendizajes, ni en la nota final. Si hubiese sido en primero o segundo año, se habría complicado todo; 4to año es bastante fácil. Cuando tenía exámenes o seminarios, y trabajaba la noche antes, buscaba a alguna compañera de otro año de la facultad que me cubriera el turno; siempre encontré muchachas dispuestas».

En el verano, cuando llegó para la mayoría el fin de curso y el momento de vacacionar, Melisa vio la posibilidad de incrementar sus dividendos. Sin embargo, había un serio inconveniente: ella y otras muchachas que trabajaban allí, no tenían casa en La Habana. ¿Cómo hacer?

«Cinco estábamos becadas. Todas trabajábamos en el turno de la noche que siempre es el más fuerte. Trabajar en vacaciones se hacía muy difícil. Queríamos tener algunos días al menos para ir a la casa.

Ideamos toda una estrategia que, por suerte, fue aprobada por nuestros jefes. Hicimos un calendario especial para el turno de la noche. Trabajábamos cinco días seguidos, y descansábamos la misma cantidad de jornadas. Así pasábamos, al menos un tiempo con la familia. Tuvimos que convencer a la sexta muchacha que era de La Habana; por suerte se solidarizó con nosotras»; narra sin obviar ningún detalle.

Otro obstáculo imponía el periodo vacacional: el cierre de la beca. ¿Entonces? «Hablamos con el director para que nos dejara quedarnos hasta último momento. Estiramos el tiempo lo más posible. Todo el mundo salía de pase y nosotras allí. Estuvimos hasta que se fue el último estudiante que tenía examen de revalorización y entramos con los primeros que tenían mundiales. Realmente vacacionamos poco. Durante las semanas que la beca cerró nos alquilamos. Conseguimos buenas ofertas; como éramos cinco nos salió todo más barato».

Rutinas

Un día de trabajo para Melisa es así de intenso: llega a las 5.30 p.m., el turno empieza a las 6:00 p.m. En esa media hora prepara los cubiertos, dobla servilletas, verifica que los pomos de kétchup y mostaza estén bien llenos, hace el cambio de turno con las muchachas de la mañana, pregunta por las mesas que aún no han pagado la cuenta y contabiliza lo que hay en la nevera. Eso último lo hace con total precisión; si al final del turno falta un líquido, se lo cobran a precio de carta. Lo cual le resulta realmente abusivo, pero no se puede quejar.

Luego se dispone a iniciar su trabajo y sonreírle a todos los clientes. Casi siempre la felicitan por el buen trato que ofrece, eso la reconforta bastante. Al final del día, vuelve a contar la nevera, los cubiertos, limpia las mesas. «Al principio desempeñarme ahí me divertía, y me despejaba mucho, trabajaba con amigas, me desestresaba, conocía gente nueva. Todo al inicio es bueno y después empieza a ser obstinante. No me gustan los trabajos mecánicos. Allí es siempre lo mismo».

Y obviamente, en un mundo de servicio, donde se ha hecho política — y bien cuestionable — que los dueños contraten solo a muchachas jóvenes y lindas, la dimensión de género aparece como para mantenernos alertas. «Siempre hay clientes pesados y pedantes, y hasta se creen creativos. Te piden la cuenta y cuando se las llevas te dicen: “Pero no está tu número aquí”; y entonces me río irónicamente, y pienso que es la tercera vez en la noche que me dicen la misma frase».

Para Melisa las pasadas vacaciones fueron realmente agotadoras. Al cuarto día no quería ni sonreír ni ver a un cliente delante de ella. Es un trabajo sencillo: hace la solicitud el cliente, lo pasa a la cocina, sirve la comida, y pone la cuenta. Se aprende rápido, aunque al principio siempre hay pifias. Las primeras semanas soñaba con pedidos de hamburguesas en los que olvidaba la mostaza, y otros de pizzas en los que no ponía los cubiertos. Memorizaba matemáticamente: si piden ensaladas pones el vinagre, el aceite y la sal. Y, ¡estrategia de ventas!: los líquidos se sirven primero.

Las primeras semanas dormía con una almohada en los pies «para el retorno venoso — hija de médicos, sin dudas — , porque me dolían cantidad». El primer sábado que le tocó hacer la madrugada, (ese día el turno es de 24 horas), durmió todo el día para poder aguantar. Recuerda que tomó café a las 3.00 a.m. para llegar despierta a las 6.00 a.m.

Encrucijadas

«Siempre he corrido con la suerte de tener amigas que me cubren. Por eso es que pude seguir con mi vida universitaria de caribes y festivales de cultura. No estaba dispuesta a dejarla; ningún trabajo me iba a dar la felicidad que me proporcionaba bailar en el festival o competir en los deportes. Tuve que renunciar, en cambio, a subir el Pico Turquino porque eran muchos días», reflexiona con pesar.

Este año, su quinto curso en la universidad, ha sido intenso. Por suerte encontró una solución para compaginar el trabajo con la tesis de licenciatura En los meses más difíciles salió del turno fijo y se propuso como refuerzo para los fines de semana.

Ahora se prepara para empezar su servicio social. «Estas vacaciones serán igual que las del año pasado: agotadoras. Gracias a mis padres ahora tengo dónde vivir en La Habana, y eso alivia muchísimo las cosas. Imagino que cuando empiece a trabajar ocuparé el 80% de mi tiempo, y solo tendré los fines de semana para mí y para la hamburguesera, que son los días de mayores ventas».

La imagino en unos meses, cuando inevitablemente compare el trabajo en ambos sectores, el privado y el estatal. Después de esos tres años de servicio social, ¿qué hará Melisa con su vida?

«El tema de trabajar para el sector no estatal durante el servicio social será muy complicado. Generará la disonancia de hacer lo que me gusta aunque te paguen muy mal — esto es en sector estatal — , y hacer algo que no te gusta en un lugar donde te pagan mejor. El salario en la hamburguesera no es la gran cosa, pero en un fin de semana hacemos el dinero equivalente al salario de un mes en el servicio social».

En los meses más difíciles salió del turno fijo y se propuso como refuerzo para los fines de semana. Ahora se prepara para empezar su servicio social.

«Estas vacaciones serán igual que las del año pasado: agotadoras. Gracias a mis padres ahora tengo dónde vivir en La Habana, y eso alivia muchísimo las cosas. Imagino que cuando empiece a trabajar ocuparé el 80% de mi tiempo, y solo tendré los fines de semana para mí y para la hamburguesera, que son los días de mayores ventas».

La imagino en unos meses, cuando inevitablemente compare el trabajo en ambos sectores, el privado y el estatal. Después de esos tres años de servicio social, ¿qué hará Melisa con su vida?

«El tema de trabajar para el sector no estatal durante el servicio social será muy complicado. Generará la disonancia de hacer lo que me gusta aunque te paguen muy mal — esto es en sector estatal — , y hacer algo que no te gusta en un lugar donde te pagan mejor. El salario en la hamburguesera no es la gran cosa, pero en un fin de semana hacemos el dinero equivalente al salario de un mes en el servicio social».

En la actualidad muchos negocios por cuenta propia prefieren contratar estudiantes universitarios: no se ven obligados a hacerles papeles que legalicen sus labores; les pagan en CUC en cantidades inferiores a las ganancias que generan, y tienen garantizada la calidad en los servicios por tratarse de un personal eficiente, educado, calificado y con bastante cultura general.

Casi al final de la conversación, enfatiza: «No estoy dispuesta a hacer algo que no me gusta el resto de mi vida, estaría todo el tiempo de mal humor.

Quiero vivir de mi profesión, lo que estudié. ¿Cómo lo haré? Ya buscaré. Al principio me dije que el trabajo en la hamburguesera sería temporal y ya llevo un año y seis meses, incluyendo dos de mis vacaciones de la universidad. El próximo verano ya estaré trabajando y creo que no aguantaré el ritmo — me dice y otra vez se ríe — estaría dormida todas las mañanas en mi nuevo centro laboral».

 

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