Sábado
08 de Agosto de 2020
Sociedad

Leer a Monique Wittig y dejarse llevar

Autor: Nueve Azul
Fecha: 14 de Julio de 2020

“Y sé que no nacimos mañana…”

A.R.

 

Este 2020 Monique Wittig cumpliría ochenta y cinco años. Su pensamiento multidimensional la convirtió en un punto de ruptura que evocó más de un silencio estupefacto y, por supuesto, muchos lectores — más o menos empáticos — de su legado político e ideológico.

Monique dijo en voz alta que “las lesbianas no son mujeres”. Monique levantó su voz para decir lo inesperado, apostando por la posibilidad de desplazar el pensamiento feminista hacia la concepción del género (o de lo femenino, si se quiere) como un constructo social en el que se encaja o no, de acuerdo a veredictos normativos heredados o construidos. Con este golpe la Wittig obligó a las feministas a hablar de deserción interna y desmitificó a la Mujer (“así, con mayúscula y en singular”). Siempre excéntrica en sus pronunciamientos, puso sobre la mesa asuntos que hoy, ochenta y cinco años después, persisten con similar fuerza. Lo que pasa es que aún no se ha logrado separar esa marca — la del género — del discurso cotidiano, en todas las escalas.

***

Hace más de una década se perciben las señales de una mentalidad transformadora que está innegablemente en un continuo proceso de cambio, y se precisa tener curiosidad por lo que se insinúa en los más pequeños detalles a nuestro alrededor. No una curiosidad ingenua. No es dejarse llevar. Dejarse llevar es un modo de vivir que olvida nuestra capacidad real de ser sorprendidos.

En medio de las señales podemos percibir el ascenso del interés por la cotidianidad de la gente, gracias al auge de las redes sociales y el aumento del uso del tiempo libre de naturaleza hedonista — el que dedicamos a la práctica del deporte, al cine, el juego… — . “Desconectar” es la palabra de orden, debido a la búsqueda de vías de escape que, la mayoría de las veces, están prestas en Internet, esperando por nuestro reclamo. Y hay una plaza pública donde podemos encontrar sin mucho esfuerzo lo que encaja perfectamente con nosotros, después de horas de trabajo y estrés. También pasa que en las redes sociales digitales nos sentimos más cómodos. En las redes podemos construir una imagen perfilada de nosotros mismos, quizás más acorde a lo que queremos ser, y ligeramente alejada de lo que somos nosotros mismos. Es más fácil encajar así. Este mundo tan convulso (dígase sin tapujos: el capitalismo cultural) nos hace sentir defectuosos.

¿Será que la idea del “nosotros mismos” es para nosotros mismos una imagen que ya se nos antoja demasiado intolerable? Es cierto que nadie está ciento por ciento conforme con la persona que es — ¡y qué bueno!, esa es una potencia para el cambio — , pero a diario observamos una pulsión por “editar” lo que somos que se muestra casi enfermiza.

Solo un ejemplo: hace un tiempo el nuevo filtro “Gender Swap” (Intercambio de Género) de FaceApp se hizo viral en Internet. Lo hicimos viral en Internet. FaceApp no tenía un historial intachable, claro está: una política de privacidad ambigua y desactualizada y miles de pronunciamientos negativos ante el “bleach my skin filter” (filtro para blanquear la piel), anterior a este de cambio de género. Las redes se inundaron de selfies de mujeres y hombres cuya curiosidad les condujo a aceptar los términos de uso de la app y hacer el cambio, con los más pintorescos resultados.

No sé si el fenómeno FaceApp termina en el procesamiento de la foto en sí o en la interminable ola de reacciones que tuvieron esos resultados. Los comentarios ante el FaceApp Challenge eran transgresores, valientes, osados. Si se pregunta a los que se encontraron cara a cara con su doble masculino o femenino, quizás las respuestas hablen de entretenimiento, de “pasar el tiempo” o, — nuevamente — de curiosidad. Cada uno tuvo sus quince minutos de fama en Internet. Tal vez menos. Cada uno se expuso con una (otra) máscara, y averiguó qué tal le iba con ella.

Hay que pensar en ello. Sobre todo, porque muchos de los que entraron en esta dinámica pudieron descubrir que FaceApp tiene claro que hay que ser típicamente hombre o mujer. Y digo “típicamente”: todos los resultados encajaban con el perfil típicamente deseable. Las versiones masculinas y femeninas ofrecidas por la aplicación eran simplemente opuestas, en tanto cumplían con los prerrequisitos básicos de los estereotipos de género. Huiré ahora de lugares comunes e insertaré un cuestionamiento en el que también hay que pensar: ¿qué significó el filtro “gender swap” para muchachos y muchachas trans?

En medio de un entorno en la que el “postureo” es una tendencia fortísima, las personas trans son un segmento preocupado significativamente por su apariencia física; sobre todo por su necesidad de corresponder con las demandas de una sociedad eminentemente cisgénero. O por disminuir los efectos de la disforia de género: la mayoría de los hombres y mujeres trans experimentan ese estado de conflicto entre su identidad de género y su apariencia física en algún momento de sus vidas.

Más de la mitad de los testimonios de Internet sobre este tema hablan del reforzamiento de la disforia y, por supuesto, los cuestionamientos sobre el proceso de transición de género. Muchas veces este proceso de transición puede resultar harto doloroso, y conlleva una fortaleza que siempre me ha parecido admirable en tanto reclama edificarse sólidamente desde el punto de vista psicológico. Súmese a ello que los cambios tienen su propio ritmo y que, aunque muchas personas trans se comprenden como tal antes de la adolescencia, a otras puede tomarles incluso décadas: sucede entonces cuando ya se ha acumulado suficiente experiencia de vida, suficiente para entender muchas señales que la disforia les ha ido dejando a lo largo de los años.

En este contexto, el ofrecimiento de obtener una imagen “con una calidad de portada de revista” se convierte también en un verdadero volcán para la disforia. La inteligencia artificial no tiene efectos predictivos ni de cómo nos veremos viejos — con el ya pasado de moda filtro “old” — ni de cómo puede resultar la transición FTM o MTF, según el caso.

Prestemos atención, porque no se trata solamente de aquellos que ya se identifican de un modo diferente a su sexo, bilógicamente hablando. También hay que mirar a todos los que aún nos hacemos preguntas sobre qué significa e implica ser mujer u hombre; incluso, si hay que pertenecer necesariamente a uno u otro género.

***

Por suerte, se trata de Internet. Y como todo en Internet, FaceApp también es efímero, sin ignorar que las trazas persisten en la red y estarán allí para siempre. Deja, sin embargo, el sabor agridulce que tiene el dejarse llevar. Quedará en el olvido por la falta de impulso transformador. Ojalá lleguemos a cuestionarnos si este “cambio” que accedimos a hacer con la aplicación móvil fue aceptado por nosotros — y por los demás — por la conciencia de su fugacidad. Sabemos que la información en Internet, antes de ser generada, ya posee fecha de caducidad a la vista pública. ¿Qué tal si lo que nos sucede, cada comportamiento “virtual”, cada palabra que empleamos en esas plataformas está condicionada por una presunción de un momento de gloria igualmente fugaz?

No es esta la única pregunta:

¿Hasta qué punto encontramos en Internet, una vez más, nuestro espacio para integrarnos a la conformación de un sujeto colectivo con el que probablemente no nos sintamos siempre identificados, pero que nos permite camuflarnos, porque poco importa quiénes somos en realidad? ¿Es precisamente nuestra condición de sujetos públicamente invisibles lo que nos lleva a difuminar juicios que a nivel individual serían densos, profundos y hasta intolerables?

La sustitución de nuestra individualidad es ya un hecho consumado que incluso llegamos a agradecer a los medios de comunicación, que nos ofrecen cada vez más herramientas, alternativas, aplicaciones, espacios para ofrecernos justamente como no somos. ¿Estaremos acostumbrándonos a una imagen tergiversada de nosotros mismos?

¿Es el cuerpo — la apariencia física — un prejuicio que puede condicionar el tipo de relación que establecemos con los demás? Pensemos en qué insultos o “piropos” recibió nuestro doble del género opuesto, y releamos a Monique Wittig en ocasión de su cumpleaños. Lo mejor de tener conciencia sobre nosotros mismos es que ello nos dota de la posibilidad para pensar y decidir por nosotros mismos. Y ahí lo dejo.

 

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