Domingo
22 de Septiembre de 2019
Universidad

Liderazgo. Seguir las ideas o las personas

Autor: Jorge Sariol
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 24 de Abril de 2015

Cuba ha sido cuna de grandes actores políticos: José Martí y Fidel Castro están entre los más descollantes porque además de dejar obras perdurables y una enorme hueste de apasionados seguidores, sus personalidades diferentes pero cautivadoras, sus diversos modos de actuación y sus distintos escenarios y épocas de vida —como puentes en el tiempo— llevaban y llevan similares propósitos.

Visionarios, ungidos por los misterios del acontecer o hijos de sus tiempos, simbolizan con más fuerza que otros la representación del conductor de pueblos.

Sin embargo, es esta una época discursiva de nociones como «empoderamientos», «participación ciudadana», «democracia participativa» o «construcción social». Es tiempo también de dudas de la pertinencia de arquetipos y adalides.

La época de cambio anda además estampada —o igual es consecuencia— por el desarrollo de las tecnologías de la informática y las comunicaciones, cuyo uso globaliza modelos de liderazgo, no solo en las redes sociales, sino en las nuevas relaciones de los medios de comunicación tradicionales. Los paladines son virtuales y sus ideas,  twits que llegan a ser incluso virales: convocan, en muchos casos, desde la extensión, no de la profundidad. Tal es el signo de la sociedad de la «información y el contenido».1

A pesar de no estar de moda héroes y titanes en la vida real, es curioso que en los comics al uso sigan floreciendo —y bien se mercadean—, superhombres como Spiderman.

«¡Menos líderes y más liderazgo!» demandan quienes han hallado una  de las interpretaciones a la disyuntiva.

En este sentido, en la Cuba del tercer quinquenio del siglo XXI no abundan los estudios sobre liderazgo. O están accesibles solo para iniciados. Con todo, y a pesar de que muchos paradigmas han cambiado, coinciden las mismas preguntas: ¿Quién es un líder, quién es un dirigente? ¿Nace el líder, se construye? ¿Es necesario que alguien asuma «lo que le toca», como guía?

El liderazgo, según sistematización teórica, es una dimensión de la diferenciación individual sobre la que se forma la estructura grupal, en conjunción con  las estructuras de poder y de comunicación. Los resultados de esta distinción hacen emerger a los líderes.

Y las definiciones llueven en las academias, tanto como académicos se interesan en el tema: líder carismático, tradicional o legítimo; emprendedor, liberal, proactivo o audaz; dictador, autocrático, democrático o paternalista; liberal, transaccional o transformacional; auténtico, lateral y hasta onomatopéyico. Igualmente abundan los planos cartesianos que intentan, en la lógica racionalista, interpretar la complejidad del tema.2

Aseguran buena parte de los sociólogos que los líderes, con capacidad de influir en un grupo para la consecución de metas, llegan a ejercer su influencia por conformidad o por compromiso. Y la vías más comunes son, paradójicamente, por mecanismos opuestos: lo conviccional y lo coactivo.

Lo conviccional consigue compromiso por control interno. Lo coactivo consigue conformidad por control externo. Cuando se sustenta en lo coactivo —la carencia de argumentos es el principal talante— más que una relación ideológica surge un vínculo contractual. Entonces aparecen frecuentemente alternativas, potencialmente más atractivas y generalmente opuestas.

Bajo estos acercamientos, un estudio sociológico sobre jóvenes dirigentes estudiantiles cubanos en julio de 1989, exponía datos curiosos acerca de las percepciones que tenía un grupo de universitarios sobre el guía ideal o real y sobre las cualidades de un líder. Por la época, según los requisitos reflejados en los reglamentos del proceso eleccionario, se exigía ser miembro de la organización, estar plenamente identificado con los principios de la Revolución Cubana, ser buen estudiante y estar dispuesto a cumplir las tareas que le fueran asignadas por la organización.

Sin embargo, un detalle resultaba revelador. A pesar de lo que estipulaba el reglamento, entre las características más valoradas por los entrevistados no estaba el deber de ser estudioso. Mientras, la condición de ser revolucionario aparecía entre las más altas.

¿A quién del aula acudirías —preguntaba la encuesta aplicada— en busca de elementos para tomar una posición? Las repuestas daban una señal confusa. No todos los dirigentes de brigadas eran percibidos como los de mayor capacidad «orientativa, organizativa y movilizativa», a pesar de haber sido elegidos por la misma aula en un proceso democrático.3

Por otra parte, en junio del 2001, una investigación daba cuenta de que, si bien los jóvenes universitarios se involucraron regularmente en las actividades políticas organizadas en sus universidades, su participación no fue sistémica y profunda como era de esperar, «por el contrario es más bien irregular y heterogénea pues si bien una mayoría participa de forma consciente, otra parte minoritaria, pero que no debe ser descartada, lo hace por formalidad, ante presiones de diversa índole tales como no afectar la integralidad, no perjudicar al grupo o por lo que puedan decir».4

Con este panorama descrito, varias interrogantes emergen. ¿Pueden accionar las «actividades políticas organizadas en universidades» sin la convocatorias de los líderes? ¿Puede un liderazgo tradicional-dictador-autocrático-paternalista-onomatopéyico, requerir una participación consciente?

La misma indagación asegura que, a comienzos del presente siglo en las principales organizaciones juveniles cubanas, la habitual centralización de la toma de decisiones asociadas a rígidos mecanismos de control con tendencia a la imposición, acrecentó el formalismo y generó expresiones de doble moral.

«En la práctica  —reafirma el estudio— ha primado una concepción de la participación que la considera como movilización de apoyo a objetivos estratégicos, definidos centralmente por decisores expertos (de la política y de diversos campos técnicos y disciplinares) y como forma de asegurar canales para la consulta sobre decisiones ya tomadas y minuciosamente concretadas en planes y programas de acción. La participación no es entendida como la intervención necesaria para la definición estratégica en sí misma y en la toma de decisiones como tal».5

Alma Mater, a modo de actualización y para saber de percepciones sobre líderes y liderazgo, fue en busca de estudiantes universitarios de hoy día, 6 al «surco donde deberían nacer las semillas de fuego». ¿Cómo ordenarías los rasgos de alguien a quien seguirías en tu brigada?, fue uno de los ítems expuestos en la pesquisa: las cualidades presentadas fueron: insobornable, honesto, comprensivo, democrático, bien informado, autocrítico, divertido, amistoso, respetuoso, atento a los intereses del aula, estudioso y revolucionario. 

Atento a los intereses del aula, obtuvo el primer lugar, en tanto por orden de importancia democrático aparece en el segundo, autocrítico como valor, el tercero y comprensivo es la cualidad en cuarto lugar.

El resto de las nociones se ubicaron, según la puntuación recibida, en el siguiente orden: bien informado, estudioso, respetuoso, honesto, ­insobornable, amistoso, divertido y revolucionario.

Honesto e insobornable ocuparon los puestos 8 y 9. Sorprendentemente revolucionario no aparece entre los tres primeros puestos. Nueve encuestados lo colocan en el décimo.

¿A quién del aula buscarías para comprender mejor una polémica ideológica?: 15 buscarían al jefe de brigada, 11 acudirán a un compañero de estudios, 5 llamarían a alguien de la UJC. Para solucionar un problema dentro del aula 30 irían a recabar la autoridad del Jefe de la brigada y dos recurrirían a un compañero de aula.

Pareciera, en un análisis preliminar, que los jóvenes, en la vida plena de un universitario, no quieren líderes, sino gerentes. Tal vez creen no necesitar vanguardia, en la posición de guías políticos revolucionarios, más que un representante-gestor en la brigada.

Tras este panorama, algunos investigadores sostienen —tal vez conscientes del riesgo—, que en la actualidad el «paradigma educativo que se abra paso no es el de la formación de valores —sin menoscabo alguno de su importancia—, sino el de formar posibilidades y habilidades para decidir. Así, en vez de imponer lo que se considera como bueno, de lo que se trata es de enseñar a las nuevas generaciones a pensar sin imponer, a decidir, a sentir, a creer y a que tomen las decisiones por sí mismas. Se trata de nuevo paradigma que considera como el de participación consciente, pues sólo aquello que hacemos por decisión propia es lo que realmente nos compromete».7

Alrededor de estos debates, un dilema cubano —por lo general dilema de todo ser humano— ha sido ir a la letra y no al espíritu de un ideario, sea este el que sea. Igual nos pasa con el martiano-fidelista; igual nos ocurrió con el manualismo marxista-leninista cuando debimos a las esencias del pensamiento de Marx y Lenin. Entre leer y captar, para llegar al conocimiento hay un trecho que solo se recorre al rebasar la información y el contenido.

Si los modos de funcionamiento hacen las reglas, el cambio de modelo de liderazgo probablemente también haya adquirido ciertos matices, —no precisamente positivos—, en los últimos años en los que algunos jóvenes cubanos se agenciaron, desde sus cargos, atribuciones más allá del verdadero destino de sus liderazgos; otros, en cambio, descansaron en la retórica doctrinal su supuesto poder aglutinador, sin conseguir un alto grado de convocatoria.

En medio de este fenómeno los estudiantes universitarios, generalmente más selectivos en sus paradigmas —y los cubanos como los que más—, conforman su cosmos ideológico con iconografías, discursos y consignas, a partir de personalidades de la cultura o las ciencias; con héroes históricos, ídolos del arte pop, de la nueva trova o rockeros.

Son nuevos tiempos ¿Serán necesarios los líderes? ¿Será necesario otro modelo de liderazgo?

Tal vez apremie reciclar un viejo axioma: seguir las ideas, no las personas.

 

 

Notas

1. «sociedad de la información y el conocimiento» es el enunciado, pero la avalancha de imágenes y twits, consumidos, muchas veces acríticamente, sustituyen el proceso de análisis y aprendizaje, por lo que no producen conocimiento, verdadero estatus del saber.

2. https://www.google.com.cu/search?q=tipo+de+liderazgo+grafico+cartesiano.

 3. Estudios sobre dirigentes estudiantiles, julio 1989. CESJ

4. Ídem anterior.(citando a Mayra Espina)

5. Ídem anterior.

6. Alma Mater encuestó 32 estudiantes de  4to año de economía.

7. La participación sociopolítica de los jóvenes en las universidades, el trabajo y las circunscripciones del poder popular en 1999-2009. Autores Msc Luis Gómez/Lic. Lisbet San Morales/Lic. Rafael Martínez. CESJ. (citando al Doctor en Ciencias Manuel Calviño).

 

 

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