Martes
12 de Noviembre de 2019
Sociedad

¿Llevar el cuño del barrio?

Proceder de una comunidad con alta vulnerabilidad social puede ser a veces una ventaja, sobre todo cuando alguien se involucra en un proyecto para rescatar a jóvenes sometidos a las consecuencias de esos ambientes. Así le ocurre al joven Lázaro Raydel Galano, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana e integrante del proyecto Escaramujo.

Autor: Lisandra Ronquillo Urgellés
Fotos: Cortesía del entrevistado
Fecha: 8 de Noviembre de 2019
Lázaro Raydel Galano, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana e integrante del proyecto Escaramujo. Lázaro Raydel Galano, estudiante de la Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana e integrante del proyecto Escaramujo. Foto cortesía del entrevistado

Lázaro creció en Párraga, un barrio como otro cualquiera del municipio habanero Arroyo Naranjo, en ese pedazo de ciudad que colinda al norte con el consejo popular de Callejas y al sur con la Güinera. Allí donde cada noche-madrugada confluyen, como en otras zonas vulnerables de la capital, la delincuencia, la droga y jóvenes que intercambian sexo por dinero. Allí mismo donde vive con su mamá y su abuela desde que nació un 17 de diciembre de 1997 y donde seguirá viviendo una vez que se gradúe de la universidad.

La primera de sus pasiones la aprendió del padre y los constantes viajes desde pequeño a los estadios deportivos. La otra llegó un poco después, para guiarlo incluso en sus estudios en el Instituto Universitario Pedagógico Enrique José Varona. «Siempre me gustó la historia y en el pre tuve un buen maestro que me motivó. Me gusta educar y enseñar a los estudiantes a que analicen y sean capaces de tener sus propios criterios».

En Párraga hay aproximadamente dos círculos infantiles, cuatro escuelas primarias, dos escuelas secundarias básicas y una escuela de conducta. A inicios de 2016 llegaron a la UPEJV los miembros más antiguos del proyecto Escaramujo para hablar sobre la metodología de la Educación Popular y los procesos educomunicativos, desde entonces Lázaro Raydel Galano lleva el arte de la pedagogía a espacios adolescentes marcados por la supervivencia en las calles y escenarios familiares complejos.

«Los estudiantes se identifican más y se sorprenden de vernos allí, sobre todo en mi caso, que vivo en un barrio igual que el de ellos. Lo primero que la mayoría pensamos al llegar a una Escuela de Formación Integral (EFI) es que encontrarás adolescentes violentos, con situaciones difíciles en lo familiar y en lo personal. Sin embargo, con nosotros nunca han sido agresivos, como adolescentes tienen características propias de su edad, son intranquilos, etc. Lo que sí  los afecta es la falta de una correcta orientación, y una mayor comprensión y preocupación por parte de sus familias que, en muchos casos, propicia que caigan en los centros de reeducación».

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Los horarios de una EFI suelen ser similares a los de un centro de enseñanza para becados. «Se levantan temprano, desayunan, los que tienen clases van a recibirlas y meriendan sobre las 10 de la mañana. Al mediodía corresponde el almuerzo y luego, los que no tienen clases, se quedan en el destacamento hasta la tarde. Ven el noticiero después de la comida y durante el día algunos están en tareas como la limpieza, la chapea o el apoyo en el comedor».

El hecho de pertenecer a un lugar u otro, marcado en mayor o menor medida por los estereotipos generados por las problemáticas sociales, no debería acuñar irresponsablemente determinadas características a sus habitantes. El haber estudiado en una escuela de conducta tampoco debería hacerlo.

Los jóvenes que se suman al proyecto Escaramujo buscan contribuir a sacar a los adolescentes de las EFI de sus universos marginales. Foto cortesía del entrevistado.

«Para algunos de ellos el haber estado en una EFI es algo meritorio, mientras para otros, que son la mayoría, los marca para siempre. A partir de ese momento son vistos como delincuentes; ocurre que después de su egreso casi siempre en los lugares en los que se insertan, o en sus barrios, los rechazan. Si bien las causas más comunes por las que ingresan en estos centros son el consumo de drogas, hechos delictivos con objetos punzantes, robos con fuerza, no siempre el entorno familiar determina las características del adolescente. Conocí a uno cuyos padres tenían buena posición, el papá era administrador de un buen mercado y su mamá ama de casa, pero él cayó allí, su barrio, sus amistades, influyeron más que su familia».

Lázaro participó en los talleres en la EFI de La Habana en 2016 y 2017, en ellos asumió los roles de coordinador o relator.

«Observamos generalmente su comportamiento en la escuela desde lo pedagógico, lo psicológico, lo comunicativo, la influencia del grupo, los roles de liderazgo, las características que ellos identifican de sus barrios, entre otros muchos aspectos. Todos seguían al líder del grupo, lo apoyaban y nosotros nos dábamos cuenta de que este adolescente era quien podía ayudarnos en los talleres para comprometer a los demás. A su vez hablamos con ellos temas como el barrio, la familia, la escuela, la sexualidad y la comunicación. Reconstruíamos, en conjunto, historias en las que ellos fueran capaces de determinar si lo que hacían era correcto, o no, a través de técnicas y de análisis de sus conductas».

Los talleres de Escaramujo buscan trasformar el imaginario social de los jóvenes a partir de la metodología de la educación popular. Foto cortesía del entrevistado

Desde sus inicios Escaramujo ha potenciado que su práctica quede registrada en investigaciones concretas que han servido para validar su experiencia de transformación social desde un punto de vista académico y han contribuido a que el proyecto forme parte, desde 2018, del Programa Nacional de Educación del CITMA.

Muchas veces las experiencias en las EFI tributan a proyectos de investigación para licenciaturas, maestrías y doctorados. Las muestras, en la mayoría de los casos, son escogidas al azar, pero siempre la escuela tiene interés en trabajar con algunos adolescentes en específico, para ayudarlos desde la pedagogía, la comunicación, la psicología y otras diferentes disciplinas desde donde se suman universitarios al proyecto.


Aunque muchos logran cambiar a partir de los talleres, confiesa Raydel, otros mantienen su conducta desajustada. «Conocí a un muchacho cuyo sueño era la música. Era bastante tranquilo, pero sus amigos tenían una mala conducta y asimiló ese comportamiento por la presión social.  Su familia siempre se preocupó por él y hoy agradece a Escaramujo el haber podido cumplir su sueño. A mí, en lo personal, el proyecto me dio la oportunidad de cambiar como persona, de conocer a los chicos, y de aumentar mi conocimiento. Lo que hacemos es una linda labor, pero la verdadera experiencia se adquiere en las EFI. En fin, lo llevo en mi corazón, porque yo también cumplí mi sueño gracias a Escaramujo.

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