Sábado
23 de Septiembre de 2017
Historia

A los 85 años del asesinato de Julio Antonio Mella

Autor: MLeida
Fotos: Archivo
Fecha: 8 de Enero de 2014
A los 85 años del asesinato de Julio Antonio Mella

Este 10 de enero del 2013 se cumplen 85 años del asesinato de Julio Antonio Mella en México.

El líder revolucionario fue ultimado a balazos por sicarios al servicio del dictador cubano Gerardo Machado el 10 de enero de 1929. Sus restos fueron incinerados en el Panteón Francés de la capital mexicana y despedidos horas después en acto realizado en el Anfiteatro Bolívar de la Escuela Nacional Preparatoria, anexa a la Universidad Autónoma de México. Sus cenizas fueron trasladas a Cuba el 29 de septiembre de 1933.

Mella se encontraba en el país azteca en compañía de su compañera Tina Modotti quien fuera testigo del vil asesinato.

Alma Mater honra su memoria y reproduce un artículo escrito por Tristan Marof publicado en agosto de 1929 en la revista fundada por el líder revolucionario y otro escrito por el propio Mella sobre José Martí.

 

Julio Antonio Mella

(Artículo publicado en Alma Mater en agosto de 1929)

 

Por Tristan Marof

Cuando llegué a México el año pasado, recuerdo que uno de los que vinieron a la estación a estrecharme la mano fue Julio Antonio Mella. Yo no conocía a Mella, pero lo sabía viril, luchador, dinámico. Me habían hablado de él con mucho calor en La Habana donde, estudiantes y obreros, no dejaban de pensar un solo minuto que Julio

Antonio Mella sería el salvador de la isla, como en otro tiempo fuera Martí.

En efecto, Julio Antonio Mella me dio la impresión de un líder nuevo, uno de esos hombres que empieza a nacer en nuestra América y saben ser sencillos y grandeza la vez. No había en él ninguna aparente reserva, ni se esforzaba por demostrar complejidades intelectuales.

Cuidaba con modestia excesiva e intachable todos sus conocimientos y experiencias. Sabía ser bueno y humano al mismo tiempo, cultivando un humorismo sano, sin fórmulas, dentro de la alegría y el optimismo de la vida.

No era meticuloso ni místico. Fuerte, hombruno, no sé por qué, me daba la impresión de un Euno. Apasionado y emotivo, tenía los destellos de un Ralmond Lefebre. Como él, murió joven, cuando las fuerzas del mundo reclamaban sus músculos y sus alas.

Nos dimos las manos con afecto; nos abrazamos fraternalmente y desde ese día, sin que hubiera un convenio tácito de intimidad, resolvimos tutearnos. Él me llamaba por mi nombre con un dejo másculo y yo pronunciaba el suyo, como si nuestra amistad partiera de años.

Luego volví a encontrar casi diariamente a Julio Antonio Mella en diferentes círculos obreros y estudiantiles. Era lo que yo me había imaginado: el hombre incansable, el agitador inteligente, el maestro de la teoría revolucionaria, el elucubrador de ideas cuando se trataba de resolver o de plantear un problema.

De ahí su fuerza y su ímpetu. De aquella cabeza erguida siempre, tenaz y ágil, surgían los pensamientos en tropel, se atropellaban a veces, y al salirse sus labios recobraban el ritmo y la armonía. Era Julio Antonio Mella uno de esos productos felices de las razas nórdicas de Europa en su abrazo amoroso con el trópico. Su madre irlandesa Mae Fharland le había comunicado esa suprema inquietud y esa tenacidad para la lucha, y su padre antillano brotaba en sus movimientos sutiles, en sus observaciones graciosas y en su cálido concepto de la vida.

Había que ver a Julio Antonio Mella para saber lo que era. Una llama siempre encendida y relampagueante. Hombre arrebatado por un torbellino de pensamientos brillantes que no guardaba para sí, sino que los distendía al público. Cultivaba un género de oratoria clara, precisa, elocuente y razonadora. Había suprimido por disciplina toda frase lírica que menguase el concepto y anulase su fuerza. Hablaba convencido, sin desgajar una sola idea que no estuviese respaldada por su honradez. Quería que a todas horas se le explicase al pueblo la suprema verdad.

Alguna vez lo felicité con entusiasmo y le dije:─ Muy bien Julio. El pueblo no necesita ya de oradores fúlgidos y de frases bellas. Está cansado de todo esto. Hasta ahora se ha distraído su hambre con «literatura revolucionaria». Yo creo como usted en lo que dice Lenin:

«Nada hay que haga más daño al pueblo que la mentira enmascarada o la verdad a medias».

Sabía Mella a dónde iba. Caudillo sin quererlo; más bien, antes que caudillo, líder revolucionario de la nueva generación cubana, su figura y su gesto significaban un desafío violento contra el pasado reaccionario y el presente cómplice. Lo debían emular los políticos de su tierra, vacíos y mediocres, oradores huecos y huérfanos de ideas.

A los veinticinco años, Julio Antonio Mella era el vértice del triángulo de la política de su país. Era más que eso. Su figura se delineaba en el Continente con contornos precisos y armoniosos. Era el verbo de batalla antimperialista, despiadado, rebelde e irreverente.

El gobierno de Cuba sabía perfectamente que, tarde o temprano, se le iría de las manos, el poder le temía, como se teme a un cometa de amplia y luminosa cauda. Desacreditados los políticos profesionales de Cuba: desacreditada la oposición caudillista; aplanado el ambiente general y, de un lado a otro de la isla era sumisión servil, el único que quedaba en pie, erguido como una promesa de triunfo, joven y adalid con todas sus armas era Julio Antonio Mella. Por eso el destino decretó su muerte.    

Julio Antonio Mella ha caído como tienen que caer los revolucionarios de esta América cándida y torpe. Pero niños aterrorizamos por ello ni  nos detenemos en el camino. Piadosamente ocultamos una sonrisa. La tierra de América es grande y por cada Mella caído surgirán cientos.

 

Un libro que debe escribirse*

 

Por Julio Antonio Mella

Hace mucho tiempo que llevo en el pensamiento un libro sobre José Martí, libro que anhelaría poner en letras de imprenta. Puedo decir que ya está ese libro en mi memoria. Tanto lo he pensado, tanto lo he amado, que me parece un viejo libro leído en la adolescencia. Dos cosas han impedido realizar el ensueño. Primero: la falta de tiempo para las cosas del pensamiento. Se vive una época que hace considerar todo el tiempo corto para HACER. Todos los días parece que mañana será el día... el día ansiado de las transformaciones sociales. Segunda razón: tengo temores de no hacer lo que la memoria del Apóstol y la necesidad imponen. Bien lejos de todo patriotismo, cuando hablo de José Martí, siento la misma emoción, el mismo temor, que se siente ante las cosas sobrenaturales. Bien lejos de todo patriotismo, digo, porque es la misma emoción que siento ante otras grandes figuras de otros pueblos.

Pero, de todas maneras, ese libro se hará. Es una necesidad, no ya un deber para con la época. Lo hará esta pluma en una prisión, sobre el puente de un barco, en el vagón de tercera de un ferrocarril o en la cama de un hospital, convaleciente de cualquier enfermedad. Son los momentos de descanso que más incitan a trabajar con el pensamiento.

U otro hará el libro, cualquiera de mis compañeros, hermanos en ideales, más hecho para el estudio que para la acción. Pero, hay que afirmarlo definitivamente, el libro se hará... Es necesario que se haga.

Es imprescindible que una voz de la nueva generación, libre de prejuicios y compenetrada con la clase revolucionaria de hoy, escriba ese libro. Es necesario dar un alto, y, si no quieren obedecer, un bofetón, a tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita... que escribe o habla sobre José Martí.

Ora es el político crapuloso y tirano—crapuloso con los fuertes, tirano con el pueblo— quien habla de Martí. Ora es el literato barato, el orador de piedras falsas y cascabeles de circo, el que utiliza a José Martí para llenar simultáneamente el estómago de su vanidad y el de su cuerpo. Ora es, también, el «iberoamericanista», el propagandista de la resurrección de la vieja dominación española, el agente intelectual de los que buscan nuevamente los mercados de la India, el que acomete la obra de «descubrirnos» a José Martí.

Ya da náuseas tanto asco intelectual. ¡Basta!

Martí —su obra— necesita un crítico serio, desvinculado de los intereses de la burguesía cubana, ya retardataria, que diga el valor de su obra revolucionaria considerándola en el momento histórico en que actuó. Mas hay que decirlo, no con el fetichismo de quien gusta adorar el pasado estérilmente, sino de quien sabe apreciar los hechos históricos y su importancia para el porvenir, es decir, para hoy.

Hay dos tendencias para aquilatarlos acontecimientos históricos. Una, que Blasco Ibáñez noveliza en «Los muertos mandan», la de aquellos que sienten sobre sí el peso de todas las generaciones pasadas. Para estos, el acontecimiento de ayer, es el acontecimiento supremo. Son los que en política aman, como única panacea, la Revolución Francesa del 89. Las tumbas de las generaciones pasadas pesan sobre sus espaldas como el cadáver del equilibrista sobre las de Zaratustra. Estos son los conservadores, los patriotas oficiales, los reaccionarios, los estériles emuladores de la mujer de Lot.  Hay otra tendencia. Es fantástica y ridícula. Gusta de militar en las extremas izquierdas de las izquierdas revolucionarias. Estos pedazos de lava ambulantes no nacieron de madre alguna. Ellos son toda la historia. Su acción —que rara vez sobresale de su cuarto de soñar—es la definitiva. Estos ignoran, o pretenden ignorar, todo el pasado. No hay valores de ayer. Son los disolventes, los inútiles, los egoístas, los antisociales.

Hay una tercera forma de interpretación histórica. Debe ser la cierta. Lo es, sin duda alguna. Consiste, en el caso de Martí y de la Revolución, tomados únicamente como ejemplos, en ver el interés económico social que «creó»al Apóstol, sus poemas de rebeldía, su acción continental y revolucionaria; estudiar el juego fatal de las fuerzas históricas; el rompimiento de un antiguo equilibrio de fuerzas sociales; desentrañar el misterio del programa ultrademocrático del Partido Revolucionario; el milagro —así parece hoy— de la cooperación estrecha entre el elemento proletario de los talleres de la Florida y la burguesía nacional; la razón de la existencia de anarquistas y socialistas en las filas del Partido Revolucionario. etc. etc.

Aquí no estaría terminada la obra. Habría que ver los antagonismos recientes de las fuerzas sociales de ayer. La lucha de clases de hoy. El fracaso del programa del Partido Revolucionario y del Manifiesto de

Montecristi, en la Cuba republicana; que «vuelve» —al decir de Varona, y todos lo vemos— «con firme empuje hasta la colonia».El estudio debe terminar con un análisis de los principios generales revolucionarios de Martí, a la luz de los hechos de hoy. Él, orgánicamente revolucionario, fue siempre el intérprete de una necesidad social de transformación en un momento dado. Hoy, igualmente revolucionario, habría sido, quizás, el intérprete de la necesidad social del momento.

¿Cuál es esta necesidad social?

Preguntas tontas no se contestan, a menos de hacernos tontos. Martí

comprendió bien el papel de la República cuando dijo a uno de sus camaradas de lucha —Baliño— que era entonces socialista y que murió militando magníficamente en el Partido Comunista: «¿La Revolución? La Revolución no es la que vamos a iniciar en las maniguas, sino la que vamos a desarrollar en la República».

 

*(Fragmentos de «Glosas al pensamiento de José Martí»)

 

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