Domingo
22 de Septiembre de 2019
Opinión

¿Lozana desmemoria?

Autor: Roberto Alfonso Lara
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 22 de Julio de 2015
Ilustración de Yaimel

Preocupa. Y hasta resulta lógico que así sea. ¿Podrán los jóvenes echar «palante» la Revolución? La pregunta asoma en cualquier espacio donde se debata el futuro de Cuba, ahora cuando la vida comienza a establecer sus límites a la llamada generación histórica, aquellos muchachos del 59, todos barbudos e impetuosos, quienes, ¡por fin!, consumaron el sueño de la independencia,  tras una búsqueda dilatada por casi un siglo.

Sin embargo, no deja de ser paradójico tal «escepticismo», de considerar el sinnúmero de veces en que repetimos, cual si fuera una consigna, el compromiso de los míos con el proyecto socialista y, por ende, la garantía de continuidad. ¿Acaso carece de fe cuanto decimos?

En boca de varios intelectuales, el argumento juega el papel de una bofetada. Nos acusan de no tener memoria, desconocer el pasado y cuestionar con exageración el presente. Llegado a este punto, debo insistir en mi desacuerdo con semejante idea, tan hiperbólica como supuestamente devienen nuestros criterios sobre la realidad actual.

Las circunstancias de los jóvenes cubanos hoy día difieren del contexto vivido por mis padres, abuelos, parientes lejanos… Pretender otra cosa constituye un contrasentido, va en dirección opuesta al razonamiento natural. Digámoslo en términos de moda: aun cuando reciclemos la forma de vestir de antaño —pantalones tubitos, camisas apretadas, topes y minifaldas— nunca será exactamente igual. Ni siquiera en su identificación nominal. Quizás la  nuestra supere un «tin» lo provocativo.

Visto el fenómeno de ese modo, nos toca analizar las experiencias que a diario nos tropezamos en la guagua, en la escuela, en el trabajo o en una discoteca. Nuestro verbo no puede ser atemporal. Incluso, aunque quisiera, tampoco tiene el don para montarse en una máquina del tiempo e imponer por la fuerza el pretérito. Defendemos las horas correspondidas. Hablamos por ellas.

Claro, apostar por la coherencia en el discurso de la juventud no significa dar pie al olvido. Menos, sepultar una historia de mortífera dependencia, de indios y esclavos azotados, de pobres y ricos envueltos en la lucha, de gente analfabeta y enferma, de «chamacos» asesinados a plena luz. Colonialismo y neocolonialismo bárbaros. El último traído de la mano por generales de la contienda mambisa, en un divorcio irracional  con su propia memoria.

Primero se impone la conciencia, la lucidez para discernir. De pensar diferente, ¿cómo juzgaríamos a los muchachos que fundaron la Revolución? ¿Nos atreveríamos a culparlos por desmemoriados? ¿Cuestionaríamos su valor porque jamás tomaron un machete? ¿O reconoceríamos en la obra hecha una actuación consecuente, a la altura del paupérrimo país donde corrían sus destinos? Recordemos, pero hagámoslo bien, con el justo mérito para los jóvenes de cualquier época.

Algunas discusiones al respecto terminan por aludir a una condición ajena a nuestra voluntad. «Ellos crecieron durante el Periodo Especial. Solo esa Revolución conocen». Tristemente es cierto. Duele más cuando se percibe como una cualidad defectuosa, un mal que nos impide opinar de manera objetiva, pese a advertir el protagonismo de las nuevas generaciones en cada «batalla» aparecida en el camino.

Pocos deparan en la posibilidad de un vínculo intimista, empático…, como si nos fuera vedado apreciar las luces —educación y salud gratuitas, desarrollo masivo del deporte y la cultura—  para nosotros encendidas, en medio de una situación de extrema crisis económica (la cual sufrimos) y a riesgo de la autodestrucción. De hacerlo, no tendríamos de qué preocuparnos. Ni pondríamos al joven en la paranoica posición de polemizar sobre su lealtad al socialismo, un aspaviento inspirado en la desconfianza.

Las tachaduras andan lejos de simular saludables. Prefiero cierta desmemoria antes que deponer la ambición de una Cuba mejor y distinta. Aún no es mi tiempo el de los descerebrados e insensibles. Conciencia me sobra para decirlo.

 

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