Viernes
10 de Julio de 2020
Cultura

Lucila Godoy o Gabriela Mistral

Autor: Miriam Ancízar Alpízar
Fotos: Archivo
Fecha: 25 de Mayo de 2015
Gabriela Mistral

Sus temas predilectos fueron la maternidad, el amor, la comunión con la naturaleza americana, y la muerte, siempre la muerte como destino. Tuvo una niñez difícil en Vicuña, uno de los parajes más desolados de Chile. La madre la parió a los 44 años, el padre las abandonó cuando ella solo contaba tres. Aun así amaba la vida que le fue tan adversa.

Esta mujer enorme no pudo dar hijos al mundo, pero daba versos, que es lo mismo. Fue maestra, y esto la hizo feliz. Para los pequeños escribió estrofas hermosas que nadie olvida, ¿Quién no ha cantado estos?: «Dame la mano  y danzaremos, dame la mano y me amarás, como una sola flor seremos, como una flor y nada más…».

«Yo me crié en Monte Grande, el penúltimo pueblo de Valle de Elqui. Una montaña al frente,  otra a la espalda, y el valle estrechísimo y prodigioso entre ellas: El río, treinta casitas y viñas. De tres a once años viví en Monte Grande, y en ese tiempo y el de la maestra rural en la Cantera me hicieron el alma».

La vida le da golpes fuertes. De niña fue prácticamente lapidada por sus compañeros de escuela, a causa de unos papeles perdidos. A los quince años se enamora de un hombre rico, pero no es correspondida. Era colaboradora en el diario del pueblo, así pues, además de sus cartas, aprovechaba el espacio para publicar cálidos poemas a su amor.

La mujer se convierte en tema de su prosa y también de su rima, ella, como muchas, no destacaba por su belleza, tal vez sus ojos verdes… demasiada estatura y un cuerpo desproporcionado no eran mucho, ya no creía tener un lugar entre los hombres, era una solitaria y un ser humano especial.

Su madre fue todo para ella, así le hablaba, antes y después de su muerte: «Madre, en el fondo de tu vientre, se hicieron en silencio, mis ojos, mi boca, mis manos. Con tu sangre más rica regabas como el agua las papillas del Jacinto escondidas bajo tierra. Mis sentidos son tuyos y con este como préstamo de tu carne ando por el mundo. Alabada seas por todo el esplendor de la tierra que entra en mí y se enreda en mi corazón…».

¡Tenía mucho que decirle a la que tanto le dijo!: «En esas canciones tú me nombrabas las cosas de la tierra, los cerros, los frutos, los pueblos. Las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo, como para enumerarle los seres de la familia ¡tan extraña! en la que la habían puesto a existir…».

«Yo era una niña triste, madre, una niña huraña como son los grillos oscuros en el día, como el lagarto verde, bebedor del sol. Y tú sufrías que tu niña no jugara como las otras, y solías decir que tenía fiebre cuando en la viña de la casa la encontrabas conversando con  las cepas retorcidas y con el almendro esbelto y fino que parecía un niño embelesado…».

Así, con pocas líneas pero muchísimo amor, rendimos tributo a dos madres diferentes, una que no alumbró… quién sabe por qué, Gabriela Mistral, la otra, quien le dio carne y alma.

 

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