Jueves
06 de Agosto de 2020
Deporte

Más allá de un juego: El pelotero cubano que fue felicitado por Martí

Con este texto estrenamos la sección Más allá de un juego. Cada viernes Yasel Porto compartirá historias desconocidas de “la pelota” cubana.

Autor: Yasel Porto
Fotos: Ilustración de Reynerio Tamayo
Fecha: 22 de Mayo de 2020

José Martí y el béisbol representan dos de las identidades socio-culturales más importantes de Cuba, las cuales llegaron a entrelazarse más de lo que se pudiera imaginar. Aunque coincidieron cuando ambos se convertían insospechadamente en componentes inseparables del alma de nuestra nación, solo se conoce un vínculo directo del Apóstol con la pelota cubana cuyo colofón fue un emotivo momento con una de las grandes personalidades de nuestra historia beisbolera.

Quizás el nombre de Agustín «Tinti» Molina sea ignorado por muchos en la actualidad. El tiempo y el olvido del pasado más lejano han contribuido a que se desconozca la historia del único pelotero reconocido personalmente por el Héroe Nacional de Cuba. Pero más allá de eso, «Tinti» tuvo una contribución social, deportiva y hasta política tan notable que -por esas y otras razones- aquel encuentro casual con Martí pudo ser en verdad algo marcado por el destino debido a lo que acontecería después en lo individual y en sentido general.

Desde el inicio de la Guerra de los Diez Años (1868–1878) muchos cubanos emigraron al sur de la Florida, especialmente a lugares como Key West (Cayo Hueso), una pequeña ínsula marcada por la producción tabacalera y por ser el punto más sureño de Estados Unidos y, por ende, el más cercano a nuestro país. Allí el béisbol fue una de las actividades recreativas favoritas de sus exiliados tal y como sucedía en Cuba desde finales de los años setenta.

En la navidad de 1891 se produjo la primera visita de Martí al Cayo, que fue uno de los sitios más conectados con él por el amplio respaldo que recibió en las múltiples ocasiones que allí estuvo con fines políticos. En ese lugar se dieron hechos bien notables como la fundación del Partido Revolucionario Cubano solo tres meses después de su arribo, además de su famoso discurso en el Teatro de San Carlos, entre otros sucesos.

Pero fuera de los encuentros más y menos públicos para dar a conocer su plan de cara a la futura guerra de independencia, Martí fue invitado a algunos eventos festivos entre los que figuró un juego de béisbol entre un equipo cubano y otro norteamericano.

El juego en homenaje al Apóstol fue celebrado un domingo, como era costumbre, sin una fecha definida dentro del primer trimestre de 1892. La definición del encuentro se produjo con un enorme jonrón que terminó en el mar protagonizado por un joven hijo de cubanos nacido en Cayo Hueso en 1873. Su nombre era Agustín Molina, aunque todos lo conocían y conocerían eternamente por el sobrenombre de «Tinti».

Según contó el autor del batazo en cada entrevista que dio, Martí decidió conocerlo cuando aún festejaba sobre la grama con el resto de su equipo llamado Cuba. El distinguido visitante no solo tuvo palabras de elogio para «Tinti», sino que consideró que aquel triunfo era muy buen presagio de cara a la lucha que se preparaba junto a la contribución que podía tener ese juego en la conformación de la nueva identidad de Cuba.

En ambos casos la visión del más universal de todos los cubanos fue bien certera, como mismo pasó en múltiples aspectos de la vida en los que su pensamiento premonitorio tuvo su fiel cumplimiento. La pelota ayudaría con muchos recursos económicos y humanos a la Guerra del 95, mientras que fue enraizándose cada vez con más fuerza dentro del corazón de la isla caribeña y la mayor parte de su gente hasta convertirse en uno de sus fenómenos identitarios más importantes.

Pero, volviendo a «Tinti», éste se convirtió en uno de los mejores receptores en los campeonatos cubanos en los que jugó entre 1894 y 1909. Su fama deportiva se acentuó aún más por su gestión como manager y empresario en las tres primeras décadas del siglo XX que, unido a otras acciones socio-deportivas, lo llevaron a ser uno los primeros exaltados al Salón de la Fama del Béisbol Cubano (1942).

Fue junto a Abel Linares el gran motor de la participación de equipos cubanos (All Cubans y Cuban Stars) en los torneos para mestizos y negros en Estados Unidos (Ligas Negras) desde el mismo comienzo de centuria. Pero también fue vital en la presencia de afro-americanos dentro de Cuba, resaltando sobre todo aquellos míticos Leopardos de Santa Clara de 1923–24. Bajo su mando aquel equipo materializó la temporada más memorable que tuvo cualquier club en la extinta liga profesional.

Al margen de resultados netamente deportivos, «Tinti» ayudó a muchos jugadores más allá del terreno, tanto monetariamente como en su adaptación social a entornos foráneos, aspecto que junto a sus virtudes como manager lo hizo acreedor de una estima muy elevada. Estos valores fueron enseñanzas aprendidas de Martí, que según sus propias palabras fue «su mayor estandarte como ser humano» y no solo por el hecho en sí de aquella felicitación de la que vivió orgulloso hasta su muerte en La Habana en 1961.

Pero el Apóstol fue igualmente esencial en la formación patriótica de Molina, uno de los nacidos en Cayo Hueso con más actividad antes y durante la Guerra del 95. Primero estuvo su participación en la mayoría de los torneos del cayo para recaudar fondos para la gesta emancipadora, y más tarde cuando «Tinti» viajó a Cuba para servir de mensajero. Con el fin de no ser descubierto por las autoridades españolas, su talento como pelotero le sirvió para ser contratado por el club Matanzas y jugar en la principal liga cubana en 1894–95. Como se jugaba solo los fines de semana Molina pudo llevar las dos cosas sin afectación hasta que retornó a la península floridana para volver definitivamente a la Isla poco después dentro de la expedición del General Emilio Núñez.

Éste fue solo uno de tantos ejemplos de peloteros que se vincularon con el proceso independentista, algunos incluso pelearon y hasta murieron en la manigua, además del no menos significativo fenómeno de los juegos con el propósito de recaudar dinero para la causa, impulsados probablemente por aquellas palabras de Martí en medio de su encuentro con «Tinti» Molina.

De José Martí existen otros puntos de contacto con el béisbol más allá del ámbito cubano, especialmente en Nueva York, aunque hay otros lazos con nuestra pelota pero de una manera menos directa al relacionar a figuras políticas como su acompañante del referido juego: José Dolores Poyo. Él fue uno de sus grandes amigos y contribuyentes, como José Gonzalo Pompez, fundadores ambos del Partido Revolucionario y que por determinadas razones conectaron a Martí con el béisbol de una manera diferente al relato de hoy.

Pero sobre eso volveremos pronto, pues como otras historias individuales y colectivas llenas de magia y atractivo que se salen del juego en sí, reafirman por qué la pelota forma parte del alma de la nación cubana, con un pasado que pesa y pesará mucho más que su presente.

 

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