Lunes
03 de Agosto de 2020
Deporte

Más allá de un juego: ¿Qué pasó entre Maceo y la pelota?

Autor: Yasel Porto
Fotos: Ilustración de R. Lumpuy
Fecha: 12 de Junio de 2020
Más allá de un juego:  ¿Qué pasó entre Maceo y la pelota?

Aunque muchos se sorprenden hoy cuando hablamos de nexos entre el béisbol y grandes figuras de la vida sociopolítica de la Cuba decimonónica, tal situación fue más habitual que casuística. Todo parte del protagonismo creciente de una actividad que no tardó mucho en convertirse en un componente esencial en la conformación de un país independiente, y luego en su desarrollo como República. Por ello, como mismo pasó con Martí, también existieron conexiones con otro de los íconos del movimiento separatista cubano como lo fue Antonio Maceo y Grajales.

El aniversario 175 del natalicio del conocido «Titán de Bronce» este 14 de junio nos incentivó a compartir con ustedes sus tres lazos con la pelota cubana, menos difundidos, pero muy interesantes.

El primero y más directo de todos los puntos de conexión

Maceo radicó fuera de Cuba después de terminada la Guerra de los Diez Años y el establecimiento inclusivo del Pacto del Zanjón en 1878, a la espera de un nuevo impulso que lo regresara a su Patria para retomar la lucha armada. Fueron muchos años sin volver hasta que en 1890 lo hizo con aprobación del gobierno español en una estancia que se prolongó por seis meses.

Su alojamiento fundamental fue el Hotel Inglaterra en el mismo corazón de La Habana, en cuya esquina de San Rafael y el Paseo del Prado existía desde hacía mucho un sitio de encuentro con el nombre de Café Louvre. Allí se reunía un grupo numeroso bautizado como Jóvenes de la Acera del Louvre, quienes procedían de familias de la clase alta y media alta de aquella sociedad habanera y colonial.

Estos amigos compartían casi a diario en un ambiente matizado por el humor, aunque al margen de choteos, bromas y chistes, la pelota y el sentimiento independentista era un elemento común. El grupo contaba con el liderazgo de jóvenes que se destacaban en la práctica de la actividad deportiva predilecta del momento: el béisbol. Tal era el caso de Alfredo Arango, Eduardo Machado y Ramón Hernández, pero sobre todo de Carlitos Maciá.

Sentados Ramón Hernández y Bernardo Soto, detrás Alfredo Arango y Carlos Maciá.
Foto tomada de lajiribilla.cu/

Maciá era la estrella del club Almendares. Su excelencia como lanzador y bateador junto a su carisma (referido por la prensa de la época como extraordinario) lo convirtió en una de las figuras más respetadas y admiradas de La Habana. Por eso y por sus dotes humorísticas no hubo en la Acera del Louvre una voz que se escuchara más y mejor que la de él.

Carlos Maciá. Foto tomada de lajiribilla.cu/

Como antes había hecho José Martí tras volver de su exilio (1879), Maceo también estuvo en ese espacio tan famoso donde se mezclaban muchos sentimientos y temas en el mejor ambiente posible. El nacido en Santiago de Cuba —referente independista de mulatos y negros— fue recibido con respeto sublime desde el principio y hasta un final que tardaría en llegar por la cantidad de veces que compartió con los jóvenes.

Se interesó por la amplia gama de temas allí tocados, riéndose con sus bromas ocurrentes, pero también aconsejándoles en cuestiones mucho más serias y trasmitiendo sus experiencias de lucha. También quiso saber de la vida de sus colegas de tertulia, no solo de palabras sino acompañándolos a ciertas actividades donde los muchachos llegaron a ser parte de su guardia de honor. Entonces fue ahí donde hizo acto de presencia el béisbol, que desde los años ochenta del siglo XIX había alcanzado un nivel de popularidad tal que eran pocos los habaneros de la media y alta sociedad para quienes este deporte y sus practicantes más avezados se escapara de su seguimiento y admiración.

 Tiempo después de terminada la Guerra en una entrevista concedida por Alfredo Arango al Diario de La Marina, éste detalló algunos momentos vinculados a los Jóvenes de la Acera del Louvre con el General Antonio, incluyendo cuando lo acompañaron por primera vez al Almendares Park para que conociera personalmente el béisbol. Hay que decir que este estadio era el más importante de Cuba porque allí se desarrollaban los principales juegos y torneos donde, por cierto, aún participaban muchos de los nuevos amigos de Maceo.

Sin precisar la fecha del suceso ni tampoco el tipo de evento, solo se resaltó la grata impresión que se llevó el notable estratega militar. Y realmente no es de dudar a partir del ambiente festivo que se apoderaba por lo general de aquel terreno, con un sello muy propio en comparación a como fue después de la Guerra. No por mejor o lo contrario, sino por la manera tan particular de honrar a los héroes del juego y de disfrutar del espectáculo deportivo durante y después del mismo. Eso lo vivió ese día Maceo según dijo Arango, y no es de dudar que fuera testigo de otros duelos en el mismo recinto durante su medio año de presencia en la capital cubana.

Un «Titán» combatiendo junto a dos «inmortales»

Antonio Maceo. Foto tomada de nacionyemigracion.cu/

Entre 1895 y 1896 Antonio Maceo tuvo en sus filas a múltiples hombres que por su valor merecieron reconocimientos militares. Y aunque fueron muchos los expeloteros que combatieron y hasta dieron su vida bajo las órdenes del líder insurreccional, ninguno de los que jugó béisbol organizado recibió una condecoración mayor de manos del Lugarteniente General como el cubano-americano Ricardo Cabaleiro Cicero.

Contrario a lo que ha pasado por lo general a lo largo de la historia, Cabaleiro viajó en 1878 con sus padres a La Habana proveniente de la sureña ciudad de New Orleans, Estados Unidos, años después de terminada la Guerra de Secesión. Nació el 7 de febrero de 1861 y como la mayoría de los residentes en el estado de Lousiana sus padres eran originarios de Francia.

Su talento para el béisbol fue tomando fuerza desde finales de los años ochenta y ya comenzada la siguiente década era considerado uno de los bateadores más temibles en cada uno de los niveles. En uno de ellos, el torneo de segundo premio, escribió su hazaña más notable al convertirse en el primer bateador que en un juego oficial conectó tres jonrones. En ese partido celebrado el 26 de febrero de 1892 en el barrio El Pilar (Cerro) entre su equipo Columbia y el Océano, Cabaleiro bateó de 8-6 con 17 carreras producidas. Además, participó en la liga principal (primer premio) entre 1890 y 1895 con Habana, Almendares y Matanzas y fue uno de los escasos bateadores que se apuntó cuadrangular, que además lograba año tras año.

Y como tantos peloteros de su generación, el joven de sangre francesa y con Cuba como país de adopción, se unió a las filas mambisas casi desde el mismo comienzo de la Guerra del 95. En realidad no ha trascendido si tuvo en el béisbol uno de los temas de conversación frecuente en los tiempos de descanso dentro del conflicto bélico, como sí sucedió con Carlos Maciá que hasta enseñó la práctica del juego a muchos en la manigua.

Lo que sí se conoce es su participación junto a Maceo después de incorporarse a la Invasión a Occidente cuando combatía en el Regimiento de Las Villas. El 31 de enero de 1896 el «Titán de Bronce» lo nombró teniente cuando estaban en Guane aunque llegaría hasta capitán cuando recibió la orden en junio de 1897. En septiembre de ese año fue muerto en el Toro, perteneciente al pinareño municipio de Los Palacios donde mismo recibió sepultura.

Mucho tiempo después volvería a sonar su nombre. En 1946 sus méritos deportivos y patrióticos lo llevaron a alcanzar la categoría de «inmortal del béisbol» al ser elegido al Salón de la Fama del béisbol cubano.

Ilustración tomada de cubasi.cu/

El otro incluido en esta categoría y está documentado que participó con Maceo en su paso hacia Occidente fue Ricardo Martínez, el estelar bateador del Almendares y protagonista de la historia ya contada antes sobre su presencia en la Guerrita de Agosto de 1906 y la muerte cruel a la que fue sometido por ser lanzado a una jauría de perros por parte del ejército.

Así es que como antes pasó en el terreno de juego, Cabaleiro y Ricardo también estuvieron juntos en el campo de batalla bajo las órdenes de alguien que quizá un día los haya visto en acción como peloteros sin sospechar en su momento que años después esos mismos que luchaban por un ideal socio-deportivo lo harían por uno más importante como lo es la Patria.

Aunque no sería de dudar por varias razones objetivas, hasta hoy no se ha confirmado si en su presencia en la Guerra del 95 también pelearon con Maceo aquellos peloteros estelares de La Acera del Louvre como Maciá, Machado, Ramón Hernández o Arango, esos jóvenes responsables de enseñar la pelota y su importancia a nuestro Titán de Bronce.

Maceo y su esposa en el béisbol de la posguerra

Después de terminada la Guerra en 1898 se reanudaron muchas actividades sociales dentro de la Isla, las que gracias a la lucha independentista comenzaron a contar con una presencia protagónica de los mestizos y negros.

Si bien el racismo no se frenó ni siquiera en un 50 por ciento, al menos hubo más asimilación para compartir con los blancos en determinados aspectos entre los que estaba el béisbol. Hasta 1898 los negros solo jugaban torneos independientes poco organizados y dentro de clubes totalmente homogéneos. Esto fue cambiando sobre todo dentro de la pelota profesional e incluso los discriminados en el pasado hasta llegaron a tener superioridad cualitativa y cuantitativa.

Desde 1898 fueron fundados múltiples clubes y sociedades a lo largo y ancho de toda la isla, con el nombre de patriotas insignes ya fallecidos en un gran número de casos.

En Santiago de Cuba se constituyó el club deportivo Maceo con mulatos y negros básicamente. Y no solo rindieron tributo al Lugarteniente General de esa manera, sino también con el nombramiento de su viuda María Cabrales como Presidenta de Honor. Los resultados en el terreno de juego de este equipo no trascendieron, aunque en realidad no existía aún un real nivel organizativo en la ciudad natal del General Antonio. De hecho, casi todos los campeonatos que se realizaron fuera de La Habana en el siglo XIX han quedado borrados prácticamente en su totalidad con el paso del tiempo.

Más allá de Maceo

Pero más allá de los dos mayores íconos de la Independencia de Cuba como lo fueron Martí y Maceo, el béisbol se relacionó con muchos de aquellos héroes que protagonizaron parte de la lucha por nuestra soberanía. Muchos de esos lazos no solo radicaron en expeloteros combatiendo al lado de generales de altísimo valor. Los ejemplos fueron múltiples y variados, y en esa diversidad acontecieron sucesos netamente deportivos que al conocerse nos llenan de sorpresa, pero sobre todo de admiración.

Ilustración tomada de lajiribilla.cu/

Es evidente que en Alma Mater también llegará el momento de compartir esas otras historias que además de los sentimientos descritos anteriormente nos servirán para convencernos una vez más por qué en Cuba el béisbol ha sido desde siempre, mucho más que un juego.

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