Sábado
24 de Agosto de 2019
Opinión

Medallas, las nuestras

Autor: Lilibeth Alfonso
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 16 de Enero de 2019
Medallas, las nuestras. Revolución cubana.  Ilustración de Yaimel

Mi abuela es Combatiente de la Revolución Cubana, aunque casi nunca hable de ello. Mi abuela es un diamante que se talló en silencio, que cuando tuvo que hacer hizo y cuando tuvo que trabajar, también.

Dice mi papá que se pudo haber ido para La Habana. Un compañero de armas se lo propuso en el momento del Triunfo, pero quiso quedarse en Yateras: viendo crecer a mi papá entre el bohío y el café; atendiendo la finca de su tía, que era como su mamá porque la de sangre tuvo tantos hijos que los regaló casi todos a la parentela; y cocinando en un Init, que según Google quiere decir Instituto Nacional de la Industria Turística, aunque como suena no es como lo recuerdo.

Los cuentos de mi abuela los hacen otros. Ella se limita a reír y a corregir, sobre todo si el que habla quiere agrandar una historia que no necesita de superlativos.

Un día su hermano me contó que fue la única  que se atrevió a llevarle un mensaje a los alzados en medio de un sitio que la guardia rural le había montado al pueblo, para evitar todo contacto y ayuda.

Y otro que cuando la cosa se puso más mala, se paseaba en su caballo brioso cargada de brazaletes del Movimiento 26 de Julio, como si nada, llevando y trayendo. Ella, cuando le pregunto, solo me dice que no fue fácil. Y se ríe con sus dientes de mentiras pero nuevecitos, resplandecientes, acabaditos de hacer.

Mi abuela es una guajira «rebencúa» que ha vivido lo bueno y lo malo. Que cuando en el Periodo Especial yo iba de vacaciones a su casa, me esperaba con zapatos «chupameaos» para que no estropeara los buenos en el campo. Que cuando el pan era únicamente el de la libreta, me hacía de desayuno boniato con dos huevos criollos fritos con manteca de cerdo o aceite de coco. Que nunca se ha quejado de nada. Que no le robó a nadie, aunque a ella sí le han puesto más traspiés de los que se merece. Que no reniega de nada.

Mi abuela fue hija de su tiempo. Como casi todos en este país, alguna vez pensó de alguien que era gusano porque se iba, y más de un ocasión dijo en voz alta, ante una barbaridad o una injusticia,  «que si Fidel se enteraba»…, y ahora se adapta a los cambios.

Las medallas de mi abuela son más de las que les vi, más de las que le colgaron en el pecho. Yo alguna vez se las envidié. Las quise para mí. Me las colgaba en la ropa, inmerecidas prendas de coraje ajeno…

Hasta hace unos años me sentía indigna de su sangre.  Ni estudiante ejemplar. Ni trabajadora vanguardia. Ni luchadora. Ni líder de nada. Hasta que comprendí que las medallas de estos tiempos muchas veces solo se cargan en el alma.

La voz es mi medalla. La vida es mi medalla. La fe en que el socialismo todavía puede ser el camino. El que nadie pueda decir que alguna vez hice algo innoble, aún en tiempos en los que lo innoble quiere ser regla. Son pocas medallas, lo sé, no brillan tanto.

Como yo, muchos otros por ahí cargan las suyas. Los veo. Los reconozco. Hombres y mujeres que forjan y callan, que hacen lo correcto aunque saben que no siempre es lo más cómodo, de modo que cuando la disyuntiva apura, prefieren el clavo caliente al cojín.

Quizás ellos, también, sintieran alguna vez, como yo, que llegaron tarde al tiempo del heroísmo, de la sangre ofrendada; que sin quererlo o elegirlo, se perdieron el Moncada, el Granma, la Sierra, la Caravana de la Victoria, la Campaña de Alfabetización, la Crisis de Octubre…, y que esa circunstancia de alguna forma los marcaba, condicionándolos a la reverencia o condenándolos al círculo proscrito de los ingratos.

Gente anónima que entendió a tiempo que no hay batallas más importantes que otras, que la sangre tiene tanto peso como el sudor,  y que la resistencia de estos casi 60 años no es menos loable que toda la que le antecedió, no importa cuán diferentes sean los tiempos, los nombres, algunas situaciones.

Gente que aprendió a fuerza de tropezar con las mismas piedras, que la razón no es un problema de números –de cuántos crean poseerla- sino de principios.

Que en medio de la lucha no declarada de la sociedad actual consigo misma, en medio de la pujanza entre lo que es y lo que debería ser, han vuelto a aprender que una Revolución como la nuestra cuesta caro, así en presente, porque la Revolución es cada día.

Gente que ha visto cómo muchos de los que creía fieles, porque así lo decían a los cuatro vientos, se dejaron vencer por la apatía o se dejaron llevar –porque como dice el dicho, lo que no nace no crece- y que muchos otros de los que creía peores, aún están en tierra, luchando.

Gente que ha entendido con los años que hay adjetivos, críticas y hasta ofensas que deberían llevarse como una medalla. Que te digan incómodo, que te digan difícil, que eres de esos que les busca las cinco patas al felino, cuando solo tiene cuatro y hasta tres.  Inconforme.

Yo tengo mis medallas, no son como las de mi abuela, pero son las mías, las nuestras.

 

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