Sábado
25 de Noviembre de 2017
Historia

Nuestras primeras universitarias*

Autor: Dra. María Dolores Ortiz Díaz
Fecha: 8 de Noviembre de 2017
Nuestras primeras universitarias.  Trabajo publicado originalmente en la revista Cubana de Educación Superior, Nro 1. De 1985 y replicado por Alma Mater en su número 289, del año 1987

La larga y fecunda historia de los estudios superiores en Cuba se inicia con la fundación de la Universidad de La Habana por la Orden de los Dominicos, el 5 de enero de 1728.

Nacida como Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana, en una época en que estaba asentado en Cuba el poder de la España colonial, tenía por finalidad educar a los estudiantes que llegaban a las aulas después de probar su «limpieza de sangre», en los principios y Métodos de la escolástica tomística, su profesorado estaba integrado por sacerdotes, y los métodos de enseñanza que se practicaban en sus cinco facultades se caracterizaban por el formalismo, el verbalismo y la memorización.

Apenas dos años después de fundada, se publican los primeros Estatutos de la Real y Pontificia Universidad, cuya aprobación por el rey fue celebrada con festivo aparato y pomposas demostraciones de júbilo y reconocimiento, al decir de los historiadores de la época. En sus primeros años de existencia no estudiaron mujeres en la Universidad habanera, pese a no existir prohibición explícita para ello en los Estatutos.

Las prohibiciones que en estos aparecen se refieren a la necesidad de legitimidad, limpieza de sangre, buena vida y arregladas costumbres, todo lo cual se acreditaba mediante los correspondientes documentos sacramentales y el testimonio de testigos.

Desde los últimos años del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX, comienzan a levantarse voces que pedían la reforma y modernización de los estudios universitarios en Cuba, lo que no encontró eco, ni en el gobierno español ni en la propia Universidad, a tal extremo que cuando, en 1842, se convierte en Real y Literaria Universidad, no se observan en ella reformas apreciables.

En los Estatutos de la Universidad en esta nueva etapa, que se extenderá hasta 1898, no aparece tampoco prohibición de estudios para la mujer.

Alrededor de 1840, al parecer por el elevado número de mujeres que ejercían la profesión de comadronas o parteras, se comienza a pensar en la Universidad en la creación de una Cátedra de Obstetricia para mujeres. Un proyecto presentado pocos años después desata una verdadera polémica entre los catedráticos; una comisión creada para estudiar dicho proyecto, lo estima utilísimo por muchas razones, aunque reconoce, lo que es consecuente con los criterios educacionales de la época, que habría «inconvenientes» con la asistencia a una misma clase de los cursantes de Medicina y de las aspirantes al título de comadrona. Entiende la comisión, no obstante, que esos inconvenientes «quedarán allanados dándose las clases de estas separadamente y, si se quiere, en distinto y separado local».

En un documento que tiene fecha 24 enero de 1850, que el Rector eleva a la Secretaría Política de Gobierno y Capitanía General de la «siempre fiel Isla de Cuba», señala su oposición a dicho proyecto, porque pudiera darse el caso, dice, de que se pida crear otras cátedras «para enseñar a sangrar, a sacar muelas, a extraer cataratas o a curar almorranas, y aún quizás a demostrar las maravillas y portentos de la medicina usada en el imperio chino». Pese a esta oposición, la cátedra es autorizada el 13 de febrero de ese mismo año, y es designado para ocuparla el Dr. Isidro Sánchez y Rodríguez, quien se había ofrecido a explicar las clases de forma gratuita. En los dos años aproximadamente en que funcionó, parece, por documento firmado por este mismo profesor, que se graduaron solo tres mujeres: María del Carmen Aleja Valdés, Viviana González y María Alejandra de la Merced Díaz, morena libre a la que se califica de «mujer bien educada».

En el Archivo Histórico de la Universidad de La Habana, se encuentra el expediente de Serafina Daumy y Martínez, quien es, al parecer, la primera mujer en Cuba que, deseando «tener carrera científica», decide dedicarse al estudio de la Cirugía Dental, profesión esta que no se estudiaba como tal en la Universidad. Acompaña su solicitud en 1879, de un documento expedido por el Dr. Juan Villanazas, a cuyos numerosos títulos se añade el de profesor público de Cirugía Dental, el que certifica que Serafina Daumy estudia esta profesión en la Academia a su cargo y bajo su dirección en La Habana.

En 1882, Serafina solicita al Rector realizar los ejercicios para obtener el título que le permita ejercer la profesión del cirujano dental, los que aprueba con notas de sobresaliente.

No es hasta después de implantados la reforma y el plan de estudios de 1880 que comienzan las primeras mujeres a estudiar carreras universitarias en Cuba.

La primera mujer que se matricula en una facultad universitaria es Doña Mercedes Riba y Pinós. En su expediente de la facultad de Filosofía y Letras, aparece matriculada el 6 de septiembre de 1883, y dice ser natural de Barcelona, de 26 años de edad y residente en el Barrio del Pilar en La Habana. En ese mismo año se había graduado de Bachiller en Artes. En 1884 obtiene premios en las asignaturas de Griego 1er. Curso y de Literatura General, por los que se le otorga matrícula de honor. En su tema de premio titulado «Estudios sobre la palabra en las ciencias literarias», que aparece manuscrito en su expediente, hace referencia a la benignidad con que debe recibirla el tribunal, con lo cual, dice, la animarán «para proseguir la difícil senda que he emprendido», y confiesa encontrarse «conmovida por penetrar, casi por vez primera, con trémulo paso en el grandioso templo del saber».

Mercedes Riba solicita también al Ministro de Ultramar simultanear los estudios de la Licenciatura y el Doctorado, lo que se le concede «por los brillantes antecedentes académicos de la interesada y los informes emitidos por el Consejo de Instrucción Pública y el Rector». En 1885, en su tema de premio de la asignatura de Historia Universal, escribe: «Si después de muchas prevenciones ha logrado la mujer llegar al templo hermoso de la civilización, ¿cómo ocultar su impresión al penetrar respetuosa por las anchas bóvedas de tan augusto recinto?», y expresa su turbación por querer tener «puesto honroso entre sus compañeros diligentes y valerosos».

En 1885, paga Mercedes Riba la cantidad de 18 pesos 75 centavos en oro por sus derechos de inscripción para el grado de Licenciado en Filosofía y Letras, y dos años después, el 22 de mayo de 1887, el Claustro general se reúne en el Aula Magna de la Universidad para conferirle el grado de Doctor en Filosofía y Letras. Con este hecho, se convierte Mercedes Riba, no solo en la primera mujer universitaria, sino en la primera en obtener los grados de Licenciado y de Doctor.

En octubre de 1883, se matricula en la Facultad de derecho Civil, Canónico y Administrativo la señorita Francisca de Rojas y Sabater, maestra de Instrucción Primaria Superior, natural de Cienfuegos, de 26 años de edad. En 1888 paga los derechos de inscripción para el grado de Licenciado en Derecho Civil y Canónico, y realiza los ejercicios para el mismo con el tema «Reformas contenidas en el Código de Comercio de 1828 sobre aceptación de las letras de cambio y endoso», ante un tribunal de profesores de la Facultad que le otorgan la calificación de aprobado.

En ese mismo año de 1883, comienza estudios en la facultad de Ciencias Físico-Matemáticas, Físico-Químicas y naturales, la señorita Digna América del Sol y Gallardo, natural de Matanzas, de 15 años de edad que se había graduado de Bachiller en el Instituto de La Habana. En 1888 obtiene el grado de Licenciado en Ciencias, Sección de las Físico-Químicas.

También en 1883 inicia en la facultad de Medicina y Cirugía y en la facultad de Ciencias, la señorita Laura Martínez de Carvajal y del Camino. Graduada de bachiller con notas de sobresaliente en el Instituto de La Habana, Laura Martínez estudió ambas carreras con notas también de sobresaliente en casi todas las asignaturas. El 26 de junio de 1888 se graduó de Licenciatura en Ciencias, Sección de las Físico-Matemáticas, y justamente un año después de Licenciada en Medicina.

En ese mismo año de 1883, aparece matriculada en Farmacia la señorita María de la Asunción Menéndez de Luarca Díaz, que aprueba el grado de Licenciada en esa carrera en 1888. En 1889, se gradúa la Licenciada en Ciencias, Sección de Ciencias Naturales, María Luisa Dolz Arango, cuyo expediente no hemos podido encontrar en el Archivo Histórico de la Universidad y que llegaría a ser, en los primeros años de la República, una destacada personalidad de la educación en Cuba.

En el curso de 1884-1885, se matricula Adela Tarafa y Acosta en las facultades de Ciencias y de Farmacia; en junio de 1890 realiza los ejercicios para obtener el grado de Licenciado en esta última facultad.

En 1885 aparece, también en la facultad de Farmacia, Doña María de Jesús Pimentel y Peraza, natural de La Habana, que había obtenido en 1883 el grado de Bachiller. Cuatro años después solicita efectuar los exámenes de grado para el título de Licenciada en Farmacia, los que aprueba con sobresaliente, y poco tiempo después realiza los correspondientes al Doctorado, también con nota de sobresaliente.

No sabemos qué causas pueden haber motivado que en ese mismo año 1883 comenzaron las mujeres a cursar estudios superiores en Cuba. Por coincidencia histórica, varios trabajos de José Martí, publicados entre 1882 y 1889, se refieren a la coeducación, a la necesidad de educar a la mujer para hacer de ella y del hombre verdaderos compañeros, a la capacidad femenina para labores hasta entonces vedadas para mujeres. En un artículo publicado en La Opinión Nacional de Caracas, en abril de 1882, se refiere Martí a universidades europeas y norteamericanas donde estudian «doncellas atentas y estudiosas y no hay año en que no saquen ventaja relativa a los donceles estudiantes». Aprueba Martí estas posibilidades que se le abren a la mujer; esto, escribe «le asegurará la dicha, porque enalteciendo su mente con sólidos estudios, vivirá a la par del hombre como compañera, y no a sus pies como juguete hermoso, y porque, bastándose a sí, no tendrá prisa en colgarse del que pase, como aguinaldo del muro, sino que conocerá y escogerá, y desdeñará al ruin y engañador y tomará al laborioso y sincero». En la década del 90, solo cinco mujeres aparecen matriculadas y graduadas en la Universidad de La Habana, es decir, menos aún la situación política del país, enfrascado primero en los preparativos y después en la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895.

En este propio año, se gradúa de Doctora en Farmacia Mercedes Sirvén Pérez, quien fue digna exponente de la mujer universitaria cubana. Después de graduada, marcha Mercedes Sirvén a la manigua, con una gran cantidad de medicinas: es nombrada capitana de sanidad en el rancho de Palmarito del Sur, de las Tunas, y se cuenta que bajo fuego enemigo curaba a los heridos y que se pasaba las noches preparando fórmulas medicinales. Terminó la guerra con el grado de Comandante.

Los criterios que imperaban en esta época en Cuba en relación con la educación universitaria de la mujer se encuentran en el discurso pronunciado por el Dr. Antonio Jover, catedrático de la asignatura de Enfermedades de la Infancia, en la apertura del curso académico de 1897-1898. Entre otras cuestiones, entre las que llega a considerar como «probable signo de inferioridad zoológica del desarrollo precoz de la inteligencia de la mujer, que si se estimula en vez de refrenarla, llega rápidamente al agotamiento», este profesor considera que los estudios superiores no deben ser acometidos sino «por las jóvenes de gran talento», aunque en la propia sociedad cubana «algunas jóvenes entusiastas, predicando una cruzada intelectual con el ejemplo, se han lanzado virilmente a conquistar con noble esfuerzo las preciadas insignias de los doctorados en Medicina, en Derecho, en Farmacia, en Ciencias y en Filosofía y Letras». Recalca el Dr. Jover, como para que no quede ninguna duda de cuál es su criterio, que al reconocer a la mujer su indiscutible derecho a la sabiduría, no le exige ni siquiera le aconseja que lo ejercite, porque en su opinión, las intelectuales marchitan su cuerpo y su alma dedicándose a estas tareas, y esa «renuncia a los goces del hogar no puede afectar más que a unas pocas: la inmensa mayoría está destinada a la maternidad».

Si escasas eran las estudiantes en la universidad de la Cuba colonial, aún más lo eran como trabajadoras, ya fueran docentes, administrativas o de servicios. En revisión efectuada a las Memorias de la Universidad, la única mujer trabajadora que aparece antes de 1895 es Luciana de La Lama y Bustamante, conserje de la Cátedra de Obstetricia. La primera trabajadora administrativa parece haber sido María Luisa Laborde y Perera, que en 1897 era empleada de la Secretaría de la Universidad, y que, al parecer, trabajó allí en los primeros años de la República.

Tendría la mujer que esperar la instauración de esa república neocolonial para poder llegar a ser profesora universitaria. La primera fue Luisa Prado Suárez que, graduada de Doctor en Medicina en 1904, al año siguiente era Ayudante en el Laboratorio de Histología Normal y Anatomía e Histología Patológica. De Luisa Pardo no hemos encontrado su expediente docente; en su expediente administrativo se encuentra con fecha 31 de octubre de 1904, una comunicación del Rector al Secretariado de Instrucción Pública de la flamante República, consultándole si en razón de su sexo puede ella ser nombrada. La respuesta dice que no se ofrece reparo alguno que ofrecer a dicha propuesta, por lo que puede tomar posesión de su cargo, y trabajará en la Universidad hasta los años treinta.

En 1906 ingresa al claustro de la Facultad de Farmacia, también como Ayudante, María González Llerena, Doctor en Farmacia graduada en el curso anterior, que a los pocos años abandona el cargo por motivos de salud.

 

*Este trabajo fue publicado originalmente en la revista Cubana de Educación Superior, Nro 1. De 1985 y replicado por Alma Mater en su número 289, del año 1987

 

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