Miércoles
17 de Julio de 2019
Sociedad

Perdido

Autor: Yoandry Avila Guerra
Fotos: Ilustración de Carralero y Fabián de Cuba
Fecha: 20 de Febrero de 2019
Uno anda perdido e intenta calcular si con la sexta llamada a su amigo nativo se le va el saldo de 3 CUC en el celular, que antes de salir de casa tu generoso hermano pequeño donó.... Ilustración de Carralero y Fabián de Cuba

Uno anda perdido. Molestamente perdido o perdido y molesto (cuestión de retórica) por el D´Beche guanabacoense. Maldiciendo la ausencia de señalizaciones con nombres de calles que alumbran caminos.

Uno anda perdido e intenta calcular si con la sexta llamada a su amigo nativo se le va el saldo de 3 CUC en el celular, que antes de salir de casa tu generoso hermano pequeño donó.

Uno siente la fetidez de la muerte reciente mientras camina. Cual ventarrones, los efluvios de la mortalidad vienen de un perro blanco panza arriba en la esquina más cercana: «Arrollamiento e huida, envenenamiento u ofrenda religiosa», atisbo a pensar.

—Un reparto residencial debería tener calles mejor pavimentadas

—se entrecruza otra pérfida y orgánica reflexión.

Uno continúa derecho por un camino en el que nunca ha estado. Avanza. Maldice. Enjuicia aceras, hogares, vecinos. Aceras que nunca han cobijado tus pasos. Hogares en los que nunca has vivido. Vecinos con quienes no has cruzado una palabra.

Uno anda. Anda y enjuicia. Enjuicia desde el derecho de la ignorancia. Desde las leyendas urbanas convertidas en estereotipos.

Uno avanza en pasos y le llega un estribillo conocido. Un hombre gordo y de barba rala viene en dirección contraria. Con la mano izquierda lleva una cubeta de plástico blanco. Con la derecha sostiene la espalda de una niña pequeña, de alrededor de dos años de edad, sentada a caballito en sus hombros.

La pequeña parece en trance. Con sus dos manos aguanta un caramelo de color verde, de los que cuesta un peso macho. De aquellos que la cultura popular ha bautizado, como su materia prima, a la pasta dental nacional.

En torrente, la saliva amelcochada le resbala desde las comisuras de los labios hasta la barbilla mientras cambia, alegre, eles por erres en un par de versos indescifrables que repite y repite, y solo logro decodificar hasta que hilvana la frase «colled bayameses».

Pongo la mente en posición de firme para cantar la estrofa completa, y no llega. Las neuronas no hacen sinapsis, obstruyen mi memoria, como si la letra formara parte de una de esas canciones del verano que no recuerdas, pero al escuchar la melodía cantas de un tirón.

Dan ganas de autofustigarse la espalda para expiar semejante pecado de olvido, de efectuar el harakiri japonés con un chuchillo hecho de vergüenza. Podría jurar que la pequeña me mira inquisidora.

Luego, como invitante, vuelve a soltar en su jerga de eles por erres el primer verso, el padre se le suma; y yo también lo hago, mentalmente canto las dos primeras estrofas de La Bayamesa de un tirón.

A veces uno se pierde. A veces, por serendipia, encuentra cosas hermosas donde menos las espera.

Deje su comentario

*(Campos requeridos)