Jueves
27 de Julio de 2017
Humor

Previously… al servicio military

Autor: Nemo
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 17 de Diciembre de 2015
Ilustración de Yaimel

El primer día nunca cuenta porque es el de las presentaciones. Todos son extraños que compartirán juntos por más de un mes experiencias disímiles. En horas de la tarde recibirán el uniforme ancho y las inmensas botas; ninguna talla quedará a la medida. Esa primera noche siempre habrá quien se acueste pasadas las 12, tratando de ajustar lo inajustable con el hilo y la aguja que los precavidos papás y mamás aconsejaron llevar.

Por fin, un silencio reina y pasadas unas horas, los «jóvenes rebeldes» asumirán «grandes responsabilidades» tras el primer  DE PIE. Desde ese día una única voz estará imantada a sus uniformes, y cuando aquella diga: «Ciiiiiiiiiincuuuuuueeeennnnta y dos!!!!!», deberán ir corriendo a formar un cuadro casi perfecto. Sí, ese es el número de la compañía: 52. Aun cuando pasen diez años, ninguno de los entonces reclutas podrá olvidarlo.

La respuesta ante el líder funcionará como el silencio en la formación. Es algo perfecto, limado con 20 cuclillas y 30 planchas. Comenzarán las marchas, las clases teóricas y los jóvenes cambiarán sus nombres para convertirse en apellidos. Pronto tendrán jefe de compañía, uno de ellos mismos, pero más alto y más fuerte que la mayoría. Quizás le apoden: «Pechote».

Llegarán al comedor y no se sentarán ni tomarán la cuchara entre sus manos hasta que la voz indique: ¡Efectúen!

Los coritos en las marchas serán uno de los rituales, así como los «pases de revista». Todos tendrán lemas, consignas que repetirán hasta que escuchen la frase más importante del día: ¡Rompan filas!

De vez en cuando habrá recreación. ¡Tiempo divino! Solo similar a los recesos después de almuerzo y de comida. Es el momento de compartir ideas, chistes y meriendas (más chistes que meriendas).

Aparecerán entonces las preguntas tontas y las justificaciones por problemas de salud. Los dolores en el «coseno del pie» y las «contracciones trigonométricas» en la espalda; se sumarán a las alergias a la tierra, al aire, al agua y hasta a la tela verde.

Pero todos los rostros se volverán expresiones de incertidumbre cuando les anuncien el destino de las próximas jornadas. Irán a dormir con preocupación, cuando sepan que mañana saldrán al monte, a emboscarse entre matorrales, a caminar kilómetros bajo la noche o a imaginarse que están en la guerra. Llegarán al campamento y con el AK-M al hombro comenzarán a marchar. En breves minutos empezará el mayor aguacero del mes de mayo. El agua invadirá cada uno de los territorios más íntimos de sus cuerpos. Pobres carnés y billeteras, pobres medias y cigarros.

De regreso al campamento descubrirán que desaparecieron los pozos de tiradores; en su lugar pequeños lagos color naranja los invitarán a un chapuzón. El suboficial los detendrá justo enfrente de los huecos anaranjados y pronunciará una frase a la que los jóvenes desde hace mucho responden de manera automática: ¡Tenderse!

Entonces sí no habrá salvación, lo que no se había mojado, se empapará sin avisar… Así terminará la primera «misión combativa».

Con el transcurso de los días conocerán nuevas formas de imponer disciplina militar. «El canguro», «la pantera», «el cangrejo» y un sinnúmero de animales se sumarán al más temido de los ejercicios: «el llamado del Diablo».

Ninguno antes lo habrá oído mentar, pero ese nombre nunca lo olvidarán. En el «llamado del Diablo», el castigado deberá ponerse en posición de planchas, pero usando los codos en vez de las manos; estará varios minutos mientras, supuestamente y en alta voz, conversa con el tal Diablo y le cuenta por qué lo castigaron y le promete que nunca más lo volverá a hacer.

Bienaventurados aquellos pocos que nunca se toparán con tan peculiar castigo.

En las noches se interrumpirán los sueños de estar en casa almorzando lo que cocinan las abuelas, por la pesadilla de una campana que indicará la Alarma de Combate. Pronto nadie criticará a los que prefieren dormir con el uniforme y serán más frecuentes las llegadas tarde a la formación.

También disfrutarán las jornadas de tiro, —¡con balas de verdad!—, como exclamará el más incrédulo de los muchachos. Los cuentos de aquellos militares que estuvieron en Angola y Etiopía, que integraron batallones y comandos antiterroristas, los acompañarán en cada receso. Se volverán cómplices de sus anécdotas, de sueños nunca antes confesados y de sus silencios sin interpretación. Se sentirán parte de esa gran familia de militares que odian y admiran al mismo tiempo, sin poder explicarlo.

Por fin llegará el último día. ¡Sobrevivimos!, dirán sin creerlo del todo. Las cuclillas, las marchas y los castigos solo serán la materia prima de los heroicos cuentos que les narrarán a sus novias durante los años de universidad.

Al final, es verdad que la «previa» no mata a nadie, pero es una tortura de la que pocos lograrán escapar.

 

Comentarios

Pedro Betancour... (no verificado)
Imagen de Pedro Betancourt Larduet
13 Marzo 2016 - 12:08pm
Creanme toda descripción es poca para imaginarse el servicio militar esa es una experiencia que hay que vivirla

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