Lunes
03 de Agosto de 2020
Opinión

¿Qué me compraré con el estipendio?

Autor: Damepa
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 17 de Octubre de 2016
Ilustración de Yaimel

La cucarachita Martina comenzó a estudiar en la Universidad. Todo iba bien hasta que un día la llamaron para cobrar el estipendio. Al verse con aquella «cantidad» de dinero entre las manos, la cucaracha inició el tormentoso y conocido camino de las dudas... ¿Qué me compraré con el estipendio?...

Un estudiante universitario le cuesta a las familias cubanas, como bien decimos: sangre, sudor y lágrimas. Claro, esto implica también montones y montones de inversiones que conllevan los cinco años en una casa de altos estudios.

Vestuario, alimentación, bibliografía, soportes tecnológicos y una mesada, son los gastos que no faltan en cualquier lista del presupuesto hogareño. Estos, en la medida en que avanza el tiempo, demandan más efectivo de los proveedores-inversores en el muchacho o muchacha en vías a la licenciatura.

Por más que se sume y se multiplique, al final, en los bolsillos de los responsables de sustentar esa educación siempre aparece una resta. Sin embargo, existe un ingreso con el cual no se cuenta en la mayoría de estas planificaciones económicas en el plano familiar, y es: el estipendio.

¿Acaso es tan poco ante las necesidades reales, que no vale la pena tenerlo en cuenta?

Sí, realmente es un pago simbólico frente a los precios de la ropa, la comida, de una memoria flash o de un buen ejemplar ofertado por un librero viejo. Pero también es cierto que muchos progenitores descansan en él las preocupaciones cuando los salarios no les alcanzan para mantener a un hijo o hija estudiando fuera de casa.

Cuando la cosa se puso mala, la comunidad universitaria renunció a este subsidio, como apoyo a la economía. Cuando la cosa siguió mala, reapareció, en acto recíproco de la economía con el estudiantado. Y así ha ido en aumento, como la crisis mundial, como los negocios particulares, el consumo, los precios...

La ayuda que debe representar dicha cuota no es nada, cuando valoramos los precios de cuestiones básicas y cotidianas para las juventudes universitarias. En los predios de sus escuelas, sus residencias y otras instalaciones que frecuentan, florecen establecimientos gastronómicos, de venta de alcohol, de cigarros..., donde bien una comida ligera podría llevarse (sin cargos de conciencia), el estipendio de un alumno de quinto año.

Otro tema alarmante en torno a este dinero y su «poca valía» se halla en el transporte. Cuando aún los ministerios correspondientes no aclaran la postura de exigir solo la mitad del pago a los estudiantes, surgen nuevos modos de transportación de pasajeros de iniciativa particular, muchas veces más operativas que las estatales. Además, más caras.

Entonces, a estas formas de gestión ¿quién les exige que cobren a los jóvenes aprendices menos que al resto? Nada, que en un viajecito interprovincial también se va el estipendio.

Si bien la cantidad, como advertimos, no le llega ni a los talones a las necesidades que comprende estudiar en la enseñanza superior, significa un apoyo merecido, al que nadie renuncia y para el cual se hacen miles de planes.

Es como el primer pago que obtienen muchas personas por el trabajo de estudiar, sin importar los resultados. Precisamente por eso la mayoría lo use para fines menos terrenales como los que le dieron origen, y lo empleen para satisfacer gustos de índole espiritual o festiva.

Sin embargo, sigue habiendo gente para la que este pago no es un rato en Coppelia, o lo que falta para completar un «caprichito». Sé de muchas personas que estudian fuera de sus territorios, que recién entregados los billetes en la caja de su facultad, corren a girarlos a su familia.

También hay quienes, viviendo cerca de sus centros escolares, lo entregan al núcleo hogareño para sufragar la luz, el agua, el teléfono. Y no faltan otros que lo ahorran durante los diez meses de clases para «regalarse» unas modestas vacaciones.

Tras varios semestres entre vacilaciones, la cucarachita Martina por fin decidió qué hacer con el subsidio que le ofrecían por estudiar en la enseñanza superior. Sin más, salió a la shopping más cercana y pidió, con voz firme y sin titubeos: Me da una caja de talco, por favor.

 

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