Sábado
24 de Agosto de 2019
Humor

¿Quién le pone el cascabel al látigo?... El suegro querido

Autor: Nemo
Fotos: Ilustración de Nelson Ponce
Fecha: 17 de Julio de 2019
¿Quién le pone el cascabel al látigo?... El suegro querido.  Ilustración de Nelson Ponce

Cualquier persona sensata evitaría escribir acerca de su suegro. No por temor a represalias, sino por los celos desbordantes de la suegra, que encontraría una nueva ocasión para afirmar que ella es la persona más prescindible del planeta. «Le compran cigarros, lo  invitan a cerveza, tragos de ron, y una no puede ni siquiera acompañar a su hija al altar porque la tradición impone que sea el padre», me parece escucharla con un discurso más alterado y sin una tan exacta secuencia gramatical.

Amén de la advertencia escribiré de este hombre tan… tan… tan difícil de definir con un solo adjetivo. Lo diagnosticaría con un leve trastorno de identidad: en su trabajo, todo el mundo le dice Carvajal; en la casa y para los amigos es Antonio; en cambio, cuando él se presenta dice: «Claudio, mucho gusto». Para nada es un agente encubierto, solo es un tipo que sabe aprovechar, como ninguno, el hecho de tener un nombre compuesto y un apellido con resonancia.

Padre de psicóloga, no le gusta que le reestructuren el campo. Padre de economista, es rápido sacando cuentas: durante una comida en la pizzería «El Bosque» la cuenta fue 78 y dijo a la velocidad de la luz: «Redondeando, 85 pesos».

Su mayor mérito ha sido —gracias a su porte y aspecto, y al tono infalible con que pronuncia: «buenos días», «compañero» y «correcto»—, que aquellas personas que lo conocen por primera vez, crean que es de esos tipos con habilidades para desarmar un equipo electrodoméstico o poner una tubería. Nada más lejos de la verdad.

De vasta cultura, eso sí. Ha incorporado en su vocabulario palabras que, al menos en mi barrio de Guanabacoa nunca se utilizan: departir, ignoto, malquistar. Ha llamado al 106 para denunciar un hurto, en vez de un robo con fuerza. Cuentan que, en sus olvidados años de servicio militar, gustaba leer el diccionario, de ahí le viene el trauma. Entre las moralejas de la vida que enseñará a sus nietos destaca: «guardia brindado, muere reventado».

Precavido al límite. Tiene calculada las vías de escape para el día que ocurra un incendio en el edificio. Camina con los ojos alertas para que no le caiga encima algo que tiren de un balcón. A sus hijas, desde pequeñas, les enseñó a meterse en el closet del cuarto más seguro de la casa, con casco y todo, en momentos de alarma ciclónica. A ellas, ya universitarias, recomendaba que antes de pernoctar en una habitación ajena revisaran lámparas, espejos, falsos techos y tomacorrientes, en busca de una microscópica cámara de video.

Sus dos frases más celebres datan del quinquenio pasado: «para ser mujer, tengo buenas piernas» y «el último domingo de mayo cae en junio». El día del cumpleaños de sus sobrinos jimaguas, cuando alguien comentó que Diana cumplía 25 años, enseguida interrogó: «¿y cuántos cumple David?».

No se le dan bien las indirectas. Mi cuñada viajó a China por su trabajo y sin que hubiesen pasado dos minutos de su salida, se viró para su otro yerno y le espantó en el rostro: «Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿te vas para tu casa o piensas quedarte aquí?».

De todas sus cualidades admiro su responsabilidad con el trabajo. Admito que a veces se pasa. Cuando llueve, por ejemplo, sale en su moto con chapa particular. «¿Por qué no usas el carro?», le pregunto. «¿Acaso no percibe que llegará entripado en agua?» Su respuesta es tajante: «Tú estás loco, chico; me mojo yo pero el carro hay que cuidarlo».

 

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Humberto... Autor: Nemo

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