Jueves
05 de Diciembre de 2019
Humor

¿Quién le pone el cascabel al látigo?... Los niños, verdaderos incendiarios

Al camarado y colego Ulises; quien siempre se portó bien y de quien nunca me dieron quejas

Autor: Nemo
Fotos: Ilustración de Nelson Ponce
Fecha: 28 de Noviembre de 2019

Los niños, y las niñas, tienen una gracia innata que los hace acreedores de un cariño intenso por parte de quienes los rodean. Un chiste, una frase, algo ingenioso cuando no se pasa de los 8 o 9 años de edad, tiene más trascendencia familiar que las teorías de Albert Einstein en su círculo estrecho de amistades.

Es así como una anécdota infantil puede quedar guardada en la memoria familiar durante décadas.

Comparto una de las mías, y que a mi novia le encanta:un amigo de la familia llegó a la casa y delante de todos intentó sacar «guara» conmigo: «Yo te conozco a ti desde que eras así de chiquitico». Y prácticamente unió el dedo pulgar con el índice. Con solo 5 años, rebatí enseguida: «Eso es mentira, porque yo nunca he sido así de chiquitico».

Otra similar corresponde al hijo de una amiga; él estaba en segundo grado y solía dejarle notas a la madre cuando ella llegaba tarde del trabajo. Cierto día, después de evaluar lo ajustado que le quedaba un bikini a una de las niñas de sexto grado que participaban en la tabla rítmica, escribió a modo de resumen para su mamá: «Hoy conocí a una niña que tenía las nalgas así —y dibujó una C, en mayúscula— y me enamoré de ella»; así dejó plasmado su retrato más exacto de aquel primer instinto sexual.

Los padres deberían cuidarse cuando tienen hijos con talento para la actuación. En la época del inolvidable director de televisión Abel Ponce, muchos niños hacían figuraciones en sus tan gustados policiacos. El padre de uno de aquellos intentó cierto día justificar su ausencia:

— Mijo, no he podido venir a verte porque estoy trabajando día y noche.

— No, papá, el que trabajé en «Día y noche» fui yo— ripostó el hijo con apenas seis años.

A veces pareciera que los más pequeños de casa necesitan transmitir una idea, aun forzando las palabras.

Durante una reciente conversación alguien comentó que había matriculado a su hijo en ajedrez. La hija más pequeña del matrimonio que los visitaba en ese momento, se entrometió en la adulta conversación para exponer su argumento:

—Yo sé cuál es el ajedrez. Es el juego que tiene peones. ¿Peones viene de peo?

—No —responden y ríen los adultos. Y la pequeña continúa.

—Ustedes saben quién se tira tremendos pe´os: mi papá —y la carcajada resultó explosiva.

Otras ocurrencias. Luisi, cuando tenía cinco años, con una mano sostenía el peine y con la otra su propia barbilla, pues así era como su madre lo peinaba.

Dayma empezó a comer por sí misma y se hacía el avioncito.

La madre de David y Oscar, gemelos, dejó los pequeños al cuidado de la abuela; cuando regresó uno de ellos dormía como una piedra y el otro daba tremenda perreta. La señora aseguraba haberle dado el biberón a los dos; la madre, comprendió enseguida: los pequeños se habían cambiado y uno de ellos tomó doble, sin que la abuela pudiera percatarse.

El hijo de una amiga periodista acostumbraba decirle: «Eres muy linda, mamá»; ahora, que el pequeño ve el mundo conojos más conscientes, a cambio de su elogio habitual, le espantó: «Mamá, tú eres linda pero tienes la nariz muy grande».

El último de estos «cuentos infantiles» ocurrió en casa de un amigo cuando llamó su suegra. La hija más pequeña, que tiene 4 años, fue quien salió al teléfono.

—Abuela, ¿cómo estás…? ¿Con quién quieres hablar? ¿Con mi papá? —mi amigo le hizo señas, intentando evadir la llamada.

La pequeña continuó: —Dice que no está.

El padre, ante el craso error de la niña, reaccionó con nuevas señas.

—Ah no, que se… ¿está bañando?… Ay, abuela, mejor te lo paso porque de verdad no entiendo nada de lo que me dice.

 

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