Viernes
10 de Julio de 2020
Cultura

Quien ve bueno y malo, ¿también ve dos veces?

A propósito del foro sobre consumo cultural convocado por la UNEAC, cumpliendo con uno de los acuerdos pactados en su VIII Congreso.

Autor: Damepa
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 13 de Enero de 2015
Consumo cultural

Así como nos alimentamos y dormimos desde siempre, los hombres y mujeres de la contemporaneidad necesitamos del entretenimiento para vivir. Por eso lo posicionamos en un peldaño bien importante de nuestra escala de prioridades.

La visualidad acapara casi toda la atención. En este campo aparecen diariamente cientos de materiales para todas las edades y de acuerdo con exigencias específicas; ya sean series, filmes, cortos, animados, ­documentales... Todos y cada uno de ellos al menos llegan en cápsulas a  los «hambrientos» espectadores, que acuden a estas producciones como fuente primaria de esparcimiento.

Debajo de la piedra del consumo audiovisual subyacen las condiciones sociales, el nivel educacional, las posibilidades de acceso, los soportes... y muy por encima, la política cultural.

En una era donde la piratería está legitimada resulta muy fácil satisfacer «a todos los gustos»; y queda al margen, en muchas ocasiones, las estrategias de los organismos pertinentes.

En este caso, la mayoría de los audiovisuales que circulan hoy por los hogares cubanos no responden a nuestra idiosincrasia, patrones de vida o intereses personales. Ello no les impide desplazar a la parrilla del patio.

Evidente, esta última tampoco sintoniza con determinados gustos y condiciones psicosociales de sus receptores. Recordarán una de las recientes telenovelas en la cual la protagonista dirigía una cooperativa (en pleno campo cubano), en pitusa y con pelo suelto. O una abogada que con su salario puede alquilarse y mantener a una niña pequeña. Nada más lejos del contexto nacional.

Por otra parte, algunas realizaciones cubanas sí captan el interés de consumidores, pero no integran la programación actual de ninguno de los canales cubanos. Sol de Batey o La cara oculta de la luna, novelas desconocidas por varias generaciones puede que no estén disponibles para el usuario común en los archivos del Instituto de Cine, Radio y Televisión (ICRT), sí en muchos bancos particulares.

Abel Prieto, asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en un reciente espacio de debate de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), llamó a no satanizar las nuevas formas de consumo cultural establecidas por las memorias de mano en mano, el «paquete semanal» o la compra de discos, en tanto no lleguemos al extremo de aceptarlo todo como bueno.

Válida la reflexión, ante un segmento de la intelectualidad y de los decisores de los medios de comunicación o entidades vinculadas con tales procesos, que crucifica, margina o estigmatiza las vías extraoficiales de socializar información. Desde otra perspectiva, a su vez esta importación de  modelos foráneos establece nuevos paradigmas para la juventud.

Al asunto también se refirió el ­exministro de Cultura, quien alertó sobre cómo muchachas y muchachos  asumen ídolos que nada aportan a su crecimiento profesional o desarrollo cognitivo.

Un análisis más profundo asume el crítico de cine Yoel del Río, quien propone una evaluación y reconocimiento de los intereses de la población joven. «Si nos adentramos en las preferencias de este segmento y les buscamos los puntos de contacto  o no  con los mensajes que ansiamos transmitirles, quizás establezcamos una comunicación interactiva con verdaderos frutos. Y en este punto me sumerjo en «causas y azares» más profundos: la educación».

Justo como lo manifiesta Gustavo Arcos, especialista en temas del séptimo arte, resulta bien difícil que un joven elija, de una amplísima red, opciones sustanciosas acordes con su edad, proyecciones futuras o para su enriquecimiento espiritual, cuando desde los inicios escolares le inculcamos una aprendizaje vertical, marcado por los libros de texto, y decidimos por él.

Encima, un elevado por ciento del personal docente determina estilos de consumo musical, de lectura, de películas, novelas, que a la legua no clasifican como el «ideal». Arcos apuesta, en un acierto educativo, por la implementación de una enseñanza de apreciación audiovisual, pues además del Ministerio de Cultura, el ICRT y otras organizaciones culturales, la socialización y mediación de una política formativa cae sobre los hombros del Ministerio de Educación.

Si la propia televisión nacional trasmite muchos de estos mensajes underground, no avanzamos con la crítica. Daremos pasos cuando, como sugiere el promotor Juan Antonio García Borrero, enfoquemos un debate diverso y democrático, y planifiquemos una «nueva campaña de alfabetización» de índole tecnológica,  para los responsables de guiar a los públicos en cuanto a sus prioridades audiovisuales.

Tampoco fructifica demasiado estimar una homogenización de las audiencias. Siempre estarán los que prefieran a Woody Allen y quienes opten por Michael Bay y su saga de Transformers. Acertadamente existen espacios disímiles en la pantalla chica para «complacer» a cada ­televidente.

Asumamos entonces con ­coherencia qué vemos y cuánto nos reporta como seres pensantes que somos y abriremos los ojos de quienes aún duermen ante una industria que niega la participación y embota los sentidos.

 

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