Martes
16 de Enero de 2018
Opinión

Reflexiones findeañeras

Autor: Iris Oropesa Mecías
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 29 de Diciembre de 2016

Pues  sí, llegó el fin de año, con esa sensación de que se fue rápido o lento según me hayan salido buenas o malas experiencias.

Yo me alegro con mi pequeño receso de estudiante universitaria, y aunque me atormentan un par de seminarios pendientes y la cara del profe de Semiótica con el entrecejo fruncido me persigue en el subconsciente, esta vez no me voy a dejar intimidar por la academia y su fantasma, me voy a empapar en el entusiasmo del fin-de -año-sin-fin-de-curso lo mejor que pueda.

Se acabó todo un calendario, 365 días, con su séquito de exposiciones, carreritas detrás de las guaguas, turnos inexplicables de Educación Física a las cuatro de la tarde… Ahora sí me voy a relajar y a buscar el ritualito que más me guste para desestresarme de tanta «pestaña quemada» cuando llegue a Mango Dulce.

Las costumbres y tradiciones para simbolizar nuestro «empezar de nuevo» son numerosísimas. Tengo para escoger con todo lo que bajé de internet para leer. Podía haber descargado unas cosas para el seminario de enero, ahora que lo pienso... pero es fin de año, qué va, el mundo está entusiasmado y juvenil, y yo pensando en el seminario. ¡Bah!

Hay culturas que se enfocan más en la parte sentimental. Esto está bueno. Sin dudas, todo un año de peripecias humanas también se agradece a la compañía de amigos con quienes se ha pasado el rato, y a amores que pueden ser o no románticos: hermanos, abuelos, tíos, y familia no de sangre pero de mucha alma, que están ahí en nuestras 365 jornadas. Y que a veces te prestan cosas «porque para estudiar hay que alimentarse, mija», como dice mi abuela, así que voy a hacer algo de corte afectuoso. Los franceses y norteamericanos, por ejemplo, se besan a las doce de la noche. ¡Qué lindo! Pero yo ahora no tengo novio, y pues… bueno… mis tíos son un poco «cerreros», no creo que les guste mucho eso del besuqueo…

Italianos y españoles son un poco más «prácticos», los primeros favorecen el estómago, con un buen plato de lentejas y zamponne, que es como un jamón, y les atribuyen el poder de atraer fortuna y prosperidad. Y a medianoche, todas las campanas llenan el aire de su repiqueteo. Muy bien, las lentejas, ¡listo!; el zamponne, ¡lo sustituyo!; las campanas… Bueno, en Mango Dulce no hay iglesia…

Los de la Hispania, por su lado, comen doce uvas al ritmo de las doce campanadas cuando llega la medianoche. ¡Y dale con las dichosas campanas! Dícese que tal rito recuerda a los años en que los viñedos producían excedente, y los más listos de las villas antiguas supieron aprovecharlo jocosamente al llegar el último día del calendario. Estaría bueno, claro, la uva la venden por la beca a… No, lo de la uva, pensándolo mejor, me parece que sería un calco cultural, mejor quedarse con lo identitario, ya basta de tanto pensamiento globalizado, como dice el profe de Semiótica.

En Dinamarca, país regio, un postre especial corona la cena, el kransekage. La reina emite su mensaje a la Nación desde el palacio de Amalienborg, sobre las seis de la tarde, para encabezar el momento de cenar con todo el pueblo. Con sus panzas ya llenas del krasenkage, los daneses, llegada la hora final del 31, rompen platos y vajilla acumulados durante todo el calendario, para liberarse de las energías negativas. ¿Qué pensaría mi abuela de esto, ella que cuida tanto su vajilla de bodas? Además, el krasenkage ese tiene «pinta» de llevar mucho huevo y otros etcéteras, y aquí seguro el horno estará ocupado con… No, no, lo propio es lo propio.

Los asiáticos, con su espiritualidad característica, no desacatan ni el día en que se clausura una agenda anual, así, mientras otros se dispersan en uvas y «besuqueo», los nipones demuestran su templanza al tocar unas 108 campanadas, con el sabio fin de espantar los 108 pecados que atormentan el alma humana, y dejarlos muy lejos durante el próximo año; mientras los indios cunden en luz portales y patios con las antiquísimas lámparas de aceite, para simbolizar el triunfo del bien sobre el mal llenando el aire nocturno de puntos brillantes.

¿Qué tipo de aceite sería ese? Los tibetanos encienden sus antorchas, y entregan ofrendas voluntarias en los monasterios, acompañando los buenos deseos del corazón con el crepitar del fuego. Sin duda, muy lindo, pero creo que mi corte no es tan espiritual.

El barrio sudafricano de Hillsboro ha vuelto tradición entrar al nuevo calendario sin trastos, así que se vuelven locos y tiran los muebles y electrodomésticos viejos ¡por la ventana! Una costumbre muy graciosa. Esto me gusta, pero ahora que lo pienso, en mi casa no han terminado de pagar el refrigerador, así que, apuesto por los ritos latinoamericanos, sin discriminar, pero por el toque local, claro.

Sí, Latinoamérica, la tierra del mestizaje, del eclecticismo, de la combinación inteligente, como dice la profe de Literatura prehispánica. En Colombia llevar la ropa interior de color amarillo es un agüero positivo por estas fechas. ¡Ese me lo apunto! En Chile se acostumbra a introducir billetes entre los zapatos para que el dinero no falte en los meses venideros. Mientras el billete no sea muy grande, ¡hecho! ¡Y que viva Chile! En Brasil, la gente acude a las playas a ver los fuegos artificiales y lanzar flores y barcos de papel al agua para pedir deseos. En mi pueblo no hay ni río… En Uruguay, la gente tira los almanaques y calendarios del año viejo por las ventanas para darle la bienvenida a una nueva etapa. Ok, fácil y alegre. Me lo quedo… Aunque… tengo un solo almanaque, y lo dejé en la beca para marcar los días de las evaluaciones del semestre… y el día del seminario.

Una costumbre universitaria muy agradable es la de enviar un mensaje de fin de año a todos los estudiantes y profesores. Ya sea en los viejos murales, o en las redes o en la página de la universidad. Siempre va a ser un lindo gesto que mi decano me desee un buen comienzo de calendario. Aunque mi mente me recuerde que el decano es el propio profesor de Semiótica al que le debo un seminario justo entrando en enero, ¿será para el día seis?, pero bueno…

En fin, que ya hice mi decisión, y me quedo con todo junto. Hay que ser así, latina, mestiza, local y mundial. A lo mejor de ahí mismo sale un buen tema para el seminario, «Los códigos semióticos en las celebraciones de fin de año y el problema de la globalización»…

Me voy a olvidar de los seminarios y las evaluaciones. El 31 me relajo, me pongo mi ropa interior amarilla, doy la vuelta al barrio con el maletín de la beca, le doy un beso a mi perro, y a mi familia, me como el puerquito asado, quemo el muñeco del 2016, tomo un baño floral relajante, tiro el cubo de agua, me imagino el mensaje del rey (¿el decano?) y llamo a los «yunticas» del aula y les digo que no me hablen del seminario, caballero, que este es un día de familia, de alegría, y aunque no se acabe el curso todavía, ¡es el día de fin de año y lo voy a vivir por lo alto, a lo global y a lo cubano!

 

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