Lunes
20 de Agosto de 2018
Universidad

Regresar o no regresar

Autor: Sayli Sosa Barceló
Fotos: Ilustración de Carralero
Fecha: 11 de Junio de 2018
En un aula de casi 50 alumnos, donde la mitad venía de «provincia», ¿cuáles eran las probabilidades de que todos se quedaran en La Habana?… Ilustración de Carralero

En un aula de casi 50 alumnos, donde la mitad venía de «provincia», ¿cuáles eran las probabilidades de que todos se quedaran en La Habana? Los matemáticos podrán calcular mejor y sus números, tal vez, no se acerquen a la realidad.

De esa aula, mi aula por cierto, regresamos a nuestros lugares de origen dos. Sí, ¡dos! Una villaclareña — que ahora vive en alguna región autónoma de España — y esta servidora — que todavía vive en Ciego de Ávila. Una década y un par de años después la pregunta sigue siendo la misma: ¿hice lo correcto?

Empecemos por el principio. Hace 12 años tenía unas ganas tremendas de concluir la Universidad y salir a «comerme el mundo», frase que, supongo, sea el conjuro para evitar lo contrario: que el mundo termine engulléndote en una oficina, en una redacción o en un laboratorio. El mundo, por otra parte, realmente no es «el mundo», es apenas un espacio geográfico delimitado en la boleta de ubicación.

¿Por qué no hice lo que mis compañeros de clases? — Léase mudarse ficticiamente, en el último año de la carrera, a la casa de un pariente, conocido o negociante, buscar cartas de aceptación de medios capitalinos, mover cielo y tierra si fuera preciso, para quedarse en La Habana, la ciudad de las oportunidades.

Bueno, porque no tenía parientes, ni conocidos, ni dinero para pagar el cambio de dirección; porque siempre mi madre me dijo que es mejor ser cabeza de ratón que cola de león; porque debía regresar a «salvar» de entre la burocracia infinita el apartamento en que vivo hoy; porque ni con tres trabajos habría logrado pagar el alquiler de entonces; y porque tenía un poco de miedo a La Habana feroz que no se ve en los plegables turísticos.

El regreso fue fácil, para qué voy a mentir. Estaba agotada del viajeteo en botella hasta Ciego de Ávila (todavía las yutones no se tragaban el asfalto de la autopista nacional); me sentía culpable del esfuerzo descomunal de mis padres por pagarme una merienda al día para apuntalar la comida de la beca; y no estaba tan encariñada con la capital cubana, ni siquiera con su malecón, tan sonsacador.

Digamos que nunca fui una habanera potencial, aunque extraño su intensa vida cultural y esa maravilla de pasar de un municipio a otro sin ver marabú por todas partes.

En poco más de una década he crecido en el ámbito profesional al ritmo más acelerado que una provincia cubana pueda ofrecer — que no es el mismo de una ciudad como La Habana, debo decir — ; logré adjudicarme la casa en litigio; me mantuve cerca de mis seres queridos — un poco reembolsándoles los años de ausencia y preocupaciones, no tanto el gasto material — ; fundé mi propia familia; hice nuevas amistades — no es despreciable el dato de que, al volver, estaba más sola que la palma del poema y todavía Facebook no me engañaba tiernamente con su ilusión de cercanía — . Con eso podría bastar, lo sé. La mía ha sido una historia del retorno bastante feliz. O acaso eso no es la felicidad.

Pero he visto desfilar a recién graduados que regresaron, como yo, a quienes nadie esperaba y que fueron ubicados en puestos de trabajo donde nunca ejercieron lo aprendido. Jóvenes que contaron los días hasta el fin de su Servicio Social, como una penitencia, y retornaron sobre sus pasos o enrumbaron por otros caminos apenas tuvieron la oportunidad. Muchachos y muchachas que no reunieron quizá, el coraje o la lucidez de quedarse a tentar la suerte y los alquileres, y se arrepintieron desde el primer instante de su vida laboral, porque, en definitiva, vida hay una sola y nadie más puede vivirla por ellos.

Es cierto, no está escrito que si hubiesen empujado al destino en dirección contraria a la boleta las cosas serían diferentes y que en La Habana, solo por ser La Habana, todo habría sido mejor. Tampoco lo opuesto. En realidad nada está escrito.

Lo otro cierto, y me animo a ponerlo en blanco y negro ahora, es que cada provincia tiene un techo, casi siempre más bajo que el de la capital del país, y uno sabe que más tarde o más temprano llegará a esa cota y necesitará cambiar de aire, de ciudad, algunos hasta de ocupación. La cuestión, en ese punto, es de mayor complejidad y ya no implicará solo poseer la irreverencia de aquellos que pensaron «pa’atrás ni pa’coger impulso» y se quedaron a probar fortuna a 500, 700, 1000 kilómetros de su hogar.

Una década y dos años después, sin embargo, las cosas no están tan claras; no sé si por la madurez o el cansancio.

En una dimensión paralela y futurista, tal vez le mandaría un sms a mi yo de entonces, diciéndole que regrese a casa, que será medianamente feliz. O tal vez no. A fin de cuentas, si te falta la mitad, no estás completo.


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