Lunes
26 de Octubre de 2020
Sociedad

Retornos: Los últimos pacientes

Llega a su cierre esta serie que nuestros lectores han podido seguir a través de las plataformas sociales. Hoy, nostalgia y agradecimiento se entremezclan en un mismo espacio: el centro de aislamiento de Bahía.

Autor: Laura Serguera Lio (facebook.com/laura.sergueralio)
Fotos: Ilustración: Karla Callava
Fecha: 15 de Octubre de 2020

No quería entrar en un centro de aislamiento, escribí en la primera entrega de esta especie de columna que hoy concluye y ahora, que salí de un centro para llegar a otro, que el trabajo terminó, que toca la espera — una espera cómoda y tranquila con el convencimiento de que nos cuidamos — , no quiero irme.

Quiero ver a mis padres y amigos — incluido alguno que ya pasó por una experiencia similar — , quiero llegar a la casa y la cama que echo de menos, pero no decirle adiós a la sensación de haber sido mínimamente útil, del contacto cercano con otras realidades, de la gente que se convirtió en apoyo, respaldo, impulso… y a la que quién sabe cuántas veces después de la despedida volveré a ver toda junta.

Del equipo médico, por ejemplo, ya debimos separarnos. Por cuestiones logísticas, el aislamiento lo realizamos en lugares diferentes y, aunque nos mantenemos en contacto por un grupo de WhatsApp en el que compartimos fotos, stickers, mensajes, se extraña la sensación de sabernos un universo completo.

Desde los tres mosqueteros — Roly, Leandro, el Guille — junto a Adrián, quizás el más callado de los cuatro doctores, tímido para afinar delante de muchos, siempre perfectamente peinado, dispuesto lo mismo a buscar la comida de sus compañeros de habitación que a ayudar a una voluntaria a la que se le caía el avituallamiento que llevaba para los recién llegados; hasta los pantristas: el rapero Roberto, el barbero Bryan y la maternal Yoemelis, todos éramos parte de un engranaje.

Las enfermeras Ivis, Reina, Odalys; los vigilantes Yassiel Yaniet, Yoana, Jorge, Edilia, María, Néstor, que dejaron a un lado estetos, fresas y aparatos de rehabilitación para estar al pendiente de las necesidades de los pacientes; Yohana, técnica en Higiene a quien la supervisión de los procesos con riesgo epidemiológico no le impedía ayudar en la cocina, Niurka, Iván, Ivette, Yamilka… cada pieza resultaba crucial.

En el caso de los voluntarios, me atrevería a decir más: fuimos una familia. He leído experiencias anteriores que lo afirman; nosotros contamos con pruebas: después del trabajo, unos lavaban, fregaban o limpiaban, otros freían chicharritas y siempre estaba quien se las comía de forma furtiva no más salían de la cazuela; cuando alguien se sintió mal — sucedió varias veces — todos nos preocupamos porque mejorara y se trabajó doble, cubriendo al convaleciente; hubo asperezas y reuniones colectivas para limarlas, fiestas de cumpleaños, juegos de dominó, cartas y papelitos, hubo noches que fueron casi acampadas por lo poco que se durmió.

 

Y no es que tuviéramos mucho que ver entre nosotros, casi nada, pero en lo que nos unía primaba la voluntad de ayudar.

 

Así, Yasira, economista en potencia, administró como una generala la cocina, llevando cálculos exactos de quién faltaba, a quién había que atender primero, cuánto debía salir para cada apartamento en cada comida; Alejandro, el futuro turismólogo, “antitanque” por excelencia de nuestro grupo, se caracterizó por ser espléndido con pacientes y trabajadores cuando dirigió las reparticiones; y Adrián, cuasi abogado, brilló como el más metódico, el de mayor dedicación en las labores de comprobar que ninguna bolsa de yogurt en mal estado pasara del área de servicio o que el chícharo y la sopa alcanzaran para todos. ¿Qué decir de José Manuel, estudiante de Periodismo y poeta, que impedido de cruzar la línea roja prefirió permanecer lo más cerca posible, desinfectando lo que viniera de ahí?

Entre los que tratamos directamente con los pacientes quizás la más simpática haya sido Lía, a quien las energías inagotables o las habilidades ganadas en dos cursos de Comunicación Social permitieron echarse en el bolsillo hasta al más difícil de los viajeros. Liané, que ya había estado en el Bahía justo antes de que cerrara la vez anterior y ahora, por más que nos mantuvimos madrugadas despiertos viendo películas, conversando, cantando, se quedó con ganas de bailar.

Y es que Mario la definió bien, esta fue temporada de reincidentes. Sin contarme — y junto a José Manuel — , todos los que cruzaron a la zona roja vivían su segunda vuelta. Daniela, Marcos, Josué, profesores recién graduados de Filología, Química y Física respectivamente, una vez más pausaron trabajos, parejas, compromisos familiares y hasta un naciente huerto urbano, para ir a donde eran más necesarios.

Compañeros de piso y de labores, nadie tuvo que contarme cómo Daniela siempre estaba dispuesta para la faena, cómo adoptó al médico y su esposa cual abuelos postizos o cómo cada noche revisó mis textos y los de Mario, sugiriendo frases, proponiendo finales, contando historias que había escuchado para completarlos.

Tampoco me quedaron dudas de que a pesar de su alergia a los guantes de látex, Marcos realizó las mejores limpiezas, las desinfecciones más concienzudas y quizás eso le dio razón extra, si hacía falta, para no tolerar ninguna impertinencia — como certifica la anécdota de la servilleta, reflejada en las Bitácoras — o cierta vez que ante una persona porfiada con la solubilidad del cloro y la duración del olor en el ambiente no pudo menos que invocar su licenciatura en Química.

A la cabeza del grupo, Josué, con mala mano a la hora de escoger los filmes de las noches cinematográficas, pero una habilidad encomiable para organizar, unir, dirigir sin imponer y sin dejar de trabajar. Un jefe al que no le gustaba el título, pero se lo ganó a fuerza de no parar desde la mañana — cuando limpiaba como el que más — hasta muchas horas después de que los otros habíamos terminado y, mientras descansábamos, acompañaba al doctor Roly en cuanto lo requiriera.

La decena la completó Mario. Jodedor gratuito, altruista innato, cronista profesional. Mario, que le hizo creer a Marcos por varias horas que había delatado el cake sorpresa que le guardábamos a Alejandro; que le prestó su ventilador a un cirujano cuando llegó al centro, quedándose él sin ninguno; que redactó las Bitácoras del Alma, suerte de diario que atestigua la experiencia de voluntarios y trabajadores en un centro de aislamiento para viajeros.

Bitácoras con la capacidad de conmover a no pocos; ara, beso y también censura que atravesó continentes, según nos hizo saber uno de los cubanos llegados de Angola, cuando tras una llamada realizada desde el país africano averiguaba quién había publicado en Alma Mater que los colaboradores se quejaron de las condiciones a su llegada al centro.

Quién sabe si ese texto influyó de alguna manera en que la llegada del segundo grupo de maestros, médicos, ingenieros, constructores que cumplían misión en aquella tierra haya transcurrido de manera diferente.

Profesionales esta vez más amables, agradecidos, tolerantes cuando dieron con algo que debía ser solucionado. Puede haberse debido a condiciones de partida diferentes, a temperamentos o expectativas más ajustadas a la realidad; no importa. Para nosotros, la sola idea de que lo escrito haya hecho a alguien replantearse lo que sucedía a su alrededor resulta premio suficiente.

Ese fue nuestro último día, la última entrada a la zona roja, los últimos pacientes que atendimos y el sabor de la despedida fue grato.

Ahora que cierro, puedo afirmar lo que aventuraba en la apertura: un centro de aislamiento permite tomarle el pulso a un país. Una nación que recibe a hijos pródigos con lo poco que tiene, de ciudadanos egoístas y de agradecidos, de gente que hace su trabajo con gusto y de gente que trabaja para salir del paso; país de contrastes, de desigualdades, con voluntad protectora y más amor que dinero, país de jóvenes que hacen acción el cliché del paso al frente… país con esperanzas.

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