Miércoles
01 de Abril de 2020
Sociedad

Samantha Espineira: Sobreexpuesta

Autor: Laura Serguera Lio
Fotos: Tomadas de su Instagram
Fecha: 12 de Febrero de 2020
Samantha Espineira solo necesitó un par de años para convertirse en #influencers.

Samantha Espineira se reúne conmigo el mismo día que @samantha_espineira alcanza los 52 mil seguidores en su página de Instagram. Durante el mes y medio anterior ha sumado unos tres mil nuevos followers a su perfil, confirmando que resulta, cuanto menos, un caso interesante: sin formación como gestora de redes, sin carrera previa como modelo, sin apariciones televisivas, solo necesitó un par de años para convertirse en uno de esos singulares individuos que llamamos influencers.

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Samantha, la estudiante de tercer año de Sociología, acaba de terminar una prueba escrita de Seguridad Nacional sobre la que apenas refiere «todo bien», ayer —lo sé por un estado de WhatsApp— defendió un proyecto en equipo; con el examen de hoy terminó el semestre y las sombras de agotamiento en su rostro adelantan lo que luego confirmará.

«He tratado de lograr un equilibrio entre la escuela y las redes sociales, pero se me ha hecho complicado. En ocasiones, coordinan eventos entre semana a los que quiero asistir y muchas veces no puedo porque priorizo la universidad».

Mas, lo que al principio era simple entretenimiento ha devenido un trabajo a tiempo completo que, asegura, «si le pones empeño y te gusta lo que haces», permite vivir de él.

—¿Vives de las redes sociales?

—Podría decir que sí. No tengo ningún otro trabajo y sería capaz de sustentarme. Me brinda independencia económica de mi familia e, incluso, de mi pareja.

Dos años atrás,Samantha abrió la cuenta en Instagram que mantiene hasta la actualidad. Seis meses después ya la veía cual negocio. Comenzó como un hobby y, cuando llegó a los cinco mil seguidores, la contactó un estudio fotográfico: sería su primera experiencia con la fotografía «profesional», le daría visibilidad para que una marca deportiva reparara en ella.

Luego todo vendría corrido, como una cadena de oportunidades: promoción de restaurantes, líneas de ropa, estudios de fotografía, eventos… «Una vez dentro de ese ambiente empecé a subir los seguidores y fue un no parar», resume.

Pero antes, solo usaba Facebook, y poco. Se pasó el preuniversitario sin interesarse por Instagram y finalmente se acercó como cualquier usuario promedio, subiendo instantáneas sin demasiada selección.

El interés profesional llegaría al empezar la carrera: una nueva amiga con algunas incursiones publicitarias en la plataforma le fomentó la curiosidad y, a partir de ahí, percibió la red social como una fuente de ingresos.

«La gente cree que resulta fácil, pero es un trabajo serio. Requiere una constancia extrema porque no puedo permitir que me bajen las estadísticas del perfil. Subo fotos a diario, aunque no tenga el día para fotos… Vivo pendiente de eso, incluso en la universidad estoy constantemente pegada el teléfono».

Mirando atrás, Samantha reconoce que en cierto momento rozó la adicción: «Era obsesiva con el móvil, estaba contigo y no estaba». Ahora, mientras enumera las ventajas de Instagram respecto al par de meses que trabajó en un bar —lo hace desde casa, es su propia jefa, establece los horarios— ignora las notificaciones que hacen vibrar el celular sobre la mesa y solo lo toca para rechazar una llamada.

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Existen dos tipos de relaciones laborales: colaboraciones en las que promociona productos, con los cuales se queda, y publicidades pagadas, para las cuales estableció tarifas fijas en función de la frecuencia de los posts.

A pesar de que el segundo tipo de trabajo lleva mayor producción —fotógrafo profesional, estilista, locaciones intencionadas— las imágenes espontáneas siguen ganando la preferencia de los seguidores de Samantha.

«Comparo una foto súper producida con otra casual, vestida como ahora, y tiene más éxito en la que aparezco sin maquillaje, riéndome o haciendo cualquier tontería», detalla.

Lo cierto es que Samantha no resulta especialmente llamativa con su estilismo de hoy: pelo suelto, cara lavada, suéter rosado de cuya elección se arrepiente a medida que la temperatura aumenta, y licras de ciclista. Hace un par de días vestía similar, pero el abrigo era amarillo —lo vi en una historia de Instagram—; una imagen del 28 de diciembre con un outfit parecido y más de siete mil likes confirma que le funciona.

Puede ser el estilo desenfadado que enarbola como su sello o ese aire de ninfa juguetona que coquetea desde la distancia virtual pero se acerca, paso a paso, con cada sonrisa, con cada foto que promete enseñar más, con cada pose  que delinea su silueta, invitando a imaginar qué hay bajo la ropa que anuncia.

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—Tienes creada una marca personal con tu imagen, ¿cuánto experimentas con ella?

—Intento mantenerme en la misma cuerda. En diciembre hice una colaboración de lencería y me costó; no es mi campo y me daba miedo. Las fotos quedaron bastante aceptables, aunque subí pocas. Accedía la propuesta porque es una marca con la que me siento cómoda trabajando y tuve la facilidad de realizar la sesión con mi equipo, pero es el tipo de encargo que normalmente no tomaría.

— ¿Cómo te ha cambiado ser modelo en redes sociales?

—No soy la misma persona. Siempre me he cuidado mucho, tanto apariencia física como comportamiento ante la vida, pero después de este trabajo he debido perfeccionar mucho, porque a través de una pantalla me ven miles de personas que se sienten con el privilegio de juzgar.

Obtener seguidores, hacerte popular, que las personas te halaguen, te reconozcan y aprecien el trabajo que haces es súper bonito, pero conlleva factores negativos: estás totalmente expuesta día a día, a expensas de que quienes te siguen piensen todo tipo de cosas por una imagen. He tenido que hacer frente a muchas situaciones incómodas: humillaciones, invenciones sobre mi vida.

Me han dicho de todo: que estoy gorda, que estoy «hecha», que mi novio es infiel. Cualquier cosa que pueda dañar tiene cabida en las redes sociales, los llamados «haters» no se miden. Al principio me deprimí, no estaba acostumbrada.

El apoyo que recibí de mi familia y mis seguidores fue determinante para poder lidiar con esa presión. Hoy simplemente borro los comentarios de ese tipo, ni siquiera los respondo. Tengo más de cien perfiles bloqueados, opino que las personas que solo hacen comentarios destructivos no son necesarias.

— ¿En un entorno comunicativo con tantas alertas acerca del robo de datos no te preocupa cuánta información sobre ti puede encontrarse en redes?

— Sí, una vez intentaron hackearme la cuenta y conozco casos a las que les ha pasado e incluso las han perdido. Existen medidas de seguridad al respecto y yo las he tomado. En cuanto al robo de imagen he tenido problemas con negocios que han utilizado mis fotos para crear contenido publicitario sin consultarlo conmigo.

Tampoco uso Facebook, solo Instagram. Hace aproximadamente un año lo eliminé debido a las cuentas falsas. Aún encuentras una cuenta en Facebook con todas mis fotos, porque al no tener perfil no puedo reportarla y demostrar que está suplantándome la identidad. Eso sigue ahí, andando, y no tengo como pararlo.

—Podría considerarse que algunos de tus contenidos explotan lo erótico, ¿es intencional?

—Soy muy seguida desde Miami, México, España, Brasil, públicos a los que les gusta mucho la mujer cubana y su entorno. Entonces, me he aprovechado, de manera sutil, de mis atributos físicos, porque el objetivo es vender. Cuando quiero que una foto logre un alcance significativo sé cómo hacerla.

—Existen debates feministas en torno a la hipersexualización de la mujer en la publicidad, críticas a las marcas que cosifican a las mujeres, convirtiéndolas en objetos de placer. ¿Cómo te posicionas con este tipo de contenidos?

—No quiero vender mi cuerpo ni venderme como un pedazo de carne. Desearía llegar a los cien mil seguidores y si hoy me desnudo en Instagram mañana amanezco con ellos, pero no es la forma para mí. Sin embargo, hay trucos que ganas con el tiempo, además del conocimiento acerca de lo que le interesa a tu público. Es innegable que los atributos físicos de una mujer venden muchísimo y, aunque hay muchos tabúes, creo que depende de lo que la persona está dispuesta a hacer. Cualquier foto que tenga que pueda considerarse «provocativa» la he tomado y subido por mi decisión, no respondiendo a presiones externas.

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Así las cosas, Samantha intenta no pensar mucho en las consecuencias de su exposición a largo plazo, quizás porque se inclina a continuar en ese campo y no en otros más «tradicionales» o porque es incapaz de sopesar los prejuicios que pueden surgir a su alrededor en el futuro, incluso en el mercado laboral.

¿Es censurable Samantha que usa su imagen como instrumento de trabajo? ¿Es censurable la actitud de quien la cuestiona por las decisiones respecto a su cuerpo? ¿Dónde está la mayor superficialidad: en la modelo o en los que usan  su trabajo como argumento irrebatible de carencias intelectuales?

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Samantha busca que su imagen en redes mantenga el equilibrio entre un perfil de empresa y el reflejo de quién es cotidianamente, pues sostiene que la naturalidad se encuentra entre los rasgos que más le celebran en las encuestas.

Por ello, puedes encontrar videos suyos hablando de manera informal, cantando, e incluso, uno en el cual le gastan una broma y termina con la cara llena de cake, pero, en general, maneja la cuenta como un negocio y evita colgar fotos con su familia y amigos, que guarda para un perfil personal.

Recientemente ha cedido a peticiones de sus seguidores de verla en entornos más cercanos, pero sigue teniendo sus reservas.

Algún tiempo atrás fue víctima de acoso: una persona le escribía diciéndole que la había visto y le daba detalles acerca de dónde estaba, cómo iba vestida y quién la acompañaba.

«La primera vez que me escribió me asusté mucho y bloqueé el perfil, pero se creó otro y siguió buscándome. ‘Llegaste tarde a la universidad’, ‘andabas con un short negro’… me dio tanto miedo que no quería salir de la casa.  Me contactaba de cualquier forma, consiguió mi número de WhatsApp, me enviaba mensajes, me llamaba. Entré en pánico, temía que me estuviera esperando en algún lugar».

No lo denunció. Creyó que no tenía elementos para hacerlo porque la asediaba desde perfiles falsos y números privados o que luego no existían. Prefirió resolverlo por sus medios: diciéndole a su acosador que había investigado y sabía desde dónde se conectaba, amenazándolo con las consecuencias de sus actos y el daño psicológico que le estaba creando.

Ese, en algún momento desapareció.El riesgo permanece.

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«No creo que cualquiera pueda ser instagramer. Un perfil personal, neutral, sí, pero si quieres hacer publicidad, convertirlo en tu negocio, necesitas actitud. Incluso más que imagen; no tienes que proyectar un estereotipo de belleza para que tus mensajes les funcionen a las personas, pero tienes que comunicarte».

Para eso, explica, le ha sido muy útil la carrera que estudia: «El sociólogo es un investigador vinculado a los diferentes fenómenos que acontecen y me ayuda en la interacción».De ahí que no descarte un futuro en esa área, trabajando en alguna rama del marketing, mientras continúa con la publicidad en las redes.

«Cuando me gradúe me visualizo en una empresa, pero tampoco me lo he planteado mucho; se me ha pasado la universidad demasiado rápido».

Dos años después de comenzar escuchando continuamente «eso no da nada», Samantha ha logrado que, al menos las personas cercanas a ella, entiendan lo que hace como un trabajo, mientras, las polémicas respecto a lo que considera una segunda carrera continúan: riesgos y consecuencias de exhibirse, acoso, cosificación… sin que quede muy claro si las infravalora o prefiere evitarlas.

Lleva la universidad, una cuenta que le demanda atención continua y una vida social y laboral que se funden constantemente; en tanto, durante la semana que ha transcurrido entre nuestra conversación y estas últimas líneas, ya rebasó los 53 mil seguidores.

Tal vez la gran ironía radique en que al tiempo que ella se expone como trabajo, otros lo hacen por diversión. Su vida está en una vitrina online, ¿y la tuya?

 

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