Jueves
06 de Agosto de 2020
Nuestro credo

Sí se puede

Autor: Mayra García Cardentey
Fotos: Ramón Frontera Nieve
Fecha: 1 de Enero de 2016
El Pico Turquino. Foto de Ramón Frontera Nieve

La primera vez que subí el Turquino tenía apenas 20 años. Era febrero de 2006 cuando descubrí Santiago y aquel campismo La Mula que acogía el ímpetu de un numeroso grupo de estudiantes universitarios que nos aventurábamos a conquistar el pico más alto de Cuba. 

A mí precisamente no me rebosaban las ganas, a no ser por lograr la hazaña de llegar a la cima más encumbrada con una altura de 1 974 metros sobre el nivel del mar. No tenía, ni tengo, un biotipo deportivo o espíritu de atrevida aventurera. Los deseos de subir me cabían en una bota: por lo grandes que me quedaban.

En el primer intento se confirmaron mis sospechas. No soy material para escaladas. Tan solo dos kilómetros y me entró un pánico de primeriza, que se convirtió en falta de aire, para terminar en «aquí me quedo, me dan la merienda que bajo. Me dicen cómo fue». Por suerte no fui la única. En realidad ese día, de 20 que salimos, apenas una decena se tiró la foto con el Maestro.

«No sé para qué venir a Santiago, pasar el trabajo de llegar a La Mula, y no subir el Pico», me sentenció de manera provocativa una guía que nos custodió de nuevo a la base. «A ustedes lo que les falta es voluntad, y un par de tragos de “piquipiqui”».

Por supuesto que no averigüé en qué consistía el sonoro brebaje, pero aquello de la voluntad me fastidió tanto, que solté mi «alabao» pinareño y prometí que al otro día lo intentaría con la siguiente avanzada. A los demás compañeros de abandono, intenté convencerlos con aquello de «subir lomas hermana hombres», y ellos, en broma, me soltaron que en «el llano también se hacen buenos amigos».

La madrugada posterior me creí Celia Sánchez cuando subió el busto de Martí con su padre: salí dispuesta inhalador en ristre, mochila acomodada en la espalda, pomito de agua, caramelos, maní, carne rusa y papel sanitario —nadie sabe el valor de un papel sanitario en una loma de esas— y botas rellenas con medias abultadas y un poquito más de convencimiento.

Aunque para hacer todo el cuento necesitaría tres páginas más, basta con decir que vi el busto y no por fotos. Pudiera contar que caminé, corrí, gateé, me deslicé, me arrastré, practiqué caídas de gato, lloré, maldije, me acordé de toda la parentela de la guía, que presta y dispuesta en la punta de la loma, sonrió a mi arribo: «ves que pudiste».

No puedo evitar reírme cada vez que leo la descripción de la enciclopedia cubana Ecured cuando detalla que aventurarse en tal hazaña implica «subir y bajar, unas veces por abruptos parajes, otras por senderos que facilitan el paso, a lo largo de un exclusivo paisaje». Poética forma de enfocar el «tronco de trabajo» que se pasa en la empresa. Pero la memoria es una zorra que se resetea cuando le da la gana, y nos provoca pensamiento de madre que olvida la labor de parto del primer hijo y piensa que con el segundo todo será mejor. 

Ahora, en este enero martiano recuerdo todas las escaladas. Cuando subí la primera vez el Turquino tenía 20 años, casi una década después lo conquisté por Granma. El pasado diciembre un equipo de Alma Mater domamos al Pico por Santiago.

Aunque, por muy olvidadiza, nunca borro la impresión de llegada y aquel sin aliento «al fin Martí», con el mayor homenaje que se le pueda hacer al Apóstol: «Escasos como los montes son los hombres que saben mirar desde ellos y sienten con entraña de nación o de humanidad».

 

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