Sábado
19 de Septiembre de 2020
Cultura

Simple y llanamente: Tula

Autor: Damepa
Fotos: Archivo
Retrato de Gertrudis Gómez de Avellaneda, de Federico Madrazo, 1857. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.

Gertrudis Gómez de Avellaneda nació en Camagüey, el 23 de marzo de 1814, y murió en España, el primero de febrero de 1873. Es considerada una de las precursoras del feminismo moderno, y autora de la primera novela antiesclavista de las letras españolas.

 

No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y viril; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tenían las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante…», dijo José Martí al comparar a la escritora con su homóloga, Luisa Pérez de Zambrana, a quien describió como tiernamente tímida.

El apóstol estableció entre estas dos figuras una relación de distancia ignorada por ellas y por la amistad que las unió.

«De haber podido conocer el paralelo entre ellas, estas dos poetas se hubieran asombrado, y quizás, incluso, sonreído. Eran amigas y se admiraban mutuamente, sin duda hasta donde pueden admirarse poetas. Luisa Pérez fue a quien la Avellaneda escogió para que la coronaran con laureles de oro en el homenaje que la sociedad de La Habana le rindió a su regreso, y como ya dije, escribió el prólogo encomiástico al libro de poemas de la Zambrana, que —dado el prestigio internacional de la Avellaneda— significó apoyo y reconocimiento», explica Antón Arrufat en el prólogo de la antología poética de Tula, La noche de Insomnio, editada en 2003.

Los retratos de la época nos muestran a una Avellaneda robusta en verdad, con aires de elegancia comedida y una  sonrisa que no acaba de florecer. La mirada firme y noble; inquiriendo sobre lo bello y elocuente de quien la observa con ánimos de buscar, y resulta encontrado.

Apartándonos de sus cantos a Francia, Polonia, a ­Isabel II, o a la tumba de Napoleón en Santa Elena, Tula revive criollísima como una pieza elemental de la cultura cubana.

Ya lo dijo José Antonio Portuondo: «…es parte riquísima de nuestra herencia cultural, su obra es orgullo nuestro, ejemplo para nuestros escritores contemporáneos, de rigor en el tratamiento de la poesía lírica, del drama, de la novela, de la leyenda (...). Es un ejemplo extraordinario de escritora, y solamente su afán de no comprometerse la colocó en una situación de la que ahora debemos rescatarla. Hagámoslo así, porque la Avellaneda es nuestra, es cubana, y es grande entre los grandes escritores de la humanidad».

Aunque España reclamara para sí la gloria literaria de la Avellaneda y muchas figuras determinantes de las letras apoyaran esta hispanización, baste recordar que Gertrudis nació en Camagüey, en el nuestro. Y más que eso, el amor que despliega en sus creaciones describiendo paisajes o cuando llama a la Isla, patria suya.

La cubanía de Tula ha sido tema de importantes polémicas entre intelectuales. Muchos no concebían una armonía entre el halago a sus raíces españolas y el orgullo por la tierra natal.

El escritor y diplomático José de la Luz León manifestó en 1947, en la revista Bohemia, que no creía en su cubanismo. «Ese sentimiento se me antoja en ella postizo, transitorio, de mera ocasión. Y a lo sumo, lírico, es decir, verbal, externo, imaginado».

Mientras, Antonio Martínez Bello arremetió contra tales criterios en la revista Carteles («La cubanidad de la Avellaneda», agosto de 1947).

«¿Se ha de considerar “vano, postizo, transitorio, de mera ocasión”, cualquier pasaje literario de la Avellaneda en que esta manifiesta amor patriótico a Cuba, como han estimado algunos comentaristas, el doctor José de la Luz León entre ello? En verdad, la razón de esas presunciones radica en la creencia de que las expresiones de cubanidad de Tula fueron algo “lírico, es decir, verbal, externo, imaginado”; más radicalmente aun: porque se ha estimado que lo “lírico” es o viene en general a ser sinónimo de “verbal, externo, imaginado”. De ahí que se atribuyan estas cualidades negativas a las exclamaciones de cubanía de la Avellaneda, por haber sido esas exclamaciones muchas veces de índole poética.

«Claro está que escritores hay que venden su pluma, o que escriben bajo el imperativo del terror o de la necesidad insoslayable, o que publican cosas en que no creen bajo la presión del miedo, de la ambición o simplemente de insuperable depravación moral. Pero creo que ninguna de estas circunstancias son señalables en la vida literaria de nuestra compatriota, ni moldes deformadores de su auténtico destino. No tuvo necesidad de manifestar con sus versos ni de manera alguna su amor patriótico a Cuba, pues ni siquiera los escribió bajo el determinismo ambiental del medio social antillano, ya que precisamente sus mejores poemas expresivos de sentimientos de cubanidad fueron escritos por ella, bien Al partir hacia lejanas tierras, bien al otro lado del Atlántico».

El no asumir una postura beligerante ante la situación colonial de Cuba desencadenó muchos de estos juicios alrededor de la poetisa. No obstante, su inclinación por lo nativo, sin tener marcas militantes, la llevaron a concretar obras de protesta y apuestas por la libertad. Así lo expresó Max Henríquez Ureña, al referirse a Sab: «La novela de la Avellaneda es, por su contenido, antiesclavista, aunque el propósito que la animó a escribirla no fuera el de librar una campaña abolicionista, sino el de dar vida, en una narración ­sentimental, a cuadros y escenas basados en los recuerdos de su Camagüey natal».

Allí donde sus odas se vuelven exageradamente alabadoras, los grandes temas resultan palabras frívolas y sin emoción, o el dominio de la métrica se vuelve tedio, han estado muchos especialistas.

Para los lectores quedan los lugares vírgenes y oscuros de sus creaciones. La ingenua interpretación de una obra maestra como Al partir. La escucha atenta de la melodía repetida en La pesca en el mar. Y el goce-sufrimiento con la dicha y la melancolía cantadas en sus composiciones.

Tomemos de unos y otros en las palabras de CintioVitier: «... en el manejo del idioma y la vastedad de los lienzos dramáticos señorea sobre sus contemporáneos. No seremos nosotros quienes le escatimemos su lugar a la Avellaneda. Precisamente eso, lugar, espacio, ámbito, es lo que nunca se le podrá negar. (…) Muy criolla fue, sin duda. No obstante su tendencia a la oquedad formal y su malhadado virtuosismo métrico, sentimos en ella (y más aún que en sus versos en la electricidad humana que los rodea) una pasión, un fuego, un arranque vital que ninguna poetisa española ha tenido, y que anuncian las voces femeninas americanas de nuestros tiempos. Ella es ya, completa, el tipo de la mujer americana...»

 

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