Lunes
14 de Octubre de 2019
Sociedad

Sudar la Tinta. Horas en una parada (una historia ordinaria)

Autor: Yuris Nórido
Fotos: Hanna Chomenko
Fecha: 3 de Octubre de 2019
Sudar la Tinta.  Horas en una parada (una historia ordinaria).Ilustración de Hanna Chomenko

Pocas cosas son más desoladoras que una parada de ómnibus a las 12:17 minutos de la noche, cuando acaba de irse la última guagua del último turno (se nos fue en la cara, corrimos, pero no nos dio tiempo alcanzarla), y habrá que esperar pacientemente la primera del servicio de confronta, que pasará (si es que pasa), dentro de dos o tres horas.

Si no fuera porque está el túnel de la bahía por el medio, me iría caminando.

Hay paradas que dan miedo, por lo solitarias y mal iluminadas; y hay paradas que (por las mismas razones), deprimen.

En una de esas estaba hace unas semanas, la luz no alcanzaba para leer un libro, el celular estaba sin carga, y para colmo, cada dos o tres minutos caía una llovizna fina, tan fina que no valía la pena buscar un lugar donde guarecerse, pero que me dejaba con el malestar de la ropa medio húmeda.

Esperar, no cabía otra, ponerme a contar los pocos carros que circulaban. A mi izquierda, un señor cargado de maletines y muy enfadado (a él también se le había ido la última guagua); a mi derecha, un muchacho con audífonos puestos, completamente abstraído. La madrugada prometía.

Y entonces, el milagro.

Dejó de lloviznar. Una luz apagada se encendió de pronto sobre nuestras cabezas. ¡Ya podía leer! Y apenas abrí el libro, llegó a la parada un amigo que hacía siglos no veía, desde el preuniversitario. Nos abrazamos, nos pusimos a conversar para ponernos al día, y supe que vivía relativamente cerca de mi casa.

Recordando a tanta gente que quisimos y a las que les perdimos el rumbo, transcurrió una hora. El señor de las maletas dormitaba, el muchacho de los audífonos se movía rítmicamente, y una luna llena bellísima apareció entre las nubes.

Ya me sentía reconfortado cuando llegó (antes de lo esperado), la guagua.

Pocas satisfacciones como las de ver llegar tu guagua en la madrugada, medio vacía, sin reguetón. Atravesar rápido la ciudad dormida, despedirte del amigo, intercambiar números, llegar a la casa silenciosa, pararte en el balcón a ver la calle desierta. y descubrir que dejaste el libro en la parada.

Apenas me quedaban ocho páginas por leer. «Hay historias que se nos pueden quedar inconclusas para toda la vida» — me había dicho mi amigo.

 

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