Jueves
06 de Agosto de 2020
Cultura

Tato Quiñones, una leyenda abacuá

Autor: Claudia Bravet
Fotos: Tomada de https://i.ytimg.com/
Fecha: 9 de Julio de 2020
Tato Quiñones, una leyenda abacuá.  Foto tomada de https://i.ytimg.com/

Tato Quiñones murió el 14 de enero de 2020. Ojalá no le hagan grandes apologías. Era un viejo antipático como los viejos solitarios de muchos relatos: sentado en una butaca con su bata de algodón y su cigarro, encanecido, molesto con la juventud, quejándose por todo con voz grave. Desagradable Tato, picúo. Más que hablar ladraba. Sentenciaba con tono severo como si tuviese en sus manos todas las verdades: «La academia no sirve para mucho. Eres periodista de raza o no lo eres», dijo una vez.

Dos días antes de morir le mentó la madre a la enfermera que lo cuidaba para que no lo tocara más. Seguro fue feliz, la antipatía (junto a la brillantez) era su rasgo más preeminente. La mención honorífica a la madre de la enfermera fue un parche para tapar el disgusto que lo aquejó durante esos dos últimos días. Tato, el ñato que escribía las leyendas de los ñangas, el hombre que se echó arriba a Belkis Ayón y a sus delirios de Sikán, murió viendo a su familia fajarse por cuatro kilos.

De todos los hijos, solo uno se quedó sin reclamar. No hacía falta pues ese hijo es herencia y testamento en sí mismo. Lo llamó: Asere Nuncué Itiá Ecobio Enyene Abacuá, pero en letras pequeñas, me acota en la portada: «un pedazo de la historia de nuestra gente sin historia». El hijo de Tato es un libro de 2015 galardonado con el Premio del Lector sobre la hermandad secreta Abacuá.

Asere... es un aporte a la redención de una hermandad estigmatizada como bárbara y arrabalera. Tato escribió el libro para explicar que el ñañiguismo es un poco de ambas cosas y más allá. Juan Manuel, un viejo ñáñigo, le dijo que los jurados en Muñanga Efó, la potencia de Chano Pozo, se batían a balazos con cualquiera por adueñarse de un territorio. «Una afrenta aquí se paga con la muerte». La muerte por limpiar la honra no es un destino fatal para un abacuá sino una suerte de realización personal, su única forma de vivir en paz en el otro mundo.

Lo más importante de un abacuá es su código de ética. Juan Manuel fue criado por un abuelo africano reacio a que los criollos, como su nieto, practicaran el ñañiguismo. Había preceptos que la sangre impura no iba a poder asumir y ciertamente, así fue. Juan Manuel le dijo a Tato que un abacuá debe ser buen hijo, buen hermano, buen padre, buen vecino, un hombre íntegro que dará el pecho solo cuando sea necesario. Pero bueno, al final su abuelo tenía razón: los criollos degeneraron la hermandad. La redujeron a negocio y fachada de masculinidades vencidas.

La ironía de los testículos

Foto tomada de https://havanatimesenespanol.org/

Tato no lo dijo explícitamente, pero es la conclusión. El ñañiguismo es una hermandad machista nacida de una mujer, pero a la que ellas no pueden pertenecer, porque son seres llenos de defectos. Fernando Valdés Diviñó, miembro de la potencia Muñanga Efó, le hizo a Tato la historia mística del nacimiento del ñañiguismo.

Sikán, hija del gran guerrero Iyamba, encontró un pez sagrado en un río mientras lavaba sus genitales. Sikán estaba menstruando y el pez acudió rápidamente hacia ella por el olor de la sangre. Lo metió en una tinaja y le juró a su padre que no le confesaría a nadie el hallazgo. Pero no lo soportó y se lo dijo a Mokongo, su novio, príncipe de la tribu rival. Al final Mokongo exigió hacerse partícipe de la posesión y todos los hombres implicados en la cuestión arreglaron beligerancias ancestrales, pero a Sikán la degollaron.

Estúpida Sikán, chismosa, enamoradiza que menstrúa, asesinada por orden de su padre y su novio. Hoy, los hombres jurados no pueden hacerle sexo oral a una mujer, no las pueden tocar ni antes, ni después de las ceremonias. Todo por culpa de una mujer que fue a fin de cuentas la primera persona en ver con sus propios ojos el secreto del fundamento.

Pero lo más raro es que cada vez que una mujer se acerca a ese mundo de machos olvidadizos, termina salpicada de una forma fatal. Se dice que Belkis Ayón se suicidó porque acabó loca de tanto deseo por saber un secreto que le fue negado por tener ovarios; a Ignacio Piñeiro lo expulsaron de su potencia por permitirle a María Teresa Vera cantar ñanga en sus canciones; nadie cree lo que dicen los libros de Lydia Cabrera porque resulta imposible pensar que una mujer pueda saber todo eso que ella escribió, así que ahora es una farsante.

La historia paralela del fusilamiento

Un profesor de la Facultad de Comunicación contó que un historiador renombrado por poco infarta cuando vio Inocencia. La razón era su oposición (según el profe es de toda la vida) al hecho de la participación ñáñiga en el intento de rescate a los estudiantes. El historiador es un científico, su deber es investigar el hecho y no negarlo como un capricho. Pero bueno Tato hizo el trabajo por él. No le dio una prueba, le dio cuatro y el fragmento de un discurso del Che diciendo que figuraban en las actas el hallazgo de cinco cadáveres de negros muertos a bayonetazos y a tiros ese día. En el libro también figuran testimonios de la época, investigaciones posteriores en el Diario de la Marina y una tradición oral ñáñiga que hace perdurar una leyenda en camino a ser historia comprobable.

Tato intentó hablar de todo lo que pudo. Habló de Andrés Petit, un negro que fue al Vaticano a pedir reconocimiento para los ñangas y que fundó una religión; habló de la influencia del dialecto abacuá en el hablar cubano, de Felipe Spínola, general del Ejército Libertador y prominente abakuá. Habló mucho, más de lo que una Sikán, esta Sikán, pudiera utilizar para una apología.  

 

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