Viernes
10 de Julio de 2020
Cultura

Un cine de (para) todos

Autor: Oday Enríquez Cabrera
Fecha: 8 de Diciembre de 2014
Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana

Aunque tuvo sus inicios en París (1895), fue en los Estados Unidos donde el cine contó con un desarrollo pleno. Las grandes empresas productoras —Fox, Universal, Paramount— desarrollaron fórmulas y maneras de plasmar las historias que hasta hoy se mantienen. Los distintos géneros han captado la atención del público logrando una audiencia cada vez mayor a lo largo del tiempo.

No obstante, en la otra parte del continente americano comenzaron a gestarse, desde principios de los sesenta, otras formas de contar. La preocupación no fue solo por las estructuras establecidas, había un interés en renovar los contenidos. Surgieron movimientos que proponían y proyectaban estas visiones. «El cinema novo» en Brasil fue toda una revolución cultural que buscaba una expresión puramente nacional. Proponía un cambio de perspectiva donde forma y contenido se unificaban y cada realidad tenía una estructura afín. Su principal exponente, Glauber Rocha, teorizó en torno a la relación cine-política en tanto el cine era el medio propicio para expresar ideales y denunciar posturas incorrectas. Las concepciones de realización de este movimiento partían de la conciencia del subdesarrollo para elaborar un cine coherente con la realidad. Asimismo se observó una eliminación de las barreras entre documental y ficción lo que suponía una vuelta a la creación artesanal de los primeros cineastas.

Por otro lado, el llamado cine ­imperfecto en Cuba, trajo propuestas similares bajo el influjo del brasileño. Los creadores debieron partir de la nada para crear una cinematografía coherente con la situación política (Triunfo de la Revolución). Contaron con el apoyo institucional, desde 1959, con la creación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), bajo la dirección de Alfredo Guevara. Este nuevo cine estuvo permeado desde el principio por un pensamiento abierto. Su desarrollo dependería  de cuan revolucionarias, en el sentido de cambio, pudieran llegar a ser las propuestas.

El Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, inaugurado en 1973 fue el espacio propicio para las obras de artistas de todo el continente. El reconocimiento a ellos estuvo entre las principales labores de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, institución creada en 1985 bajo la presidencia de Gabriel García Márquez.

Entre las principales temáticas destacan: lo intrascendente frente a la tradición de historias con un alto contenido; la rebelión y protesta contra las dictaduras; la emigración como hecho y proceso socioeconómico y, en consecuencia la hibridación sociocultural; lo marginal como discurso, contrapuesto a los cánones; la exaltación de lo nacional, unas veces desde dentro y otras desde fuera (la llamada diáspora), entre otras.

Valorada por muchos como la película más sobresaliente de la historia latinoamericana, Memorias del subdesarrollo (1968), de Tomás Gutiérrez Alea, presenta, bajo el derrotero temático de la cotidianidad de un sujeto alienado de su entorno, varias de las premisas temáticas que serán recurrentes a lo largo de la filmografía cubana y latinoamericana. La protesta contra los regímenes, la emigración y el discurso marginal afloran, entre otros, en la presentación de un sujeto, Sergio, que ha quedado solo luego de que su familia emigra a los Estados Unidos. Este personaje, que estuvo en contra de las dictaduras, pero que tampoco acepta en su totalidad el nuevo sistema, se alza como el antihéroe, el marginado incomprendido que devendrá modelo de creación para futuros cineastas.

La estructura de la película por su parte presenta visos de cine documental al reflejar un momento histórico y los acontecimientos políticos y económicos que lo sustentan. Las innumerables tomas del protagonista mirando y evaluando desde su ventana, remiten indefectiblemente a ese personaje de El extranjero, de Albert Camus, ambos conviven en una sociedad que no les pertenece, de la cual son extraños, extranjeros. Los extensos monólogos introspectivos articulan un pensamiento que permite evaluar sicológicamente no solo al personaje, sino también a su autor, dejando ver además las aristas de una sociedad en ciernes.

Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La HabanaEn esta misma cuerda de lo marginal, donde se aúnan los incomprendidos, los antihéroes y todos aquellos que se oponen al canon, se presenta otro de nuestros grandes aciertos: Fresa y chocolate (1993).

Ese clásico del cine cubano, dirigido por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, tiene su génesis en el relato El lobo, el bosque y el hombre nuevo de Senel Paz. Muestra la vida en La Habana de los setenta, con sus convenciones sociales, sus carencias. El encuentro y choque de dos ideologías da paso a la búsqueda de identidad y la sensibilidad de dos personajes opuestos en principio, pero que logran saltar barreras y establecer una amistad sin importar el qué dirán.

Desde el discurso de lo marginal se alza una crítica social ante el hecho de no reconocer más voces que las oficiales, cuando existen muchas personas con inquietudes, razonamientos y soluciones para los problemas, solo que quien habla es un «marginado», un «gay», que aunque se esfuerce, siempre será visto como eso. El rechazo, la burla, incluso la censura hacen aflorar otros conflictos: la emigración como el más latente, es la solución única ante la situación de Diego, quien se rehúsa a permanecer callado y prefiere renunciar a todo menos a sus principios morales.

Desde su plataforma estructural, el cine se ha convertido en una de las formas de expresión universal. La manera de llegar (y reflejar) al público logra transmitir mensajes culturales, históricos, de tradiciones, y, de forma singular, revela ideologías, mueve a la reflexión y unifica las sociedades.

 

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