Viernes
26 de Abril de 2019
Historia

Un hombre de todos los tiempos

Autor: Rodolfo Romero Reyes
Fotos: Modesto Gutiérrez (Tomada de Cubadebate.cu)
Fecha: 28 de Enero de 2019
Cada enero es un motivo para recordar, hablar o escribir sobre José Martí; ese héroe que nos llega a todos en la vida de singulares maneras. Justo el día que nací, mi madre me dedicó un libro. Foto de Modesto Gutiérrez (Tomada de Cubadebate.cu)

Cada enero es un motivo para recordar, hablar o escribir sobre José Martí; ese héroe que nos llega a todos en la vida de singulares maneras. Justo el día que nací, mi madre me dedicó un libro. Su dedicatoria, que pude leer obviamente después de haber cumplido los cinco años, decía más o menos así: «Te regalo este libro que Martí escribió para todos los niños del mundo».

Ese fue el primer Martí que conocí; ese hombre de la Edad de Oro, que escribía cuentos y poemas para los niños, y para las niñas también. En la escuela aprendí canciones y supe que, como yo, él también era «un niño que leía / con muchísima atención / historias de grandes hombres / y de la Revolución». Después recité en varias ocasiones Abdala y aprendí que no existe algo «más sublime que la Patria».

Gracias a mis maestros de Historia y a mi querida profesora Mayra Moreno, aprendí de memoria los principales hechos de su accionar revolucionario. Aquella forma cronológica de entender su vida, me permitió diferenciar al adolescente que «en vísperas de un largo viaje» pensaba en su mamá, del joven indignado que sería condenado al presidio modelo, o del hombre que en medio de la tregua fecunda unió a los veteranos generales con los pinos nuevos y organizó, bajo las banderas de la unidad proclamada en las bases del Partido Revolucionario Cubano, aquella guerra tan necesaria.

Justo cuando me preparaba para entrar a La Lenin leí su obra con mayor intensidad. Me enamoré de textos breves pero intensos como «Céspedes y Agramonte», «10 de abril» o «Mi raza». Y entonces, ya me parecía un mismo Martí quien amaba en verso a cierta bailarina española y se sentía culpable del desengaño amoroso que sufrió otra joven guatemalteca, tenía fe en el mejoramiento humano, en su hijo Ismaelillo y en su otra pequeña María Mantilla, y denunciaba en cualquier tribuna aquel monstruo norteño de quien conocía sus entrañas. 

En la universidad marché cinco veces con una antorcha encendida un día antes de que el pueblo cubano celebrase su natalicio. Leyendo sus artículos, discursos, ensayos, obras de teatro, entendí por qué lo consideramos el Apóstol de Cuba, el autor intelectual del asalto al cuartel Moncada y el Maestro de Fidel, de la generación del Centenario, y de la vanguardia revolucionaria de todos los tiempos. Por eso quizás, después de mi graduación, no desistí en inventarme proyectos personales y colectivos, intentando encontrar el lugar donde me sienta y sea más útil.

Hoy, cuando se acerca otro 28 de enero, lamento su prematura caída en combate. Una bala mató su cuerpo, nunca sus ideas. Comparto entonces estas ideas de Armando Hart, otro grande, de nuestro tiempo, que tanto lo estudió y comprendió las esencias de su ideario.

Su muerte temprana marcó para siempre el ideario cubano con la enseñanza de su sacrificio. No se trata de un romántico ajeno a los procesos reales con que transcurre la vida del hombre y la sociedad. El valor de esta entrega se halla en que no hay pueblo capaz de avanzar y de conquistar su independencia, y asegurar su libertad, sin el sello ético que supone la unidad entre el ideal de redención humana y el esfuerzo por alcanzarlo. En su cultura latía el drama social de la humanidad; pero los cubanos tenemos, todavía, un deber con el mundo: mostrar con mayor precisión quién fue José Martí, el más profundo y universal pensador del hemisferio occidental.

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