Viernes
10 de Julio de 2020
Cultura

Un nuevo museo americano

Autor: Alejo Carpentier
Fecha: 11 de Noviembre de 2014

En los días de mi infancia, existía en La Habana un pintoresco mercado que no por pintoresco dejaba de constituir una lacra, perennemente abierta en el corazón de la ciudad. No era feo su edificio colonial, construido con buena piedra de cantería; airosas eran sus arcadas, pobladas de comercios típicos. Pero situado, como lo estaba, en barrio de hoteles, palacios y edificios públicos, su presencia resultaba un absurdo permanente —sin olvidarse que, en ciertas noches de verano, sus puestos de volatería y mariscos despedían un hedor intolerable. Era el viejo Mercado del Polvorín, hermano de la vetusta Plaza del Vapor, anacrónica y mal ubicada, aunque los viejos habaneros —aquellos que todavía saborean sus «mojitos» en el Café Ambos Mundos— lo consideraran inseparable de la iconografía de la urbe.

He tenido la grata sorpresa, en mi reciente paso por La Habana, de hallar un hermoso edificio moderno, donde se alzara, antaño, el pintoresco y maloliente Mercado del Polvorín; allí se encuentra, ahora, el Palacio de Bellas Artes de La Habana, cuyas actividades, impulsadas por el doctor Guillermo de Zéndegui, están dando óptimos frutos, en  conferencias, manifestaciones teatrales, y en la edición derevistas, libros, monografías, etc. Pero esto último merecería un capítulo aparte. Solo quiero referirme hoy al admirable Museo que ahora puede visitarse en el palacio de Bellas Artes de La Habana: un Museo auténtico y verdadero que podría ser el orgullo de cualquier gran ciudad por la vastedad de sus locales y las técnicas de su organización, donde puede hallar el visitante una historia completa del arte en Cuba, sin excluir sus manifestaciones primitivas y populares.

Museo de Bellas ArtesPartiéndose de las culturas taínas, con sus enseres líticos, sus ídolos y alfarerías, se pasa a una serie de salas consagradas a la vida colonial —altares, figuras religiosas, muebles, carruajes, joyas, objetos domésticos—, sin desdeñarse el sector, hasta ahora desdeñado por no decir «voluntariamente ignorado», del folklore afrocubano. No faltan ahí los trajes de «diablitos» ñáñigos, un «Cuarto Fambá» minuciosamente reconstruido, vitrinas que presentan instrumentos rituales, hierros de Ogún, hachas de Changó, instrumentos y accesorios ceremoniales de toda índole… En el mismo piso hallará el visitante una sala consagrada a la vida cubana en la segunda mitad del siglo XIX, donde se ofrece una exposición permanente de manuscritos y documentos relativos a los músicos ilustres nacidos en la isla: Ignacio Cervantes, Brindis de Salas, White, Lico Jiménez, Sánchez de Fuentes, Anckermann, y otros de menor importancia.

En las salas consagradas a la plástica, puede contemplarse un panorama completo de la pintura cubana contemporánea y de su escultura, sin olvidarse la producción de los precursores. Nadie ha sido omitido, concediéndose la misma atención a las tendencias más diversas… Otras salas se dedican a la presentación de obras atesoradas por colecciones particulares, donde se exponen lienzos de Zurbarán, de Madrazo, de distintos maestros españoles, sin olvidar un conjunto de cuadros de Lucas, el más completo y rico que existe en la actualidad. En dos vastos locales se encuentran piezas egipcias, helénicas y romanas —incluyendo mosaicos, papiros, alfarería, retratos funerales de Fayún— dignos de cualquier museo de Europa, donadas por un coleccionista que podríamos calificar de prodigioso por el acierto de cada una de sus adquisiciones… Hay que hacer hincapié, finalmente, en la sala dedicada a la pintura colonial cubana, donde se reúnen las obras del viejo maestro Escalera, retratos realizados por distintos autores, y algunas adorables escenas populares de Landaluze, artista que puede ser considerado como un clásico de la pintura de expresión americana. Numerosos grabados antiguos —incluyéndose algunos del romántico Miahle— completan este conjunto, único en su género, que bastaría, por sí solo, para asegurar el prestigio de un museo.

¡No echen de menos, los viejos habaneros, la presencia del vetusto Mercado del Polvorín!... A cambio de él, posee ahora la ciudad uno de los mejores museos del continente.

 

 

Tomado de Letra y solfa tomo lll
26 de mayo de 1957.

 

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