Sábado
25 de Noviembre de 2017
Historia

Un recuerdo de hace 20 años*

Autor: Mirta Aguirre
Fecha: 14 de Noviembre de 2017
Un recuerdo de hace 20 años.  Tomado del libro Recuerdos de Mella y publicado en el número 289 de Alma Mater.

Yo veo a Julio Antonio Mella como en una nebulosa. Era pequeña entonces y lo encontré pocas veces. Ni siquiera podía en aquel tiempo comprender quién era. Pero él tenía muchas cosas  capaces de impresionar a una muchachita de diez u once años. En primer lugar, era buen mozo: alto, fuerte, bien plantado, con un poco de insolencia alegre como quien está siempre seguro de sí mismo, y lleno de un magnetismo personal que hacía que todos se fijaran en él y le cobrasen cariño. Respiraba honradez por todos los poros, una sencilla rectitud juvenil que ganaba de inmediato la confianza de los demás. Tenía la risa clara, y la vida tan clara como la risa.

Además de buen mozo era atleta. Eso de que ocupara un lugar distinguido en los deportes lo rodeaba, para mí, de una aureola que cuando él estaba presente, me hacía permanecer callada y observarlo como quien ve algo que no se tropieza todos los días. Yo no comprendía entonces que su tácita jefatura de grupo, indiscutible donde quiera que él se encontrara, tenía su origen en algo más importante y más profundo que su estatura y su fuerza y su encanto personal. Porque tuvieron que pasar años para que yo descubriese al verdadero Julio Antonio Mella.

Poco después de estos días que he recordado, dejé de verlo. Oí, entre los parientes, malos juicios contra él. Parecía que mi joven Titán no poseía una cabeza muy sólida: quería que todos anduviéramos sin zapatos y que pasáramos hambre y hasta, quizás, que no hubiera en la familia más que un cepillo de dientes para todo el mundo.

¡Un solo cepillo de dientes! Mi admiración sufrió una terrible crisis nacida de escrúpulos de orden higiénico. Y a ello cooperaron otras cosas. Mella era comunista, palabra que todo el mundo pronunciaba bajando la voz, como cuando se menciona una de esas enfermedades cuya existencia sonroja como una mala acción —o todavía más bajo— bolchevique.

Pero de ahí vino, para las personas mayores, lo peor. «¡Bolseviche!», me decía mi abuelo español, cuando tropezaba con la insubordinación a su autoridad un tanto arbitraria. Bolseviche  —bolchevique— era,  pues, quien se alzaba por sus fueros, desafiando los poderes que creía injustos. Eso, ya no parecía tan malo… Y Mella volvió a serme simpático y a inspirarme fe. Ponerme, silenciosamente, en mi fuero interno, a su favor, fue desde esos días un modo de combatir el reaccionarismo.

Entonces, una vez, él estuvo a punto de morir. De dejarse morir de hambre porque el Presidente —un presidente que había prometido regenerar al país— lo había encarcelado. Un desagradable amigo de la casa afirmaba, con aires de suficiencia, que todo estaba en dejarlo abandonado a su suerte hasta que el estómago exigiera lo suyo. «¡Ya pedirá su plato de sopa!» Otros, en cambio, aseguraban que moriría antes que claudicar. Yo me vi entre la espada y la pared. El corazón se me achicaba al pensar que mi héroe podía perecer así, barbudo y enflaquecido, como lo retrataban los periódicos. Pero si la bochornosa sopa hubiera sido reclamada, si él se hubiera doblegado, no habría existido, en todas las escuelas primarias del país, una conciencia más traicionada en su culto que la mía.

Tuvo que ceder Machado y entonces él, amenazado de muerte, partió para el extranjero. Ya en ese instante comencé, paso a paso, a comprender cuánto significaba Mella de rebelde y de hermoso para la juventud cubana.

El 10 de enero de 1929 me fue, por todo eso, un terrible golpe de desolación y de ira. Machado se me convirtió en un enemigo personal. Anhelo de venganza infiltraba en muchos jóvenes espíritus por ese crimen, al que hay que atribuir en gran parte el formidable movimiento que estalló, entre los estudiantes, en el mes de septiembre del año siguiente y que no decayó hasta la huida del tirano. Porque Mella fue, ante todo, el líder de nuestra juventud, su ejemplo más glorioso y más digno de ser seguido.

Por eso, para los jóvenes, para esos muchachos y muchachas de quince a veinte años que no lo conocieron, para los que ahora tienen la edad en la que él comenzó su bregar por la verdad y por el decoro humano, este aporte sobre la existencia de Julio Antonio Mella. Mientras llega —y ya demora demasiado— de una pluma literaria y revolucionaria a la altura del empeño, la biografía que Mella merece y que es preciso hacer.

 

 

*Tomado del libro Recuerdos de Mella y publicado en el número 289 de Alma Mater.

 

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