Lunes
03 de Agosto de 2020
Opinión

Universiones

Autor: Félix Manuel González Pérez
Fotos: Ilustración de Yaimel
Fecha: 20 de Septiembre de 2016
Ilustración de Yaimel

Yo recuerdo mi primer día en la Universidad como si hubiese sido ayer. Y ojalá lo fuera. Pero no hay segundas oportunidades para primeras impresiones.

Quizás para las muchachas el cambio no sea tan inquietante. Para ellas solo dos meses de vacaciones definen el tránsito entre el preuniversitario y la educación superior. Pero para los varones, que venimos del Servicio Militar, es la verdadera gloria. El mismísimo regreso a la civilización.

Lo recuerdo todo de aquel día. Me acuerdo de que escogí mis mejores ropas para estrenarlas. Me vestí, me peiné, me perfumé y me arrepentí. Me arrepentí cuando tuve que coger la primera guagua. En la parada había más gente que en los carnavales. Un tumulto vulgar y desordenado que misteriosamente cupo entero dentro del ómnibus.

Fue la primera vez que pensé sobre la posibilidad de que Stephen Hawking haya inventado la teoría de los agujeros negros dentro de un P, (eso incluso explicaría la manera en que quedó postrado a su silla de ruedas). Sí, en la Universidad también aprendes la importancia del transporte público.

Cuando fui «espectorado» en mi destino, me coloqué de nuevo la ropa como quien arma un cubo de Rubik y me dispuse a caminar hacia la escalinata de la Universidad de La Habana. Y ahí estaba ella, la más majestuosa edificación que puede tener un centro de altos estudios; una auténtica muestra de lo mejor de la arquitectura en Cuba. Me sentí orgulloso.

En la cima de la escalinata estaba el Alma Mater sentada con paciente comodidad, como una madre que brinda su abrazo.

Me impresionó ver tantas personas en el mismo lugar. Tanta gente heterogénea, con modas y comportamientos completamente diferentes, coincidiendo en el mismo destino. Es imposible sentirse solo en lugares como ese.

El acto de bienvenida e inauguración del nuevo curso es bastante efímero. No presté mucha atención a quién habló ni a lo que dijo, pero sí al momento en que todos los jóvenes empezaron a subir la escalinata. Hay algo sagrado en esa escalada, una especie de energía cargada de misticismo.

Porque la subida es en realidad una metáfora del transcurso por la Universidad. Un símbolo de la constancia, la paciencia y el esfuerzo que tendrás que demostrar para llegar al final del camino. Un verdadero acto de compromiso y redención. Fue entonces cuando prometí que solo bajaría aquellos escalones el día que me graduara. Y así lo hice.

Después del acto de inauguración, cada estudiante debe dirigirse hacia su facultad. El lugar donde pasará los mejores o los peores cinco años (o más) de su vida. Casi siempre son los mejores, no hay que asustarse.

Cuando uno llega a la facultad ya está llena de gente. Los alumnos de años superiores siempre parecen gigantes, mucho más desarrollados, como si tomaran esteroides. Las mujeres parecen versiones mejoradas de Liz Taylor y los hombres parecen salidos de El Transportador. Uno se siente minúsculo y empequeñecido ese primer día.

Cuando los dirigentes de la FEU, el decano y los jefes de departamento te reciben formalmente, pasas al aula. Con suerte ese día no tienes clases y es solo de introducción. Yo no tuve tanta suerte. Sendos turnos de Filosofía y Redacción llenaron el horario hasta las seis de la tarde. En serio: un primer día en la Universidad no es el adecuado para hablar de Sócrates y Platón.

Un rápido escaneo durante el turno de clases te permite reconocer los roles dentro del grupo. Enseguida identificas a los «empollones», puesto que están sentados en la primera fila y no paran de asentir con la cabeza ante el más mínimo parlamento del profesor. Si pudiéramos engancharles una batería en la testa, tuviéramos una poderosa fuente de energía renovable.

En el otro extremo del aula se encuentran «los rebeldes». En teoría son aquellos que no respetan el orden y vienen a hacer la revolución. En la práctica son los primeros en ser expulsados del turno de clases y en ir a la revalorización. Todas las revoluciones tienen sus mártires.

Dentro de ese grupo generalmente se encuentra «el gracioso», el humorista, el bufón; ese que hace chistes que le dan gracia a todo el mundo menos al profesor. Por razones obvias este personaje casi siempre termina ensayando monólogos en el pasillo.

Regados indistintamente dentro del inmueble están los «serios», los «risueños», los que juegan con el celular, los enamorados… y tú. Es entonces cuando te percatas de que en la universidad no hay nadie «normal». Y eso, sin discusión, es lo mejor.

Esas personas serán casi literalmente tu familia en los próximos años. Algunos se convertirán en tus hermanos, y otros serán como aquellos primos lejanos que no te arrepientes de haber conocido.

Los profesores, que al principio resultan terribles y temerarios, acabarán convirtiéndose en seres adorables que no merecen otra cosa que una absoluta admiración.

Y de pronto serás el más viejo de la facultad, y los de primero te mirarán como si tomaras esteroides o hubieras protagonizado El Transportador.

Y mientras bajas aquellos escalones que subiste el primer día, te das cuenta de que todo el esfuerzo valió la pena. Porque la Universidad te cambia la vida. Te envuelve y te retuerce como una fuerza sobrenatural. Implanta dudas en lo que siempre fueron certezas.

Cuestiona tus creencias. Descubre tus miedos e inseguridades. Te desafía descaradamente. Se divierte sentando las reglas del juego. Pero al final del día, cuando termina contigo, como por arte de magia descubres que ha puesto a otro en tu lugar. Una versión nueva y mejorada de ti mismo.

 

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