Martes
20 de Noviembre de 2018
Cultura

Viaje

Autor: Yuris Nórido
Fotos: Ilustración Hanna Chomenko
Fecha: 14 de Agosto de 2018

Viajé al viejo mundo con un libro de relatos de Sergio Pitol y un volumen de crónicas de Vicente Blasco Ibáñez en la maleta. Blasco Ibáñez era el escritor preferido de mi padre. Pitol es uno de los míos. Los dos fueron grandes viajeros. Y supieron hacer el cuento de la mejor forma: recreándolo. Cada uno a su manera.

Dos personas hacen el mismo viaje, visitan las mismas ciudades, comen en los mismos restaurantes, duermen en los mismos hoteles… y las historias que narrarán difícilmente se parezcan. Y no es cuestión solo de estilo, o de maestría literaria, o de cultura. Es cuestión de puntos de vista. De sensibilidad. De saber mirar.

La ciudad es al final piedra sobre piedra (o armazón de metal y cristal, adobe o paja o prefabricado, en los tiempos que corren). Pero el espíritu de la ciudad es una invención personalísima. Estuve en Barcelona y un amigo me dijo: esta ciudad es fría e impersonal. Y a mí me resultó todo lo contrario.

En Roma traté de encontrar la ciudad que describió Blasco Ibáñez, la que soñé a partir de tantas lecturas. Y sí, ahí estaba esa grandeza, ese titánico patrimonio, esa monumentalidad abrumadora… Sin embargo, vislumbré algo mucho más sencillo y esencial en las callejuelas y los mercados que pocas veces aparecen en las guías de turismo: esa manera tan enfática y melodramática de asumir la vida, que de alguna forma compartimos cubanos e italianos.

Me deleité en las pequeñas cosas: en el pañuelo rojo de la señora que vendía frutas (¡qué suerte venir en primavera!); en las fuentes que aparecen de pronto en cualquier esquina, agua muy fría aunque haga mucho calor; en las flores que colman los jardines (belleza efímera junto a la belleza eterna de los grandes monumentos); en las madres que se reían junto a sus niños y los regañaban amorosas, con la musicalidad singular de su idioma…

Para conocer una ciudad hay que caminarla. Eso lo aprendí de Pitol, que desanduvo capitales de ensueño y las “dibujó” magistralmente en crónicas y relatos. Y por más que camines (he aquí la paradoja) nunca vas a conocerla del todo. Una ciudad no se desvela sino a los elegidos.

En el centro de Génova tuve ganas de seguir a una pareja de turistas que caminaba sin prisa, tomados de la mano. Se detuvieron a la entrada de un callejón oscuro, que se perdía zigzagueante entre paredes antiquísimas de ladrillo (quizás el joven Colón anduvo hace siglos sobres esas mismas piedras). Dudaron un momento, y por fin entraron por allí a la ciudad profunda, la que no aparece en las postales.

Yo no me atreví a secundarlos. Temí perderme en el laberinto.

 

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