Lunes
19 de Octubre de 2020
Opinión

Vida y milagro de inocentes y culpables

Autor: Jorge Sariol
Fotos: Tomada de blog.sepin.es/
Fecha: 9 de Junio de 2020
Vida y milagro de inocentes y culpables.  Un tema para el debate abierto y en el que las argumentaciones no pueden quedarse en el «No es justo que…» o «candela con ellos». Foto tomada de blog.sepin.es

En medio de la crisis desatada por la COVID-19 y en el panorama de la vida nacional, una corriente en las redes sociales anda poniendo la nota inconforme acerca de cuán justo es ponerle rostro, nombre y apellidos al delito —y de paso a sus comisores—, cuando un precepto de la jurisprudencia antepone la base de que todo el mundo es inocente hasta que, en un juicio constituido, se demuestre lo contrario.

Otra corriente asume una postura opuesta, cartesiana y más cercana a los contextos, que enarbola vocablo de la cultura grecolatina —que tanta sabiduría ha aportado a la civilización— y que expresa, más que un concepto, un fundamento también base de la ley: infraganti. Infraganti, recordemos, significa «en el mismo momento de cometer la acción delictiva o censurable».

Entre la probable indulgencia de unos y la perfectible rectitud de los segundos, el tema merece oportunidad para el debate abierto, en el que las argumentaciones no pueden quedarse en el «candela con ellos» y el «No es justo que».

De Montesquieu[1] a la fecha las leyes no pocas veces han ido detrás —y a la carrera— de las contravenciones. Tal vez entonces el debate deba partir de la pregunta: ¿Puede una ley enjuiciar la ética?

Dentro de la ética, según la filosofía, se agrupan la moral, la virtud, el deber, la felicidad y el buen vivir. Y esto último, el buen vivir, hay quienes lo interpretan como un arte de vivir bien a costa del sudor de los demás, sin que medie esfuerzo propio.

Si la ética depende de la filosofía, la moral depende de la sociedad y las sociedades cambian: lo que ayer era inmoral, hoy no lo es, o no lo es tanto. Y el riesgo es constante.

En ese sentido ¿llamaríamos falta de ética o de moral considerar falso, ladrón o corrupto, a los que tienen doble moral, roban o corrompen o se dejan corromper, que implican valoraciones de actitudes negativas lo mismo en la Grecia clásica que en la Cuba nuestra de cada día?

En tiempos de guerra, de crisis social, de emergencia nacional o de pandemias —en este mundo convertido en una aldea global—, qué es falta de ética y qué es repudiable (muy) socialmente y hasta punible de modo jurídico. Qué se precisa para el considerar el modo sumario si la traición o el delito son de lesa humanidad.

Es poco comparable a la situación que vive Cuba, desde luego, pero ciertamente lastima la sensibilidad de la mayoría ver como cuatro o cinco medran con recursos mal habidos para reventar precios ante la necesidad de una ciudadanía que afronta un dilema en los albores de la tragedia.

Un argumento en contra, válido, es que todos sabemos que, aunque se logren mantener a raya esos males, ninguna ofensiva tendrá éxito en la vida del país si no se es eficiente y eficaz en cualquiera de los demás ámbitos del panorama nacional. Sin embargo, un paso más allá y nos estaremos conformando con el muro de las lamentaciones y los papelitos furtivos.

Dos de las características más notorias de la corrupción y por extensión de toda ilegalidad es la impunidad y la inmunidad en que viven y de las que se alimentan. A estos dos virus se le unen la indecencia y el cinismo.

De todos modos, precisamos reconocer las muchas caras que tienen la falta de ética y de moral, desde el llamado delito de cuello blanco, conflictivo porque es de envergadura: supone siempre sumas elevadas o recursos desviados en cantidades respetables y se ejerce como si fueran acciones corsarias, en ocasiones con papeles, controles, cuños y firmas autorizadas.

Pero pasa igual con el delito tipificado como robo-hormiga, en el que el criminal se apropia de lo que no es suyo, hoy tomando un poquito de allí, mañana otro poco de allá, y así desangra la economía de la sociedad a la que, dicho sea de paso, no aporta nada.

En el tema diario, en el callejero o el de las redes sociales, hay quienes con cierto encanto discrecional se arrogan el derecho a opinar sobre y con cualquier cosa, que señalan con dedo acusador para desacreditar o glorificar. No sé qué es peor, si los abiertamente perversos o los sutilmente siniestros. Y de todo hay en la villa de los voceros virtuales, en donde bullen los influencers, los «sabelotodo», los cundangos y las cucarachas inquisidoras.

Mientras tanto, el peligro: quedarnos al final de la cadena, del delito visible y el delincuente con rostro. No ir más allá reafirma que, en vez de marchar delante del problema, seguiremos corriéndole detrás.

Para ayudar en el concierto social es que el debate necesita del ejercicio del criterio.



[1]Charles Louis de Secondat, señor de la Brède y barón de Montesquieu/ filósofo y jurista francés de la llamada Ilustración. Ver «El Espíritu de las leyes».

 

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