Viernes
21 de Febrero de 2020
Sociedad

Ya no es antes

Autor: Ania Terrero
Fotos: Yoandry Ávila
Fecha: 5 de Febrero de 2020
Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin.  Foto de Yoandry Ávila

En realidad, la Lenin ya no es la Lenin. Tiene el nombre. Tiene un par de unidades, el bloque central y un comedor. Tiene al gallo, la piscina de la champions, el trampolín y el cine.Tiene estudiantes jugando dominó en los pasillos. Tiene incluso, en sus alumnos, un poco de ese espíritu aplicado pero rebelde que de algún modo nos definía. Pero no es la misma.

Hay una reja con candado en pleno pasillo central, un poco más allá del bloque principal. Del lado de allá, cuatro unidades, ellos. Del lado de acá, apenas dos, nosotros. Pero es que allá, un poquito después del anfiteatro natural, tras pasar el bloque de la cultura, estaba la unidad 2: mi casa. Es que lo de ellos era mi nosotros. Ahora mi C2 forma parte de un edificio destruido, el parque del docente, el de las carolinas, ya no tiene árboles.

Hace un par de años, el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin –con una matrícula considerablemente más baja que las de antaño- cedió parte de sus instalaciones, prácticamente abandonadas, para que la Aduana General de la República hiciera una escuela allí. Desde ese momento, de izquierda a derecha hasta después del anfiteatro natural pasó a ser de los nuevos moradores. A la vocacional le quedaron las antiguas unidades 5 y 6 junto al bloque principal, suficientes para los estudiantes que actualmente forma.

El problema podría parecer un asunto de nostalgias. Pero no se trata solo de toda la historia que la escuela entregó. Va más allá de que los albergues donde dormí por tres años sean un par de edificios abandonados; de que al Bosque de la Amistad donde empecé un intenso noviazgo ya no le queden árboles porquealguien decidió talarlos, incluidas las carolinas de los mensajes románticos escritos de madrugada –y todo lo demás; de la cerca, absurda, que pica a la escuela en dos pedazos; de que ya no se pueda correr por la circunvalación; de que la casa azul se haya quedado en un tercio de lo que una vez fue. El asunto es más grave.

La Lenin ya no es lo que era antes y las razones no son solo geográficas o históricas. Desde que los Institutos Preuniversitarios Urbanos y otras alternativas le hacen competencia, la vocacional no consigue cumplir su principal objetivo: formar a los futuros hombres de ciencia del país.

Ante la posibilidad de estudiar en centros externos, los mejores graduados de las secundarias capitalinas muy pocas veces escogen estudiar becados en la Lenin. Además, muchos buenos profesores han dejado las aulas de la escuela, para impartir sus clases en los centros externos. Allí suelen estar más cerca de casa, no deben hacer las sistemáticas guardias nocturnas y para aquellos que lo deseen les queda tiempo para impartir clases particulares.

La vocacional no tiene recursos suficientes para mantenerse como el gran centro que fue. No puede asumir las reparaciones constantes que exige un inmueble de esas dimensiones, no dispone de mejores salarios para retener a sus profesionales y tampoco es capazde asegurar condiciones óptimas en su sistema de becas, para atraer a los más talentosos estudiantes. En ese contexto, se le pide más de lo que realmente puede dar.

Regresé a la Lenin. Casi siete años después de mi graduación, la escuela rescató, a pedazos, la tradición del día del egresado. Cada miércoles de enero abrió sus puertas para los graduados de las diferentes generaciones.

No perdí la oportunidad: volví a pasear por sus pasillos, ahora con una hija de meses; sentí otra vez aquella lejana sensación de estar haciendo algo prohibido cuando nos escabullimos hacia las unidades que ya no nos pertenecen; vi en los mismos lugares a las mismas personas que vivieron conmigo aquellos tres intensos años; canté cada una de las canciones que nunca se olvidan; conté hasta 39; aplaudí aquello del pan con bistéc… Y me sentí en casa: por los recuerdos, por la gente, por la nostalgia.

Pero no pudeevitar notarlo: la Lenin ya no es la Lenin. O al menos, ya no es la mía. ¿Y hasta qué punto vale la pena ser para no ser? Habrá que pensar en las alternativas.

 

Deje su comentario

*(Campos requeridos)