Miércoles
17 de Julio de 2019
Sociedad

Yo no sé bailar rumba

Autor: Leydi Claudia Bravet
Fotos: Tomadas de cubasi.cu
Fecha: 25 de Febrero de 2019
Guanabacoa, crónica de Leydi Claudia Bravet. Fotos Tomadas de cubasi.cu

En una de esas paradas populosas y céntricas del Vedado, desembocan cada tarde los habitantes desesperados de un lugar tan pintoresco como el sincretismo en sí.

Odio esas tardes. Siempre me alcanzan hambrienta, sudorosa y atenta al cielo, preguntándole a Dios (que espero viva en el lugar más periférico del paraíso), la razón de mi madre para no traerme al mundo en una zona más cercana al túnel de la bahía de La Habana.

En esa parada de mi descontento, recuerdo todas las madrugadas del malecón oportuno de los exámenes, las canciones vociferadas, el ron barato remendador de suspensos y los extranjeros curiosos. Es en esas madrugadas, cuando la teoría del fatalismo geográfico se ensaña conmigo y me obliga a desembocar en casa de una amiga que me presta una cama desordenada y un perro intranquilo, cuya nariz se sabe de memoria mis entrañas.

Cuando tales recuerdos irrumpen mi cansancio de universitaria estresada, comienzo a sonreír hasta el paroxismo: me acuerdo de Meliza Pérez, compañera de aula, natural de Guane, en los confines pinareños, quien no sabía de la existencia de Guanabacoa.

Pero nada. Después de mi diario soliloquio interno, reacciono y recuerdo que no he dado el último en la cola, la forma más eficiente de convertirme en una Helena de Troya en pleno 23 y G.

Luego de comprar el maní y escuchar al anciano de turno gritar que «le sirve cualquiera» (eso en un buen día, a veces lo escucho jurar sobre su intercambio carnal con la Garbo), llega el monstruo kafkiano; y a la hora estoy en mi terruño, tan multiforme y marginal como en sus seis siglos de historia.

Pero a pesar de mi historia de negros, católicos y revoluciones, el estigma lo tengo tatuado en el rostro. Cuando le dices a alguien de Nuevo Vedado o Miramar que procedes de Guanabacoa concluye al instante en dos divertidas conjeturas: abonas todas las palmas de los parques adyacentes a tu domicilio con bellas palomas blancas y frutas caras en una especie de brujería postmoderna con raíz carabalí; o presencias cada día celestiales batallas en las esquinas por las menos honorables razones.

Por suerte, al conversarlo con un conocido de Marianao o La Lisa abren los brazos y me dicen «eres de la casa, hija».

Lo más gracioso de mis raíces es el compromiso de cuando rompe una rumba. Todo el mundo piensa lo mismo: «ella recogerá el pañuelo con los dientes». Yo, para no quedar mal, lo hago y bailo como si no hubiera un mañana, con el miedo siempre de terminar delatada por el talento innato para mover al revés la cintura y ofender el orgullo de mi patria chica. Deberes de guanabacoense.

Claro, ningún nativo puede negar que tengamos peculiaridades más ostensibles que muchas otras zonas capitalinas. ¿La razón?

Evolucionamos a un ritmo lento. Guanabacoa, si le preguntas a tus mayores, es la misma desde hace cuarenta años.

Han cambiado los lugares, pero no la gente ni la música que escucha la juventud, el regionalismo con los reglanos, el afán de los adolescentes en consagrarse al ñañiguismo, la moda pomposa, la intolerancia con los freaks.

Aunque es el tercer municipio más grande de La Habana, conoces de vista a casi todos sus pobladores cuando lo desandas. Aquí no hay cosmopolitismo que valga. Son todos los que están.

Yo me quedo, sin embargo, con el patriotismo. El guanabacoense es más patriota de lo que reconoce. El truco más efectivo es decirle que vive en un campo y te disparará el rafagazo efectivo del orgullo histórico: poseemos en nuestro patio la Casa Cadenas (monumento casi único en el mundo), Pepe Antonio, los abakuás, la santería, Bola de Nieve, Rita Montaner, Ernesto Lecuona, el San Lázaro de la Hata, la tribuna de Martí.

A diario le recuerdo, a los reivindicadores de estigmas, mis tesoros y así noqueo en la batalla regionalista; por ser el segundo núcleo poblacional más antiguo de Occidente, Guanabacoa es mucho más que un bembé. Quizás es la síntesis misma de cultura cubana.

Claro, es irrefutable que con los viajes de la A 95 Homero hubiese tenido mejores historias que con el regreso a Ítaca de Ulises. Pero cuando termina mi Odisea, tengo la dicha de respirar un aroma de tierra colorada pura y de escuchar una rumba ancestral aunque no sepa bailarla.

Con tal aire y tal retoque, ¿no debo morirme orgullosa de haber nacido en Guanabacoa?

 

Deje su comentario

*(Campos requeridos)