Imagine a un chimpancé bailando casino. Solo en los más disparatados sueños de una persona podrían hacerlo, pues ningún otro primate superior tiene una forma de locomoción como la humana.
Andamos de una forma particular, apoyamos el calcañar, nos impulsamos con la parte delantera del pie, y continuamos la marcha. También podemos correr de una manera peculiar sin necesidad de poner las extremidades superiores en el suelo para ganar velocidad como, en general, hacen nuestros parientes más próximos.
Eso sucede porque nuestras piernas son más largas que el tronco, los huesos de la cadera y los pies están diseñados para que podamos pararnos y caminar con paso firme.
Se cree que el bipedalismo como adaptación evolutiva apareció hace cinco millones de años, cuando el Orrorín turgenensis un hominino (primate bípedo) o homínido muy primitivo, tuvo la capacidad de levantarse y andar sobre sus dos piernas.
Sin embargo, es posible que esta especie conservara algunas de las características de sus ancestros como la costumbre de trepar a los árboles.
La aparición de la forma de locomoción propia del hombre, una de sus adaptaciones evolutivas características, ha sido objeto de estudio por parte de los antropólogos, sin que encontraran, hasta ahora, la pieza del rompecabezas faltante para explicar cuándo surgió.
Huellas en el tiempo
Ileret es uno de los más importantes yacimientos antropológicos de Kenia, un lugar que en sí constituye evidencia de que sea cual sea nuestro color de piel, el hombre salió de África.
Allí antropólogos de la Universidad de Bournemouth, Gran Bretaña, desenterraron huellas que pertenecieron a individuos de la familia Homo, de la que formamos parte nosotros, Homo sapiens sapiens, con una antigüedad estimada entre 1,51 millones y 1,53 millones de años.
Los análisis realizados, difundidos en la prestigiosa revista estadounidense Science, muestran aquellas impresiones prehistóricas no fueron dejadas por Homo sapiens, sino por Homo ergasters u Homo erectus.
Lo más sorprendente del hallazgo es que aquellas huellas tenían características muy similares al de una pisada humana. «Estamos convencidos de que las huellas fueron hechas por un Homo ergaster o por un primitivo Homo erectus y que, además, tenía una forma de andar y una anatomía del pie como las de los Homo sapiens», señaló Bennett, director del estudio.
Un ángulo pequeño entre el dedo gordo y el eje del pie, el arco longitudinal de la planta y la distribución medial del peso durante el avance de la pisada, son los tres rasgos distintivos de la huella humana.
Las más antiguas
Aunque las impresiones de Ileret son las pruebas más antiguas de huellas como la nuestra, no son las más viejas conservadas de un homínido.
En 1978, la arqueóloga Mary Leakey, esposa del paleontólogo británico Louis Leakey, halló en Laetoli, Tanzania, un rastro de 3,5 millones de años de antigüedad que perteneció a un australopitecus afarensis y que fue objeto de comparación con las impresiones encontradas en Kenia junto con las pisadas de un hombre moderno.
El equipo digitalizó con un escáner láser óptico las huellas de Ileret, las comparó con las de un Homo sapiens y las descubiertas en Laetoli hace 30 años.
Como resultado, Bennett y su equipo encontraron que la talla de las pisadas de Ileret son consistentes con la estatura y masa corporal estimadas para un Homo ergaster o un Homo erectus, y morfológicamente diferentes a las de los australopitecus afarencis, un homínido muy antiguo o un hominino que vivió hace alrededor de cuatro millones de años.
No obstante, las mediciones realizadas también muestran que las características anatómicas de nuestro pie datan de hace un millón y medio de años.
«Andaban como nosotros y, probablemente, eso ayudó a esta especie en su migración fuera de África», expresó Bennett, cuyo estudio ayuda a armar las piezas del rompecabezas de la vida evolutiva de los ancestros del Hombre en una etapa que es apenas un pestañazo en su Historia.