26 de febrero del 2009

El día de hoy. La gran bendición

Por Kalika Kofi *
Fotos: Archivo Granma

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A dos décadas del despegue de la Ingeniería Genética y la Biotecnología en Cuba…

La prensa y la ciencia

La audiencia sintoniza la Mesa Redonda, el programa de televisión que por vez primera entró en nuestros hogares el 16 de diciembre de 1999, cuando la batalla por el regreso a Cuba del niño Elián González exigía movilizar la opinión pública nacional y mundial.

Unos televidentes captan la señal por el canal 44, Educativo; la mayoría por el canal 6, Cubavisión, y quién sabe cuántos por el canal 12, Cubavisión Internacional, por satélite: el Granma anunció que el espacio transmitiría dos documentales dedicados al microbiólogo cubano Carlos J. Finlay (1833-1915), reconocido por la UNESCO entre los seis más grandes de todos los tiempos, y a sus continuadores. Los cortos, producidos por Mundo Latino, serían presentados por sus realizadores y por la doctora Concepción, «Conchita», Campa Huergo, directora del Instituto Finlay.

Para el Instituto, todos los tres de diciembre, aniversario del natalicio de Finlay, y por ende Día de la Medicina Latinoamericana, es una fiesta —dice Conchita tan pronto como Arleen Rodríguez Derivet, una de las conductoras habituales de la Mesa, le cede la palabra;*habla con la voz de la mujer dulce y joven que es; vestida con la elegancia clásica que la caracteriza; lo que pudiera hacer hoy de ciencia ya no lo hace con las manos en el laboratorio, sino estudiando, leyendo, orientando, guiando.

El estar relacionados con los dos documentales que a continuación estrenará el programa —afirma—, es un privilegio. Con el primero, Finlay, el Nóbel que no pudo ser (2008, Bárbara S. Diéguez Ruiz), porque para los casi mil trabajadores del Instituto, Finlay es uno de nuestros inspiradores —no es el único, hay otros—, a él le dedicamos el quehacer diario, quisiéramos saber qué haría en nuestro lugar, cómo reaccionaría ante los retos que la vida y el trabajo científico y tecnológico nos imponen, cómo miraría todo lo que sucede alrededor. Y con el segundo, La bendición cubana (2008, Omelio Borroto Leiseca), porque se vincula con el acontecimiento ocurrido en nuestro centro eltres de diciembre, en el umbral del 2009: la inauguración de una nueva planta, de técnicas muy modernas, con capacidad productiva de hasta cien millones de dosis anuales de componentes vacunales activos.

Periodista e investigadora

Sus coetáneos seguimos considerándola —no nos cansaremos de repetirlo— una leyenda de la ciencia patria desde que en los años 80 del siglo XX su equipo de trabajo obtuvo la vacuna antimeningocóccica para los grupos BC —única en el mundo para el grupo B—, rampa de lanzamiento de la farmacología cubana.

Esta no es cualquier planta —explica—, sino que responde a un grito de auxilio lanzado por la Organización Mundial de la Salud (OMS). En su carta de julio de 2006, dirigida a los posibles productores de vacunas contra la meningitis, la OMS nos impuso acerca de un hecho por insólito desgarrador. Las escasas transnacionales o compañías farmacéuticas que todavía fabricaban estos productos para los 21 países que forman el llamado cinturón africano de la meningitis, dejarían de elaborarlas: dedicarían sus instalaciones a componentes vacunales que les resultasen más lucrativos, en pocas palabras, dirigirían sus producciones hacia el primer mundo.

No sabe, no puede, no quiere destacar ninguna de las etapas conducentes a la aplicación masiva de la vacuna que en su día ayudó a descubrir, ni subraya un momento de certeza o vacilación: Todos tuvieron sus retos, fuerzas, valores, y enseñanzas.

La decisión/noticia

Entiéndase la diferenciailustra la científica—, en África sobreviven unos 400 millones de habitantes en riesgo; allí la incidencia anual de la meningitis puede alcanzar, en los años epidémicos, hasta mil enfermos por cada cien mil habitantes; cada año enferman entre 22 mil y 50 mil personas; y mueren el 50 por ciento de las que ya enfermas no siguen un tratamiento, y aún el 20 por ciento de las que sí lo tienen. Con todo, las fábricas de aquellas transnacionales ahora orientarían sus producciones hacia países donde la mencionada incidencia de la enfermedad es de apenas uno por cada cien mil y la letalidad es mucho menor, por no decir que casi nada…

Al triunfo de la Revolución iba a cumplir ocho años. Saltaba de gozo entre los niños tibios de su edad cuando supo la nueva. Quizás recibió la seña de que 50 años después, desde la silla curul del Finlay, sería protagonista en la toma de una de esas decisiones que pueden cambiarle y de hecho le cambian la vida a medio mundo.

Cuentan los remitentes de la carta, cómo quienes hubiesen podido responder a su llamadodetalla la miembro del Buró Político del Comité Central del Partido—, alegaron, para eludir el encargo, no tener capacidad, no estar dispuestos a pasar las precisas inspecciones de control de la calidad, no contar con autoridades regulativas que dirigies en el proceso, o no disponer de apoyo económico.

Fue valioso que pudiésemos lograr un acuerdo Sur/Sur, hito de la Historia de la colaboración en la Biotecnología y la Medicina, que nos permitió, a Cuba y Brasil, en las personas de los institutos Finlay y de Tecnología e Inmunobiológicos (Bio-Manguinhos) de la Fundación Oswaldo Cruz de Río de Janeiro, junto con nuestros colectivos nacionales de regulación, decir ¡sí! al SOS de la OMS. Si muchos le preguntaron a la Organización cuánto percibirían por asumir el compromiso, nosotros demandamos: «¿Para cuándo lo quieren?»

Confieso, desde el punto de vista cubano, que pudimos decir sí porque antes hubo un enero del 59, tenemos un Fidel que nos ha educado en ese sí cuando de estos temas se trata, y contamos con una Biotecnología de veinte años de prestigio y con obreros de todas las especialidades que respaldarían la construcción de la planta en el tiempo récord de 24 meses: ¡esa es la bendición cubana!


*Para redactar estas líneas nos servimos de las palabras de Conchita en dicha Mesa Redonda, y del texto de nuestra entrevista, Y sin embargo… ciencia en: Colectivo de autores. Y sin embargo… ciencia. Editora Abril, La Habana, 1999, pp. 230-239.

 

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