8 de enero del 2009 |
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“Aquí se levante un monumento vivo”
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Por Tamara Roselló |
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Los 90 parecían marcar el fin de las utopías, pero en la Isla esa predicción no tuvo cabida. La fe en uno mismo, en nosotros, ha hecho milagros. Las tiendas se vaciaron. Los precios subieron y los salarios mantuvieron la inercia de la época anterior. Los juguetes se rompieron, se acabaron, se cambiaron a vidrieras en otra moneda. Montar bicicleta dejó de ser un entretenimiento o un ejercicio para adelgazar. Las libras no sobraban en ningún cuerpo y las distancias se acortaban a fuerza de pedales. La escasez de casi todo puso a prueba el ingenio popular, pero también tronchó más de una ilusión: la fiesta de cumpleaños, las vacaciones en un hotel o en otra provincia, la remodelación de la vivienda, la carrera universitaria... La retribución económica invirtió la pirámide del reconocimiento social y las vocaciones se asociaron a las ganancias. Claro, no todos renunciaron a su profesión por los vaivenes de la crisis económica. Era el periodo especial. La dirección del país convocó a resistir en medio de tantas adversidades, a no renunciar a los sueños compartidos. El Estado emprendió una estrategia de sobrevivencia, pero sin que el giro nos lanzara a la privatización, tan de moda en otras geografías. Los enemigos históricos arreciaron su campaña contra Cuba y la solidaridad internacional le puso oídos sordos a los propósitos de aislarnos. Cada familia también tuvo que aplicar sus propias tácticas para servir la mesa, vestir y calzar, evadir la depresión y el cansancio… Se perdieron y reforzaron valores. Entraron en pugna el egoísmo y la fraternidad; la constancia y el agotamiento; la doble moral y la honestidad; la irreverencia y el compromiso; la sensibilidad y la indiferencia. La sociedad socialista cubana no fue más inmaculada. La tensión de los conflictos, las no respuestas, la espera, junto a la unidad, el sentido del buen humor, la creatividad… Todas las verdades podían reformulase, comenzar de nuevo. El periodo especial no ha terminado. Para los que seguimos en y con Cuba los años peores están en la memoria y se evocan con anécdotas que hacen llorar y reír. ¿Qué especie humana somos los cubanos? Explicarnos puede ser muy difícil y al mismo tiempo, es un ejercicio indispensable. Evadirlo es un sin sentido. No hay un encuentro en el que participe junto a mis contemporáneos, en el que no terminemos, abriendo signos de interrogación, problematizándonos, buscando nuestro sitio: el que nos está predestinado, el que aspiramos a merecer o mejor a elegir, a conquistar, a construir. Nos situanos como jóvenes en el vórtice mismo de la Revolución. Ella ha sido nuestra circunstancia, nuestro antes más inmediato, el mañana mejor que prometieron nuestros padres, nuestro hoy incompleto. Para apropiarnos del proceso de liberación que comenzó mucho antes de 1959, no bastan cronologías que ordenen hechos, ni frases y cifras contundentes que puedan repetirse como himnos, ni siquiera el testimonio del que conoció o padeció otra época, otra realidad y asegura que estos «son tiempos mejores o peores». De la significación de este proyecto en las últimas cinco décadas, hemos oído hablar, mas, no lo suficiente. Quedan zonas oscuras, olvidadas que no se narran en libros de historia, ni siquiera en otros más personales. La épica de las mujeres y los hombres que han elevado la dignidad plena desde cualquier sitio del país, merecería ediciones literarias infinitas, más horas televisivas y cinematográficas, instantáneas, aplausos, primicias informativas. No para dar cuenta de su existencia, de su papel medular en la búsqueda de ese otro paradigma de sociedad y estado de bienestar; sino para someterlo a una radiografía permanente, enriquecedora por subversiva, —sin que el sentido de las palabras se vacíen de significados, se trastoque y tengamos que hablar con cuidado, porque hay palabras «amigas y enemigas.» Y las consideradas «amigables» se conviertan en las preferidas para repetirlas en el ámbito público, aunque a veces suenen huecas. Cabría pensar que las generaciones que se sucederían en estos años, serían siempre mejores que las anteriores, o como dijese Lezama, que aspirasen a pertenecer a una sola generación, la de José Martí y en su momento acrecentaran su «levadura». En una revolución como esta, las metas no se acaban, tienen la capacidad de multiplicarse y para seguir tras ellas, hay que tenerles fe, sentirlas como propia. Un proceso así no podría explicarse desde el extrañamiento, o la distancia, desde la desconfianza, o el pesimismo. Está ligado a «una vocación concreta de justicia social y libertad.» Libertad que como asegura Cintio Vitier «no es nunca, ni aquí ni en parte alguna, un hecho consumado, es algo que tiene que conquistarse o superarse diariamente». La Revolución no es un acontecimiento del pasado, es un hecho vivo, contradictorio en sí mismo, que se reserva heridas, se levanta ante un traspié, revive… Es un ideal, una ética, que se replanta y refunda con cada uno de los que creemos que el proyecto de país, no sale de los manuales, ni se aprende en una clase, ni se traspasa. Precisa de nuestra coherencia y fidelidad, de oxígeno para emprender las ideas más nobles y asumir el desafío, que otra vez Cintio nos plantea: el de resistir al Imperio, sin que esa firmeza inmovilice, hipnotice y que por el contrario, no crea en imposibles. La Revolución está dentro de uno, forma parte de proyectos individuales, de historias de vida, de utopías y también de frustraciones. Por eso no es posible explicarla objetivamente. Habrá tantas significaciones, —para comprenderla o no— como seres humanos la pensemos, la soñemos, la construyamos, la cuestionemos... Ella es al mismo tiempo, personal y colectiva, no para dejarla caer en terreno de nadie, sino para alzarla e impulsarnos juntos: para darle utilidad a la existencia humana, a nuestra existencia. Para reencantar a los desanimados. Para que la memoria no sea letra muerta. Para que la rutina no nos agote y nos robe las fuerzas, los deseos... Para no confundir al diferente con el opuesto. Para no temerle a la discrepancia, a la diversidad que también enriquece. Y sobre todo para disfrutar nuestro propio paradigma y que no nos arrepintamos mañana, de que ante tanta luz, hayamos perdido el horizonte. La Revolución sigue siendo nuestra aquí y ahora. |

