¡Otro septiembre!, se acabó el tedio de pizarrones , pupitres y aulas que de bostezo en bostezo, esperaban ser ocupados otra vez por alumnos y profesores universitarios: los unos con ganas de aprender, los otros con sus saberes en los poros, a flor de piel, para ofrecerlos con amor a cada grupo.
Es como un rito septiembre, porque cada año arriban a nuestras universidades nuevos rostros, que tímidamente asoman a una enseñanza que pide más cada día, miran a su alrededor comparándose de a poquito con el más cercano, inseguros aún, casi dejando atrás la adolescencia y enfrentando el reto del ¿podré?
Los años por venir les imponen pues definirán el futuro, pero con los días esa sensación desaparece en los recién llegados, en el grupo todos están igual… de estreno en la etapa más hermosa y recordable de la vida.
Mientras que los que ya pasaron esta cuesta, se reencuentran llenando plazas y escalinatas de risas, y anécdotas compartidas en el intenso verano. Nuevas parejas quizá, nuevos amores surgidos en la playa, en la discoteca o al llamado de las BUTS en una noche de trova y poemas, con el cielo llenito de estrellas enormes y relumbrosas, esas que solo se dejan ver cuando estamos bocarriba sobre la hierba y a campo raso, (entre nosotros, es que les temen al ruido y la polución).
El campo tiene olores, sabores y paisajes diferentes que invitan a la vida y al amor, pero bueeeno!!!, que dejamos el tema para febrero y volvemos a la universidad, que es lo que toca ahora, aunque siempre en ella se mezclen amor y juventud.
Nada, que ese olor a libro, a aula, a pupitre con la solera de la Casa de Altos Estudios, nos llega a las narices junto al abrazo del «profe», a veces casi tan joven y con los mismos anhelos por cumplir, así que no hay barreras, aquí estamos para luchar juntos… y el Alma Mater, parece esbozar una sonrisa… siempre con los brazos abiertos sale al encuentro para cobijar sueños.