23 de marzo del 2010 |
¡Qué satisfacción más plena! |
Por Yoerky Sánchez Cuéllar
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La universidad abre sus brazos, y cinco años apenas alcanzan para disfrutar las opciones que nos ofrece. El toque mágico de su sabiduría sacude los ánimos dormidos, incita a la duda cartesiana, nos llama a un mundo nuevo, donde el pensamiento ensancha e inquieta. De la silla del Pre al pupitre universitario la distancia parece corta, pero el salto implica un entrenamiento olímpico, como le ocurre al atleta que ejercita sus músculos para una larga carrera. Deseosos por llegar al final, desconocemos entonces que la meta rebasa la adquisición del título. Nuevas competencias, retos y adversidades nos depara la vida laboral, en la que demostramos los saberes aprehendidos. Si adquirimos las herramientas precisas, nuestros pasos andarán por tierra firme, sin concepciones estériles, con un sentido perentorio del deber. La teoría necesita asideros para realizarse. La práctica será siempre el criterio de la verdad. Durante el primer año de mi carrera recuerdo que todos en el aula idealizábamos la profesión y soñábamos el futuro. Queríamos ser esos periodistas que compiten con los detectives de CSI, o que se disfrazan para obtener un dato, burlando los grandes obstáculos que supone el «oficio más hermoso del mundo», según García Márquez. Algunos querían parecerse a Alfonso, el protagonista de la película Tinta Roja, que vimos en los primeros días de clase. Otros pensaban imitar la sagacidad de Carl Bernstein y Bob Woodward, los dos reporteros del Washington Post paradigmas del periodismo de investigación y famosos por el caso Watergate. Pasó el tiempo y al llegar a la redacción de un periódico, a una cabina de radio o un estudio de televisión, nos dimos cuenta de que la escuela más importante es la experiencia diaria. Que pueden existir tropiezos, pero también voluntad para superarlos, pues la vida resulta un constante aprendizaje. Las muchachas eran mayoría en mi grupo. En este 2010 concluyen su servicio social, después de tres años de graduadas. Y qué alegría experimento cuando veo en el noticiero sus reportajes, o escucho sus voces por la radio, o leo en un periódico provincial trabajos periodísticos de su autoría. Qué satisfacción más plena, en este marzo que recuerda a la mujer y al periodista, a José Antonio y a Mella, decirles que Leticia— esa joven que habla en nuestras páginas desde el infierno de un Haití devastado— también es una de ellas.
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